La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado www.diocesisdesincelejo.org)

11 de junio. San Bernabé, apóstol
Color rojo

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (11,21b-26;13,1-3):

En aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Más tarde, salió para Tarso, en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante un año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos. En la Iglesia de Antioquia había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el Moreno, Lucio el Cireneo, Manahén, hermano de leche del virrey Herodes, y Saulo. 
Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado.» Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.3c-4.5-6

R/.
 El Señor revela a las naciones su justicia

Cantad al Señor un cántico nuevo, 
porque ha hecho maravillas: 
su diestra le ha dado la victoria, 
su santo brazo. R/. 

El Señor da a conocer su victoria, 
revela a las naciones su justicia: 
se acordó de su misericordia y su fidelidad 
en favor de la casa de Israel. R/. 

Los confines de la tierra han contemplado 
la victoria de nuestro Dios. 
Aclama al Señor, tierra entera; 
gritad, vitoread, tocad. R/. 

Tañed la citara para el Señor, 
suenen los instrumentos: 
con clarines y al son de trompetas, 
aclamad al Rey y Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,7-13)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
11 de junio.
Memoria de San Bernabé, apóstol.
 
Cuando Jesús envió por primera vez a los Doce, les delimitó el campo de la misión, no porque él tuviera una óptica nacionalista, sino porque ellos eran incapaces de asumir su óptica y asimilar su mensaje, que eran universales como el amor del Padre. Jesús tuvo en cuenta sus prejuicios.
La misión universal –libre de prejuicios y de condicionamientos legales– corre por cuenta de los nacidos fuera, más allá del mar (Chipre y Cirene). En Antioquía de Siria les proponen la buena noticia a los paganos, el Señor apoya esta iniciativa y la noticia llega a Jerusalén.
El anuncio de la fe a los samaritanos les pareció tolerable a los dirigentes, y por eso enviaron una delegación oficial (dos apóstoles: Hch 8,14); pero en esta ocasión envían solo a Bernabé, muestra de reticencia e incertidumbre ante esa iniciativa. Este cumple exitosamente su misión.
 
1. Primera lectura (Hch 11,21b-26).
La adhesión de los paganos al Señor se le atribuye al apoyo que les da «la fuerza del Señor» (el Espíritu Santo) a estos osados evangelizadores, porque su apertura responde al designio de Dios.
Bernabé discierne y «ve» la gracia de Dios, se alegra con esta sorpresa suya, y –haciendo honor a su nombre– se puso a exhortar a todos a que siguieran firmemente unidos al Señor. No exige la circuncisión ni la afiliación a la religión judía; le basta la «gracia de Dios», que es el don del Espíritu Santo. Bernabé viene a ser providencial porque es:
• «un hombre de bien» (ἀνὴρ ἀγαθὸς), rasgo que pondera su calidad humana (es un «hombre de aceptación generalizada»).
• «lleno de Espíritu Santo» (πλήρηςπνεύματος ἁγίου), rasgo que pondera su permanente calidad cristiana («lleno del amor de Dios»).
• «y (lleno) de fe» (…καὶ πίστεως), rasgo que pondera su permanente fidelidad al Señor, lo cual lo hace confiable en sus actuaciones («un discípulo de verdad»).
Estos rasgos propios de Bernabé potencian la labor comenzada, y facilitan que se den nuevas conversiones al Señor.
 
2. Evangelio (Mt 10,7-13).
La primera misión a la que Jesús envió a sus discípulos, en territorio judío, hace ver que la misión universal requiere de una disposición que ellos todavía no tienen. Pero esta también se da en el éxodo cristiano, en el «camino del Señor» (Mt 3,3): «Haciendo camino proclamen diciendo…» (Mt 10,7). Solo si se transita ese camino es posible:
• Proclamar la inminencia del reinado de Dios. Por mucho que los judíos hubieran esperado este anuncio, se necesitan testigos vivos de la nueva realidad para que ella les resulte creíble. No basta la mera religiosidad; se requieren hambre y sed de justicia («enmiéndense») y la fe (cf. Mt 4,17).
• Poner fin eficazmente los males de los individuos y las sociedades que estaban «enfermos», es decir, cuyas sus vidas y convivencia habían menguado a causa de sus «pecados» (cf. Mt 1,21): sus mentiras y sus violencias, y a raíz de su falta de fe (cf. Mt 8,10.26).
• Infundirles nueva vida a los «muertos» en vida a causa del pecado, es decir, revivir la esperanza del pueblo que vivía una situación desesperada, semejante a la del destierro, y que se sentía como un cementerio expuesto (cf. Ez 37,1-13). Será como sacarlos de sus sepulcros (cf. Ez 37,12-14).
• Integrar a los excluidos, y –en particular– a las víctimas de exclusión religiosa, los «leprosos», que eran el caso paradigmático y más cruel de dicha exclusión. En particular, este encargo pone de presente que la exclusión religiosa contradice el amor misericordioso de Dios (cf. Mt 8,2-4).
• Erradicar el odio fanático e idolátrico, sobre todo el que aduce motivaciones de índole religiosa para agredir a los seres humanos. Usa el nombre de los ídolos a los que los paganos les ofrecían sacrificios humanos («demonios») para designar esa particular forma de violencia pública.
Si el amor de Dios es universal, también es gratuito. No hay que condicionarlo a requisito alguno, mucho menos al dinero. Por eso, el don gratuitamente recibido se transmite gratuitamente.
Desde luego, este anuncio hace algunas exigencias básicas al evangelizador:
• Descartar todo afán de lucro («piezas de oro, plata o bronce»): de lo más valioso a lo menos.
• Rehusarse a presentarse como mendicantes («alforja para el camino»).
• No llegar vestidos de superioridad («llevar dos túnicas»), ni calzados como ricos (ὑποδήματα; los pobres se calzaban con σανδάλια), ni revestidos de poder (ῥάβδος, en el sentido de «cetro» o de «vara para golpear»).
Como constructor de la nueva sociedad (el reino de Dios), así como procura el bien de los demás tiene derecho a que otros cuiden de su vida («su sustento»).
Esta evangelización implica también una «metodología»:
• Ante todo, humanidad. De entrada, hay que saludar, desear la paz (felicidad).
• Cuando se da la acogida, el anuncio de la nueva noticia transmite esa dicha, que se hace efectiva en los destinatarios.
• Cuando no hay acogida, el misionero no se frustra, sabe tolerar y conserva la alegría de la buena noticia que porta.
• En este último caso, el rechazo, señal de ruptura, es una conducta realmente pagana (sea judío o extranjero) y esto se hace constar con un gesto como el que usaban los judíos al abandonar un país pagano. Ahora el verdadero «pagano» es quien rechaza la buena noticia. Y esta conducta es más censurable que la de las ciudades que eran paradigma de corrupción (Sodoma y Gomorra).
 
Bernabé es presentado como hombre genuino y como cristiano cabal y muy comprometido con la causa del Señor. Estas características suyas avalan y potencian la misión proponiéndolo como colaborador eficaz de la obra de Dios. El futuro de la misión depende mucho del compromiso humano y cristiano de los evangelizadores. Bernabé es, a la vez, un testigo y un intercesor para nosotros. Las exigencias de la misión plantean las calidades del evangelizador. No se evangeliza «de oficio», sino por vocación y con el testimonio de la propia vida. La «imposición de manos» (cf. Hch 13,3) se queda sin eco cuando el evangelizador no es testigo. El testimonio entraña esa configuración permanente y progresiva con Jesús a través de su Espíritu, que nos lleva a adoptar su misma metodología.
Recordarlo en nuestra celebración eucarística nos estimula a seguir al Señor, porque resulta claro que –parafraseando a san Agustín– lo que pudo Bernabé también nosotros lo podemos.
Feliz conmemoración.

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