La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XIX semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (31,1-8):

Moisés dijo estas palabras a los israelitas: «He cumplido ya ciento veinte años, y me encuentro impedido; además, el Señor me ha dicho: «No pasarás ese Jordán.» El Señor, tu Dios, pasará delante de ti. Él destruirá delante de ti esos pueblos, para que te apoderes de ellos. Josué pasará delante de ti, como ha dicho el Señor. El Señor los tratará como a los reyes amorreos Sijón y Og, y como a sus tierras, que arrasó. Cuando el Señor os los entregue, haréis con ellos lo que yo os he ordenado. ¡Sed fuertes y valientes, no temáis, no os acobardéis ante ellos!, que el Señor, tu Dios, avanza a tu lado, no te dejará ni te abandonará.» 
Después Moisés llamó a Josué, y le dijo en presencia de todo Israel: «Sé fuerte y valiente, porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios, prometió dar a tus padres; y tú les repartirás la heredad. El Señor avanzará ante ti. Él estará contigo; no te dejará ni te abandonará. No temas ni te acobardes.»

Palabra de Dios

Salmo

Dt 32,3-4a.7.8.9.12

R/.
 La porción del Señor fue su pueblo

Voy a proclamar el nombre del Señor: 
dad gloria a nuestro Dios. 
Él es la Roca, 
sus obras son perfectas. R/. 

Acuérdate de los días remotos, 
considera las edades pretéritas, 
pregunta a tu padre, y te lo contará, 
a tus ancianos, y te lo dirán. R/. 

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad 
y distribuía a los hijos de Adán, 
trazando las fronteras de las naciones, 
según el número de los hijos de Dios. R/. 

La porción del Señor fue su pueblo, 
Jacob fue el lote de su heredad. 
El Señor sólo los condujo, 
no hubo dioses extraños con él. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,1-5.10.12-14):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?» 
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
 
Martes de la XIX semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
La sucesión de Moisés plantea los interrogantes de cómo se hará presente el Señor en medio de su pueblo y de cómo se cumplirá enteramente su promesa. Este capítulo presenta a Josué como el sucesor de Moisés (vv. 1-8), la consignación por escrito de las cláusulas de la Ley y su entrega a los levitas para que se la lean al pueblo (vv. 9-13.24-27), y un cántico que será invocado como testimonio contra el pueblo en caso de infidelidad (vv. 16-22.28-30). Esto último corresponde a la costumbre de consignar por escrito y guardar en un lugar sagrado las cláusulas de un pacto y releerlas periódicamente para asegurar su cumplimiento.
El tono de arenga militar que tiene este texto no compagina con las actitudes básicas de la misión cristiana. Es preciso situarse en el contexto histórico. La ocupación de la tierra, fenómeno normal en aquella época, se presenta como una conquista precedida y auspiciada por el Señor. También pertenece al espíritu de la época presentar como guerreros a los dioses de los pueblos. Israel está en esas coordenadas espaciales y temporales. Es más cuestión de lenguaje y cultura. Nos interesa el mensaje, más allá del lenguaje, y la creación de una «cultura misionera» que vaya más allá del proselitismo y descarte definitivamente el dominio.
 
Deu 31,1-8.
En definitiva, se trata de tres realidades entrelazadas: la obra del Señor, que es el cumplimiento de su promesa, y dos determinados hombres a quienes él confía tareas para que ese cumplimiento se verifique a lo largo de la historia. En este caso, la promesa se cumple por manos de Moisés, pero ahora este es relavado por Josué, en cuyas manos queda la responsabilidad de llevar a un cumplimiento más pleno la misma promesa a favor del mismo pueblo.
1. El normal relevo de Moisés.
En algún momento debía darse. En primer lugar, se le atribuye a Moisés una consideración de edad: tener ciento veinte años significa haber pertenecido a tres generaciones: la de la cautividad, la del éxodo (cf. Exo 7,7) y la del desierto, siendo esta última la que vagó durante cuarenta años hasta cuando perecieron los que se quejaron de la tierra prometida (cf. Num 14,33). En segundo lugar, el relevo se produce antes de ingresar a la tierra prometida, lo cual tiene un tinte de fracaso para Moisés, fracaso atribuido a culpa del pueblo (cf. Deu 1,37-38; 3,23-29). La culpa de Moisés consistió en no hacerle ver la santidad del Señor al pueblo rebelde (cf. Num 20,12; 27,14), lo que alude al episodio de Num 20,1-13, en donde implícitamente se le reprocha a Moisés no haberse atenido a las instrucciones con las que el Señor quería mostrar su santidad revelando su señorío sobre la naturaleza y la gratuidad de su amor, y para esto Moisés solo debía «hablar»; es decir, la sola palabra del Señor (sin acciones humanas) haría la obra. Por eso, ahora el Señor quiere que su santidad se vea en ausencia de Moisés, para que quede claro que es él quien conduce al pueblo. La presencia del Señor se verificará por medio del arca de la alianza.
2. El cumplimiento de la promesa.
El asentamiento de los pueblos nómadas comenzaba a darse espontáneamente por todos lados, y –no siempre– producía disputas entre pueblos por cuestiones territoriales. Es el momento en que los pueblos invocan a sus divinidades para que zanjen esas disputas, y se deba por entendido que el pueblo vencedor adoraba una divinidad más poderosa. Los israelitas nómadas no fueron ajenos a esta mentalidad, sobre todo cuando interpretaban su salida de Egipto como un forcejeo entre el Señor y los dioses de Egipto, los cuales fueron superados por él y, gracias a esa victoria, lograron zafarse el yugo de la esclavitud. Ahora viene el cumplimiento de la promesa de la tierra.
Este cumplimiento es interpretado ahora en términos de dominación de otros pueblos, que han de ser destruidos, porque son idólatras. Este es un modo de presentar, con el lenguaje de castigo, lo que está dicho en otro lugar: «Si tú vas a conquistar esas tierras, no es por tu justicia y honradez, sino que el Señor, tu Dios, despoja a esos pueblos por su injusticia y por mantener la palabra que juró a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob» (Deu 9,5). En otros términos, la idolatría, que legitima el atropello y la injusticia de los reyes paganos, produjo la injusticia y, con ella, la ruina de esas naciones. Y ahora Israel tendrá oportunidad de ocuparlas como quien ocupa un terreno baldío. Pero narrar los hechos como una gesta de conquistadores favorece la comprensión que el pueblo tiene de sí mismo y la presentación que hace del Señor ante los otros pueblos.
3. La investidura de Josué.
Como sucesor de Moisés, es designado su ayudante Josué, hijo de Nun, designación hecha por el Señor, ante Moisés, privadamente, en la tienda del encuentro (cf. v. 14). Después, lo presentó Moisés delante del pueblo. Sigue una exhortación particular a la fuerza y la valentía, exhortación ya hecha a todo el pueblo en relación con los otros pueblos (cf. v. 6). Esta exhortación particular está en relación con la doble misión de Josué dirigir el pueblo en la toma de la tierra, y ser garante del cumplimiento de la promesa de Dios a su pueblo. Con estas mismas palabras lo inviste de autoridad para cumplir la responsabilidad de introducir el pueblo a la tierra que el Señor prometió a los antepasados, y le encarga la tarea de repartirla entre los herederos de esos antepasados. Por fin, le asegura la misma ayuda y la misma protección del Señor que él tuvo hasta ese momento, y lo exhorta de nuevo a no sentir temor ni a dejarse abatir por esa responsabilidad.
 
Es por estos antecedentes que la misión cristiana de «pescar hombres» (metáfora militar para «conquistar pueblos») exigirá dejar las redes (usadas como armas de guerra) y abandonar la barca con el padre y los jornaleros (expresión sintética de una sociedad autoritaria y estratificada). No es lícito para el cristiano «hacer prosélitos» (cf. Mt 23,15), porque su misión es «hacer discípulos» (cf. Mt 28,19). Pero esa exigencia no siempre se respetó. Y aún hoy necesita ser reiterada frente a los fanatismos que animan a ciertos grupos de «cristianos» cuya fe no es clara. Da mucho que pensar el hecho de que ciertos planes de «evangelismo» fueran ideados con esa matriz «guerrera» del Antiguo Testamento. La misión cristiana solo puede permitirse un forcejeo: convencer a los hombres que –por la razón que sea– se sienten indignos de la buena noticia de que también esta es para ellos (cf. Lc 14,23).
Tenemos mucho trecho que andar para caminar tras las huellas de Jesús. La misión se concreta en el hecho de proponer la propia experiencia de felicidad –realización personal– y no en el afán de imponer ideas o costumbres. La celebración de la cena del Señor es banquete de hermanos donde se comparte la vida que procede del crucificado resucitado, su cuerpo y su sangre, a través de los cuales nos hace partícipes de su Espíritu. Esta vida nos capacita para comunicar el mismo Espíritu (cf. 1Ts 1,5) y llevar a la condición de hijos de Dios a los que libremente acepten serlo.
Feliz martes.

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