La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

La Palabra del día

Martes de la I semana del Tiempo Ordinario. Año I

Feria, color verde

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,5-12):

DIOS no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras:
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad,
todo lo sometiste bajo sus pies».
En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo.
Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos.
Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación.
El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, pues dice:
«Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 8,2a.5.6-7.8-9

R/.
Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos

V/. ¡Señor, dueño nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder? R/.

V/. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos. R/.

V/. Todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):

EN la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Palabra de Dios


La reflexión del padre Adalberto

Martes de la I semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Los «ángeles» son mensajeros de Dios. De alguna manera, los profetas también son ángeles (cf. Lc 7,26-28); así que la denominación «ángeles» abarca a todos los portadores de la palabra divina dirigida a la humanidad. El autor de este escrito mostró la preeminencia de Jesús con respecto de los anteriores mensajeros divinos, sobre todo los de la corte celestial, subrayando su condición de Hijo, de Dios y de Rey. Ahora va a explicar las prerrogativas de Jesús respecto del mundo por venir. Sin embargo, estas afirmaciones de supremacía no pretenden aislar a Jesús en un pináculo inaccesible, sino mostrar cómo él se solidarizó con la humanidad para elevarla al máximo.
 
Ese «mundo por venir» es la historia de la tierra habitada, ahora bajo el influjo de la resurrección del Hijo, quien «se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas». Así como se dio un cambio de alianza, se está produciendo también una transformación del mundo. El Señor anuncia una «salvación» que es certificada por las primeras comunidades que tuvieron noticia de ella, a lo que se suma el testimonio de Dios con señales liberadoras y salvadoras, con proezas –como un nuevo éxodo– y con la participación de su Espíritu Santo, de acuerdo con su voluntad salvadora (cf. Hb 2,1-4, omitido).
 
Heb 2,5-12. 
El autor afirma que «no fue a los ángeles a quienes Dios sometió el mundo (οἰκουμένη) futuro de que hablamos». El término «mundo» (οἰκουμένη), que significa «tierra habitada» (cf. Ex 16,35), había aparecido antes (Heb 1,6) denotando el ámbito en donde Dios introdujo al «primogénito» para que fuera adorado como él –alusión a la presentación de Jesús ante «todos los ángeles» en su bautismo, probablemente–. Ahora ese «mundo» (distinto de κόσμος) es calificado de «futuro» y puesto en relación con «el ser humano» (la Biblia hebrea dice «el hijo de Adán»), refiriéndose a la raza humana y a Jesús, indistintamente. Hay una aparente incongruencia: el ser humano, hecho «por un poco inferior a los ángeles», resulta coronado por Dios de gloria y dignidad y con todo sometido «bajo sus pies», sin excepción, incluidos los ángeles. Esto se verifica en Jesús: el título divino que heredó (cf. Heb 1,4) lo puso «durante un tiempo» (βραχύ) por debajo de los ángeles, a su servicio, antes de elevarlo por encima de ellos como su Señor.
 
Este señorío del Hijo no se entiende como dominio, sino como liberación y como posibilidad de autorrealización; en el caso del ser humano, implica la liberación para la libertad (no para caer bajo otra esclavitud) y la salvación, es decir, la comunicación del Espíritu de amor y de vida que procede de Dios. El ser humano todavía no es señor del universo. Unas veces es su esclavo y otras su depredador. Pero en Jesús, muerto y resucitado, ese objetivo ya está logrado. Y él, tras haber recibido así el señorío de la creación, del mismo modo se lo ofrece a los seres humanos.
 
A la pregunta por la razón de la muerte de Jesús, el autor responde que convenía que Dios, que es meta y origen del universo, puesto que tenía la intención de «conducir muchos hijos a la gloria» (cf. Sal 8,6; Heb 2,6.9), condujera al «pionero de su salvación» a esa meta y lo llevara a su total consumación «por el sufrimiento», es decir, por el amor probado en el dolor (pasión y muerte). Este «sufrimiento» (πάθημα), cuya máxima expresión es la muerte del Hijo (cf. Heb 2,9) –muerte cruel y deshonrosa–, tiene relación con la persecución a causa del testimonio cristiano, sometidos públicamente a escarnios y vejaciones, como también con la solidaridad que los cristianos daban, incluso con alegría, a otros hermanos suyos que eran tratados de ese modo (cf. Heb 10,32-34). No se trata ni de un sufrimiento autoinfligido ni tampoco buscado, sino de una consecuencia de su compromiso bautismal («recién iluminados»: Heb 10,32).
 
El Hijo y los «muchos hijos», o sea, «el consagrante y los consagrados» tienen en mismo origen, Dios –que es también su meta–, por eso el Hijo se inserta en la humanidad («hermanos»), hecho uno con ella, y convierte su «sufrimiento» en instrumento de realización humana. El autor apela al salmista para afirmar esa inserción del Hijo en la humanidad en el trance del sufrimiento y en la experiencia de la salvación (cf. Sal 22,23: «mis hermanos»). Del mismo modo, apela al profeta para confirmar la solidaridad del Hijo con la humanidad –también en el sufrimiento que pone a prueba la fe– cuando se refiere a sus «discípulos» (Is 8,16) e «hijos» (Is 8,18), que el autor relaciona con el Hijo como «pionero de su salvación», y que se resisten a abandonar al Señor aunque pasen por duras pruebas en medio del aparente silencio de Dios (cf. Is 8,19-20). De esta forma, afirma que el Hijo es plenamente humano y, por eso, apto para representar a la humanidad ante Dios y ser su personero más calificado (cf. también v. 13, omitido).
 
La preeminencia de Jesús sobre «los ángeles» no le confiere prerrogativa alguna de dominación, sino carácter ejemplar de servicio para lograr la propia realización. Esto tiene repercusión en las relaciones interpersonales, pero, sobre todo, en las relaciones de convivencia que construyen ese entramado que es la sociedad humana, «la tierra habitada». La muerte y resurrección del Hijo de Dios no constituye una amenaza para el «mundo» que lo condenó a morir, sino el anuncio de la renovación que las comunidades cristianas experimentan por seguir al Hijo viviendo como hijos, en busca de realizarse como tales y asumiendo el señorío del Hijo en relación con la creación y con la entera «tierra habitada».
 
Una cosa es clara: no hay otro camino que el recorrido por el Hijo, es decir, la autorrealización por el amor capaz de superar el sufrimiento. La calidad que esta misión requiere es humana. Esa calidad humana, es decir, un amor decidido y valiente, capaz de la más firme solidaridad con las víctimas del «mundo», y dispuesto a afrontar la muerte más dolorosa e infamante, es la que nos permite presentarnos con el Hijo, para que él nos presente como «hermanos» y «discípulos» ante Dios, su Padre, y para que así también nosotros logremos nuestra consumación.
 
Así es como Jesús quiere encontrarnos en la celebración de la eucaristía; primero, al presentar los dones eucarísticos, y después, cuando vayamos a recibir el pan de vida.
Feliz martes.

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