La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Año I

San Pedro Claver, presbítero (en Colombia)
Memoria obligatoria, color blanco
Patrono de los Derechos Humanos
Fiesta patronal en el municipio de San Pedro (Sucre)

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,24–2,3):

Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos. A éstos Dios ha querido dar a conocer la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida en Cristo: ésta es mi tarea, en la que lucho denonadamente con la fuerza poderosa que él me da. Quiero que tengáis noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente. Busco que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo, para conseguir la plena convicción que da el comprender, y que capten el misterio de Dios. Este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 61,6-7.9

R/. De Dios viene mi salvación y mi gloria

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R/.

Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,6-11):

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: «Levántate y ponte ahí en medio.» Él se levantó y se quedó en pie.
Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?»
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»
Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

Lunes de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
La obra del Mesías no termina con la muerte reconciliadora del mismo. De hecho, la vida y la misión de Jesús en la historia se concretaron en el pueblo judío, aunque la revelación del designio universal de Dios ensanchara su horizonte hacia la humanidad entera. El envío de sus discípulos al mundo pagano –del cual forman parte los colosenses– indica que ahora se abre la perspectiva del anuncio de la buena noticia a «las naciones». Puesto que la Iglesia es el «cuerpo» del Mesías, y él es su «cabeza» (cf. 1,18), ella prolonga su presencia y actividad en el mundo pagano. Al mismo tiempo, la Iglesia toma conciencia de que –por ser ella «cuerpo mortal» del Mesías– le corresponde realizar su obra reconciliadora como lo hizo su cabeza.
El concepto de «cabeza» connota los principios de jefatura («capitalidad») y fuente de la vida («vitalidad») en las otras cartas; pero en las cartas a los colosenses y a los efesios el concepto de «fuente de la vida» se despliega en otro relacionado, que es el de «fuente del crecimiento», concepto que se corresponde con la conexión que la cultura griega establecía entre la cabeza y el cuerpo en el caso humano. Así que el Mesías es el que impulsa el crecimiento tanto del cuerpo en general como de cada uno de sus miembros.
 
Col 1,24-2,3.
El libre compromiso del apóstol es continuar la obra del Mesías asumiendo su condición de miembro de su cuerpo, que es la Iglesia. Esa continuación la realiza mediante la predicación íntegra de la buena noticia «a toda criatura bajo el cielo» y por encargo de Dios (cf. 1,23.25). La Iglesia –como cuerpo del Mesías– tiene la misión de completar en las naciones del mundo la misma pasión que vivió Jesús en su pueblo por causa de ese anuncio; para el apóstol esos padecimientos son un título de gloria, del cual se alegra, porque así se siente identificado con el Mesías (cf. 2,24). El anuncio de la buena noticia provoca reacciones encontradas; para unos es motivo de alegría, para otros lo es de rechazo. Pero, si los padecimientos del Mesías recaen sobre el apóstol, gracias al Mesías recae también sobre él y sobre las iglesias el ánimo para ir a anunciar la buena noticia (cf. 2Cor 1,5; 1Tes 2,14).
Así como se declaró servidor de la buena noticia (cf. 1,23), así ahora se declara servidor de la Iglesia, a cuyo servicio Dios lo destinó para que anunciara íntegro su mensaje (cf. 1,25), que consiste en revelar el «secreto» que por siglos permaneció escondido, pero que ahora él ha revelado a sus consagrados (cf. 1,26), los cuales conocen lo valioso que este secreto es para todas las naciones, y que consiste en que el Mesías, «la gloria esperada», les pertenece también a ellas, no es exclusivo de los judíos (cf. 1,27). La razón para que ese secreto hubiera estado tanto tiempo «escondido» no corresponde a un designio divino, ya que el propósito de Dios era revelarlo, sino a una incapacidad de la humanidad, por las condiciones en las que ella se encontraba. En efecto, los pueblos y los hombres, recluidos en sus fronteras nacionales y en sus estrecheces mentales, se incapacitaban a sí mismos para captar y aceptar la universalidad del amor de Dios. La venida del Mesías y su acogida por los que se fiaron de él abrió mentes y derribó barreras, permitiendo que algunos recibieran el Espíritu Santo. El Espíritu, además de hacerles experimentar ese amor universal, los consagró como «hijos» de Dios, es decir, los capacitó para amar del mismo modo que Dios, y así pudieran revelar el secreto que, de otro modo, jamás habría podido ser conocido, porque no es una verdad especulativa, sino vital: el amor de Dios, manifestado en el Mesías es la «gloria esperada» por toda la humanidad.
La presencia del Mesías entre los colosenses atestigua que mediante ese secreto se realiza el objetivo de Dios: revelar su gloria a las naciones. Esa es la oferta de los cristianos a todo ser humano, para que cada uno llegue a ser un cristiano maduro, un hombre realizado (cf. 1,28). Esta revelación de la gloria equivale a lo que en las otras cartas es la comunicación del Espíritu Santo; también la maduración del hombre por el amor es fruto de la presencia y acción del mismo Espíritu. El autor, con el fin de centrar todo en el Mesías, le atribuye a él la obra que en otros escritos se le atribuye al Espíritu Santo. La cuádruple repetición del adjetivo «todo» (πᾶς) pretende enfatizar que el «secreto» es accesible a todos, no reservado a unos pocos, que era una característica de las llamadas «religiones mistéricas», con secretos cuyo conocimiento se restringía a unos pocos iniciados, como un privilegio exclusivo suyo.
La razón por la cual el apóstol sufre y lucha, sostenido por esa fuerza del Mesías –que en él se muestra eficaz– es la experiencia de que el designio divino es universal y sus destinatarios son todos los seres humanos (1,29). Esa «fuerza» o «energía» del Mesías que despliega en él su eficacia es, nuevamente, otra manera de referirse al Espíritu Santo sin nombrarlo, quizás en razón de las confusiones que había en Colosas respecto de los múltiples mediadores, para evitar que compararan al Mesías y al Espíritu con las «soberanías y autoridades» que allí eran veneradas. Tal vez esa es la explicación también por la cual el término «autoridad» figura en este escrito con connotaciones peyorativas, a diferencia de los demás escritos
El autor les da a conocer ese sufrimiento y esa lucha que soporta por amor a tantos que no lo conocen personalmente (cf. 2,1) para estimularlos al amor entre ellos –que sí se conocen– uniéndose al comprender y profundizar este secreto de Dios, que se revela en la persona del Mesías (cf. 2,2). Esta información permite saber que las comunidades de Colosas, Laodicea y «tantos otros» estaban afrontando las mismas dificultades. El amor que el autor manifiesta al preocuparse por ellos es experiencia de Dios (del Espíritu), y deja claro que se trata de algo que concierne a todos, no importa que personalmente no se conozcan. Eso provoca entre él y ellos y entre las iglesias, la solidaridad en el amor, y ayuda a penetrar por experiencia en ese secreto del Mesías. En la persona del Mesías están ocultos y por descubrir «todos los tesoros del saber y del conocer» (cf. 2,3). El primer encuentro con Jesús apenas da inicio al sondeo de esos inmensos tesoros. No hay necesidad d buscar saber y conocimiento fuera de él.
 
Apóstol es aquel que se identifica con Jesús y se siente una extensión suya («miembro de su cuerpo») en el mundo para continuar su obra de la misma manera que Jesús la realizó. En Jesús están todos los tesoros del «saber» (ciencia) y del «conocer» (experiencia) de Dios. En esto se distingue el apóstol de los charlatanes y de los santurrones.
Ninguna «revelación» se da por fuera del Mesías. Ninguna «teología» sustituye su Evangelio. Él es la Palabra de Dios, el Hijo a quien hay que escuchar. Ninguna «santidad» se da por fuera de su Espíritu de amor. Ninguna «espiritualidad» reemplaza su praxis renovadora, liberadora y salvadora. Él es el santo, fuente del Espíritu Santo y santificador.
A él es a quien decimos «amén» en la eucaristía, «cuerpo del Mesías». Y con este «amén» nos adherimos firmemente a él –como individuos y como comunidades–, manifestamos nuestra decisión de configurarnos con él, y nos empeñamos en la fiel prolongación de su obra en la historia y en la geografía de los pueblos.
Feliz lunes.

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