La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la IV semana de Cuaresma. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):

 

ESTO dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b

 

R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

V/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

V/. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

V/. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):

 

EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
Lunes de la IV semana de cuaresma.
 
Pensemos en el alcance que tiene la promesa de Dios. Cuando él habla, su palabra no se limita a lo que el hombre inicialmente entiende, se abre a un futuro insospechado. La revelación muestra que la primera captación de las promesas se quedó corta ante la verdad de lo que Dios cumplió después. Las ópticas humanas resultan siempre miopes ante la perspectiva divina.
 
La promesa de liberación contenida en la Ley y los profetas es muy superior a lo que esperaban los depositarios de la misma. Esta semana vemos la actividad liberadora de Jesús, quien corrige las expectativas para abrir los corazones a una realidad más allá de lo pensado. Hoy comienza con la desmitificación del poder. La idea de que el atributo fundamental de Dios es el poder les hizo pensar a los antiguos que la promesa estaba garantizada porque el poder del Señor brindaba la seguridad de que él la pudiera cumplir.
 
1. Lectura (Is 65,17-21).
En esta sección, el autor presenta a los siervos de Dios colmados de bienes. Antes de que ellos clamen a él, él se adelanta a sus clamores; antes de que ellos se dirijan a él, él los escucha, puesto que ellos respetan el monte santo (el templo) y no hacen daño alguno al prójimo.
 
El Señor anuncia la instauración de una nueva creación, que se constatará en la vida histórica del pueblo y consistirá en gozo y alegría. Esta acción sepultará en el olvido el recuerdo doloroso del pasado –tanto la lejana esclavitud en Egipto como la reciente cautividad en Babilonia–, les dice que no lo evoquen más, que ni siquiera les venga al pensamiento. Enseguida, pregona la alegría por la nueva creación que notifica: él transformará la ciudad de Jerusalén en alegría y su población se llenará de gozo. La nueva creación superará con creces el pueblo que el Señor mismo fundó. La vida histórica y terrena del pueblo se vislumbra en un horizonte de plenitud.
 
Él, por su parte, se gozará por el cambio de la suerte de su pueblo: no más gemidos ni llanto, no más niños malogrados ni adultos frustrados. La longevidad, una de las bendiciones que conlleva la promesa, será efectiva para todos sus habitantes, porque esos serán tiempos de bendición, no de maldición. La prosperidad será para todo el país y para cada uno de sus habitantes. La vida y la convivencia exitosas serán señal del amor del Señor: libres de la necesidad y la dependencia.
 
Esta visión muestra que el designio del Señor consiste en la vida para su pueblo en conjunto y para cada uno de sus habitantes en particular. Y esta plenitud de vida le complace al Señor.
 
2. Evangelio (Jn 4,43-54).
Tras haber abierto el horizonte de la fe a los «herejes» samaritanos, Jesús vuelve al lugar donde anunció la nueva alianza, y es acogido con simpatía por sus paisanos, que habían interpretado mal la expulsión de los vendedores del templo. Ahora abrirá el mismo horizonte de la fe para todos los seres humanos, enemigos incluidos. El nuevo éxodo no implica «subversión».
 
Un representante del poder político está en problemas con un «hijo» (υἱός: igual a él) «enfermo» (ἀσθενέω: debilitado), y le pide a Jesús que «baje» y lo sane (ἰάομαι: sanear, restablecer) antes de que muera. La crisis del poder consiste en no poder salvar, dar vida. Jesús le hace un reproche: «ustedes (la gente del poder), si no ven señales portentosas, no creen»: los hombres de poder no están dispuestos a creer sino en el poder. Consideran que la «liberación» (el «éxodo») se da por un acto de poder. El funcionario insiste en su petición, y, ante su insistencia, Jesús lo despide dándole la garantía de que su «hijo» está vivo. Él se fía de las palabras de Jesús, se pone en camino y «baja». Al bajar, se encuentra con sus «siervos» (δοῦλοι), que le dan la noticia de que su «chico» (παῖς) vive, noticia que él relaciona con la palabra de Jesús. Ahora la adhesión de fe se extiende a toda la «familia» (οἰκία: incluye los siervos). Un grupo pagano es «saneado» por Jesús.
En el relato hay que advertir tres cosas:
1. La forma de referirse al enfermo (ἀσθενής):
• El narrador y Jesús lo llaman «hijo», y subrayan así su igualdad con el padre.
• El funcionario lo llama «mi chiquillo», lo cual resulta ambiguo (παιδίον: hijo o siervo), aunque el posesivo «mi» y el diminutivo «chiquillo» son afectuosos, indicios de buena relación.
• Los siervos lo llaman «chico» (παῖς), lo cual también resulta ambiguo (hijo o siervo). Los hijos menores se equiparaban socialmente a los siervos, y los súbditos a hijos.
2. La forma de referirse al personaje:
• Se comporta como el«funcionario» que es cuando llama «chiquillo» a su igual (subrayando así la relación de dependencia). La burocracia lo despersonaliza, y con él a y sus relaciones.
• Se comporta como «hombre» (ser humano) cuando se fía de lo que le dice Jesús. La confianza en Jesús hace emerger su humanidad. La fe lo conduce al logro de su plenitud humana.
• Se comporta como «padre» cuando finalmente cree. Ya puede dar la vida que, como poderoso («funcionario real»), no podía dar. La vida del hijo (hombre libre) se da a causa de su fe.
3. La «fiebre»(πυρετός):
• Es consecuencia de una enfermiza relación de subordinación entre dos iguales, relación que necesita ser «saneada» (ἰάομαι). La fe en Jesús restaura las relaciones de convivencia.
• Cuando el funcionario se «baja» de su pedestal a hombre por la confianza y la fe, finaliza esa relación de dominio, se restablece así la libertad y se da paso a la vida plena del «hijo» (pueblo).
• Esa «fiebre» cesó después de la hora sexta, la de la muerte de Jesús, cuando entregó el Espíritu (cf. Jn 19,30.45). En esa hora quedó terminado el hombre nuevo: el ser humano liberado de toda atadura y capaz de amar.
 
La actividad de Jesús para cumplir la promesa del Padre, que es promesa de vida digna y libre y de la capacidad para comunicarla, no consiste en algo exterior al ser humano, no es una acción de poder, es la infusión de una fuerza interior de vida que libera el propio potencial de amar para que el ser humano evolucione de «funcionario» a «hombre», y como tal se convierta en «padre», es decir, para que reciba y transmita el Espíritu liberador. Ese Espíritu lo recibe uno por la fe y lo transmite por el amor. Así se experimenta la liberación del pecado y la libertad para amar.
 
Y a eso es a lo que nos comprometemos en la eucaristía: el Señor nos infunde su vida, su Espíritu Santo, y nos da libertad interior para hacernos capaces de amar libre y universalmente, como él, haciendo auténticamente humanas nuestras relaciones de convivencia. En eso consiste «sanar», es un acto de amor, no de poder. Y eso es lo que Jesús pone a nuestro alcance.
Feliz lunes.
 

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