La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XXVII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de profeta Jonás (3,1-10):

En aquellos días, el Señor volvió a hablar a Jonás y le dijo: «Levántate y vete a Nínive, la gran capital, para anunciar allí el mensaje que te voy a indicar».
Se levantó Jonás y se fue a Nínive, como le había mandado el Señor. Nínive era una ciudad enorme: hacían falta tres días para recorrerla.
Jonás caminó por la ciudad durante un día, pregonando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida».
Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Llegó la noticia al rey de Nínive, que se levantó del trono, se quitó el manto, se vistió de sayal, se sentó sobre ceniza y en nombre suyo y de sus ministros mandó proclamar en Nínive el siguiente decreto: «Que hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, que no pasten ni beban. Que todos se vistan de sayal e invoquen con fervor a Dios, y que cada uno se arrepienta de su mala vida y deje de cometer injusticias. Quizá Dios se arrepienta y nos perdone, aplaque el incendio de su ira y así no moriremos».
Cuando Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 129

R/.
 Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?


Desde el lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R/.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (10,38-42):

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta, se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano».
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Martes de la XXVII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
La plegaria de Jonás, hecha desde el vientre del cetáceo, tiene la estructura de una oración de acción de gracias: recuerdo de angustias pasadas, reconocimiento de la acción liberadora del Señor, expresiones agradecimiento y formulación de votos. Es un mosaico de citas de varios salmos, que se refieren notablemente a una situación de peligro en el mar y a otros asuntos de carácter más general. Los autores están de acuerdo en que esta oración fue posteriormente insertada aquí para acentuar el valor religioso del libro. Los versículos 3.4.5.8 apropiadamente fueron usados como salmo responsorial para la lectura de ayer.
«El seno del abismo» (cf. Lam 3,55) es casi como la tumba, el mundo inferior, lejos del Señor, que reina en el mundo de los vivos. «El corazón de los mares» es una expresión que connota la mayor desgracia (cf. Exe 27,25; Miq 7,19). «Raíces de los montes» designa lo que se pensaba que era el cimiento de la tierra, es decir, el fondo del mar. En su oración, Jonás manifiesta la experiencia del más aterrador ostracismo para contrastarlo con la paz que da la salvación que viene del Señor, que es el grito de su sacrificio de acción de gracias.
La narración propiamente dicha se reanuda en el versículo 11 («El Señor dio orden al pez de vomitar a Jonás en tierra firme»), con el que concluyó la lectura de ayer.
 
Jon 3,1-10.
Es la segunda misión de Jonás. Nuevamente está él frente al Señor. Y el Señor le renueva su vocación y su misión sin mencionar la anterior llamada y la resistencia opuesta por el profeta. Ante todo, Jonás tiene que «levantarse» de la postración en la que se hallaba; había rechazado su misión, pero el Señor le había mostrado una gran misericordia; no obstante, el Señor volvía a enviarlo, y su intransigente actitud hacia Nínive persistía. Pero ahora él viene de vivir una impactante experiencia con los paganos:
a) Resultaron más humanos (solidarios) que lo que él pensaba de ellos.
b) Mostraron ser mucho más religiosos (temerosos de Dios) que él mismo.
c) Reconocieron al Señor, lo invocaron, le dieron culto y le hicieron votos.
Hasta el momento, no se explicita cuál es el contenido del mensaje que Jonás debe entregar. Permanece como algo conocido solo por el Señor y su profeta. Ahora Jonás no huye, sino que se encamina a Nínive «como le mandó el Señor». La tarea es exigente, porque se trata de una ciudad muy grande (lit.: «la ciudad grande delante de Dios»). Según se dice, «Nínive» era el nombre de llamado «triángulo asirio», que abarcaba Korsabad, Nimrud y toda una serie de aglomeraciones menos importantes unidas entre sí. Pero Jonás emprendió su misión.
Es entonces cuando se enteran los destinatarios de que se trata de un «oráculo de desgracia», que –como todos ellos– advierte de un mal futuro, pero está condicionado a la rectificación que se dé en el presente: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada!». Los «cuarenta días» se refieren a un período de tiempo homogéneo, en el que persiste una determinada situación, en este caso, la injusticia internacional del imperialismo asirio.
Sorprendentemente, la conversión resulta ser inmediata («creyeron a Dios»). Comienza la fe por el pueblo raso, que responde con manifestaciones de penitencia. «Vestirse de saco» es lo mismo que cumplir los ritos de penitencia y de duelo con los cuales, representando el juicio, expresaban su pesadumbre y su voluntad de rectificación. La explicación «desde los grandes hasta los pequeños» se refiere a las élites (las personas de elevado rango en la escala social y los círculos intelectuales) y a las masas populares (gentes sin rango social o sin instrucción). En una especie de mimetización de la abdicación del trono («se levantó del trono, se quitó el manto»), el rey asumió una actitud penitencial («se vistió de sayal, se sentó en el polvo de la tierra») y le dio carácter oficial a la reacción popular mediante un decreto en el que invitó a la penitencia, la oración y la enmienda de vida.
La mención de las bestias, concretamente «vacas y ovejas», recuerda expresiones del profeta Jeremías (21,6; 31,27; 32,43; 33,12; 36,29), que asocian la suerte de «hombres y animales». La mentalidad bíblica gusta de aunar los animales a la salvación de los humanos (cf. Isa 11,6-8); por eso también ellos son asociados a la práctica penitencial, como si ellos también debieran de convertirse al Señor. Es probable que esto suponga que el pecado del hombre afecte a los animales, como se colige por las afirmaciones del profeta Jeremías.
El rey se mostraba persuadido de que con esa la respuesta se aplacaría el «incendio de la ira del Señor» (cf. Jer 4,8.26; 12,13; 25,37; 30,24; 49,37), es decir, haría cesar la reprobación que pesaba sobre ellos y no perecerán a causa de sus maldades. Dicha censura divina se manifiesta en que el debilitamiento de la sociedad por la práctica de la injusticia atrae al invasor, produce desolación social y agostamiento de los campos, destrucción de los pastizales, en una palabra, la guerra con su cortejo de males. O sea, lo que se llama «incendio de la ira del Señor» no es más que las consecuencias de la injusticia, que se expresan como «castigo» de Dios.
La reacción de Dios es también inmediata, se expresa en términos de «arrepentimiento» de su parte, quedando así claro que la censura dependía de la práctica injusta y no de Dios: «se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive y no la ejecutó». Cesó, en efecto, la reprobación que causaría la destrucción porque cesó la injusticia que provocaría esa destrucción, y Nínive se libró de las consecuencias de «su mala vida».
 
El mundo pagano no terminaba de sorprender a Jonás. Esta vez ha mostrado ser capaz de:
• Dar fe a la palabra de Dios (אֱלֹהִים: nombre universal), lo cual no se verificaba en Israel.
• Convertirse (שׁוּב) a él, («conversión ética», más que teológica, aunque se hablara de «fe»).
• Enmendar su conducta («su camino»), lo que implica una rectificación de la convivencia.
Cosas estas que los profetas del Señor (יהוה) no han logrado con Israel (cf. Jr 36). Es decir, sin que hubieran mediado las proezas liberadoras del éxodo, les bastó la palabra de Dios para creer, convertirse y actuar en consecuencia (cf. Lc 11,29-32).
Los ambientes «paganos» de hoy pueden depararnos sorpresas semejantes a los mensajeros de la buena noticia. El amor universal del Padre puede encontrar más eco del esperado. Por eso hay que anunciar la buena noticia a todos, sin exclusiones. Y es necesario comenzar por el llamado a la justicia, a la rectificación de los «malos caminos». Cuando los hombres saben que esa es la primera exigencia de la conversión a Dios, comprenden que se trata de un Dios que no es ajeno al ansia que todos sentimos de una vida más digna y de una convivencia más humana. Eso los dispondrá a convertirse al Señor.
El banquete del reino de Dios es para los del norte y del sur, los del oriente y del occidente (cf. Mt 8,11). Y nosotros no podemos darnos por satisfechos hasta tanto la amplia sala del cenáculo no esté colmada de comensales (cf. Lc 14,21-23).
Feliz martes.

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