La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

286
Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario. Año II

Feria o memoria libre, colores verde o blanco

surtigas 2

San Juan de Capistrano, presbítero

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,12-22):

Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu. Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo. Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 84,9ab-10.11-12.13-14

R/. Dios anuncia la paz a su pueblo

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,35-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

Palabra del Señor


Reflexión del día

Martes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario. Año II.
El leccionario omite el v. 11 y prosigue en el 12 la exposición que el autor hace del derroche de bondad de Dios a través del Mesías para realizar su generoso plan de salvación universal. El punto de partida fue la alabanza a Dios por haber superado la distinción entre judíos y paganos por la revelación de su «secreto», que durante siglos estuvo escondido a causa de las divisiones y enfrentamientos entre los hombres y los pueblos. Gracias al Mesías, y a su testimonio del amor universal del Padre –testimonio que le costó la vida– los diversos pueblos se enteraron de que el Padre es de todos, que todos somos hermanos, y podemos convivir en armonía gracias al don del Espíritu Santo. Ahora va a referirse a la ejecución de ese «secreto» por obra del Mesías.
Ef 2,12-22.
En el versículo 11, el autor hace un primer llamado a hacer memoria de la situación de aquellos a quienes se dirige su escrito («ustedes, los paganos») en su condición de seres humanos («en la carne»), discriminados («tratados de incircuncisos») por los que se identificaban con un signo en la carne («circuncisos») hecho por mano humana. Esto implica tomar conciencia de la existencia de una barrera entre «circuncisos» e «incircuncisos» que no tenía origen divino, y que desconocía la básica y común condición humana, igualmente necesitada de Dios («carne»). A continuación, formula el segundo llamado a hacer memoria, y ahora de la desventajosa situación de los paganos: no tenían un Mesías, no eran pueblo de Dios, eran ajenos a las sucesivas alianzas que reiteraban la promesa hecha a Abraham (cf. Gn 18,18), no tenían motivo para la esperanza y sin Dios, pues sus ídolos solo eran una vana ilusión.
Esa situación cambió, y «ahora» la condición de los «paganos» o «incircuncisos» es otra. Gracias al Mesías, ese desamparo de los no-judíos llegó a su fin. Los paganos estaban «lejos», pero ahora están «cerca». La expresión «los de lejos» denota (cf. Is 5,26; 57,19) o connota (cf. Dan 9,7; Est 9,20) a los paganos; la expresión «los de cerca», a los judíos (cf. Is 57,19; Dan 9,7; Est 9,20). Esa aproximación se logró «por la sangre del Mesías», es decir, por su muerte cruenta a manos de los guardianes de la Ley. El Mesías es paz para unos y otros, porque unió a judíos y paganos en una sola realidad, un solo pueblo, derribando la barrera que los dividía, la hostilidad que se amparaba en la Ley. Él, en su vida mortal, abolió «la Ley de los minuciosos preceptos» (o sea, los preceptos de pureza e impureza ritual), no la promesa de Dios, y creó una nueva humanidad, unida en «un solo cuerpo» (cf. Ef 5,21-33), reconciliada también con Dios «por medio de la cruz», es decir, a través de su testimonio del amor universal de Dios, rechazado igualmente por judíos y paganos. Con ese testimonio de amor a todos, «dio muerte en sí mismo a la hostilidad» que enfrentaba los pueblos y mantenía fronteras visibles e invisibles entre unos y otros.
De manera que la venida del Mesías significó el anuncio de la paz para los paganos y los judíos, según la promesa hecha por el profeta (cita Is 57,19). Esa paz, plenitud de la salvación mesiánica (cf. Is 9,5.6; Miq 5,4) se concreta en la convocación de la Iglesia y tiene repercusiones cósmicas. Los seres humanos, sin importar su origen étnico, por la fe en Jesús Mesías reciben el Espíritu, y por este Espíritu tienen acceso al Padre.
Así que ya no hay extranjeros ni inmigrantes. Los judíos clasificaban a los paganos en dos grupos: los hostiles y residentes en el exterior (los llamaban «cerdos»), y los advenedizos, que residían en su territorio (los llamaban «perros»). Denominador común de esa clasificación era la calificación de «impuros» (atribuida por ellos a ambos animales). Al anular el Mesías «la Ley de los minuciosos preceptos», todo eso quedó definitivamente superado. Ahora todos son «conciudadanos de los consagrados y familia de Dios». A la consagración por el Espíritu, le añade la pertenencia –no a un pueblo– a la «familia» de Dios, lo cual hace a todos miembros de la «casa» de Dios, el espacio de intimidad y de relaciones directas, sin intermediación alguna.
La imagen del «edificio» sugiere piedras heterogéneas (judíos y paganos), pero el fundamento común («apóstoles y profetas») le da la unidad que se remata con la «piedra angular», que ordena y sostiene el conjunto («Jesús Mesías»). Esta piedra era o la del ángulo, que mantenía unidas dos paredes, o la que les daba estabilidad a las piedras de un arco o de una cúpula.
Combina las imágenes de «edificio» y «templo», manteniendo la asociación de pueblo y familia, y añade otra imagen, la del continuo crecimiento, que es el que hace que el «edificio» llegue a ser «templo». Este edificio vivo integra a «otros» en dicha construcción (alude a la misión entre los paganos) para así formar una morada para Dios por la presencia y acción del Espíritu Santo.
La condición anterior de judíos y paganos era el «pecado» (la injusticia a los ojos de Dios). Esto merecía la reprobación absoluta de Dios, pero él tenía desde siempre el designio de llevar a todos a la reconciliación con él, lo cual incluía la reconciliación entre los seres humanos. La dificultad no estaba principalmente en la relación de Dios con la humanidad, sino en las relaciones de los seres humanos y sus pueblos entre sí. Al venir Jesús Mesías, se mostró acogedor con todos y así desveló el verdadero rostro de Dios y su designio, que se había mantenido oculto por la forma en que los pueblos concebían a Dios y por las rivalidades que esto ocasionaba entre ellos.
Esa manifestación del amor universal de Dios y de su designio de salvación universal no fue bien recibida por todos, por eso Jesús fue ejecutado en una cruz; pero su muerte y su resurrección le dejaron claro al mundo que Dios estaba de parte de Jesús y no de parte de sus verdugos, y esto le abrió a la humanidad un camino de reconciliación. La Iglesia se hace testigo y mensajera ante el mundo de esta buena noticia, y crece continuamente construyendo una nueva humanidad en la que todos pueden ser pueblo de Dios, familia de Dios.
Nuestras asambleas eucarísticas están llamadas a afirmar este amor y este designio de salvación por su capacidad de apertura y acogida universal, sin excluir, discriminar ni marginar personas. Y a ese amor y a ese designio nos adherimos por la comunión con el pan eucarístico.
Feliz martes.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí