La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

168

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la V semana del Tiempo Ordinario. Año I

Feria o memoria libre. Nuestra Señora de Lourdes, colores verde o blanco

Jornada Mundial del Enfermo

Semana por los Enfermos de la Diócesis de Sincelejo

La Palabra del día

Primera lectura

Comienzo del libro del Génesis (1,1-19):

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios:«Exista la luz». Y la luz existió.
Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche».
Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero. Y dijo Dios: «Exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas». E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento. Y así fue. Llamó Dios al firmamento «cielo».
Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo. Dijo Dios: «Júntense las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezca lo seco». Y así fue. Llamó Dios a lo seco «tierra», y a la masa de las aguas llamó «mar». Y vio Dios que era bueno.
Dijo Dios: «Cúbrase la tierra de verdor, de hierba verde que engendre semilla, y de árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra». Y así fue. La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno. 
Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero. Dijo Dios: «Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra». Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 103,1-2a.5-6.10.12.24.35c

R/. Goce el Señor con sus obras

Bendice, alma mía, al Señor,
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R/.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. R/.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto. R/.

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,53-56):

En aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron. Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
 
 

Lunes de la V semana del Tiempo Ordinario. Año I.

Comenzamos ahora la lectura de los primeros once capítulos del libro del Génesis, lo que nos remite al remoto «pasado» (πάλαι: cf. Heb 1,1) de nuestra fe. Los primeros libros de la Biblia forman lo que, en la tradición cristiana, primero griega y después latina, se denominó Pentateuco, término griego que designa los cinco rollos que en hebreo reciben el nombre de Torá (תּוֹרָה), traducido «Ley» al español, aunque ese término va más allá de lo jurídico, y significa también «instrucción».
Los primeros 11 capítulos del Génesis nos hablan del origen del mundo y del mal, desde luego, con una visión de fe, no con una descripción científica. La creación del mundo es propuesta en dos narraciones que corresponden a dos épocas diferentes: más elaborada y actual la primera (Gen 1,1-2,4a), más antropomórfica y antigua la segunda (cf. Gen 2,4b-25).

Gen 1,1-19.
El primer relato de la creación presenta el origen del universo distribuido en una semana laboral con su respectivo día de descanso. Se piensa que este relato es aproximadamente del año 400 a. C. El fragmento que se lee hoy narra los primeros cuatro días de la creación. Fue redactado en una época en que los días se contaban a partir del mediodía. Es una obra de poesía religiosa, no una descripción científica de los orígenes del universo. Aparecen en él Dios, como protagonista del mismo, y dos principios dinámicos suyos: su potente «aliento/viento» (רוּחַ), que pone orden en el caos, y su eficaz palabra (דָבָר), que da la existencia, el nombre y el lugar, y que bendice (dota de vida y de la capacidad de transmitirla).
0. Introducción.
Una breve nota señala que el principio de todo es acción creadora de Dios: nada de orden, nada de vida al principio, un gran vacío, un abismo tenebroso. Pero el aliento o viento de Dios se cierne sobre ese mar informe y vacío con su fuerza fecundante. Una afirmación rotunda abre el libro: «En el principio creó Dios (אֱלֹהִים) los cielos (הַשָּמַיִם) y la tierra (הָאָרֶץ)»
1. Primer día.
Interviene la palabra («dijo Dios») y pronuncia la luz («que exista la luz»), y esta llega a la existencia por la sola palabra divina. Propiamente hablando, la creación se da por el paso de la tiniebla a la luz, del no-ser al ser. Dios valora positivamente su primera obra, le da nombre y le asigna turno, alternativo con el de la tiniebla, a la que le da nombre también y le asigna turno en relación con la luz. «Pasó una tarde, pasó una mañana»: alternan la tiniebla y la luz, y esta tiene preeminencia.
2. Segundo día.
La lluvia se interpretaba en el mundo precientífico como el derramamiento sobre la tierra de un depósito superior de agua. El segundo día separa Dios las aguas «de arriba» de las «de abajo» por medio de una bóveda. Su palabra da existencia a esta bóveda, la pone en su lugar y le asigna un nombre: «cielo». Y continúa el ritmo regular de la alternancia tiniebla-luz, es decir, prosigue la obra creadora. El término «cielo» (שָּמַיִם) está usado aquí en una acepción restringida en relación con la del primer día.
3. Tercer día.
Como las aguas «de abajo» cubrían la faz de la tierra, ahora la palabra creadora les asigna su lugar para que surja una nueva realidad, «los continentes». Estos reciben el nombre de «tierra», y a la masa de las aguas el de «mar». Como en el segundo día el nombre «cielo» se restringe a la bóveda, en el tercero el nombre «tierra» (אָרֶץ) también se restringe, ahora se refiere específicamente a los continentes. Nueva valoración positiva de parte de Dios, que muestra así su complacencia con su propia obra.
Prosigue el tercer día con el poblamiento de la tierra. Los vegetales con capacidad de reproducirse («hierba verde que engendre semilla y árboles frutales que den fruto… y que lleven semilla»). Dicho y hecho. Hablando con propiedad, esta es la primera bendición (dotación de vida y de la capacidad de transmitirla). Por esa razón Dios valora nuevamente su obra como positiva (buena y bella: טוֹב). Y prosigue su creación.
4. Cuarto día.
La luz y las tinieblas habían sido separadas y se les había asignado nombre, pero no se les había asignado lugar. Este estará en «la bóveda del cielo», porque les asigna también una función trascendente: además de separar el día de la noche, señalarán las fiestas y el transcurrir del tiempo. La luz sobre el tiempo provendrá de «la bóveda del cielo». El tiempo de los hombres no será anodino. Dicho y hecho.
El sol y la luna, dioses mayores de los pueblos paganos, no son más que criaturas de Dios al servicio de «la tierra» (hombres, animales y vegetales). Dígase lo mismo de las estrellas, que eran símbolos paganos de sus reyes, tenidos como hijos de los dioses. Y nuevamente valora Dios de manera positiva su obra y se dispone a continuarla.

Mostrar la creación fundamentalmente como el paso de la tiniebla a la luz entraña mucho más que un mero espectáculo visual. Es la forma no-metafísica de hablar del paso de la no-existencia a la existencia, del no-ser al ser. Afirmar que esto se da por la acción fecundante del «aliento» de Dios (su «espíritu») y por la eficiencia que tiene su «decir» (su «palabra») implica que la creación es participación del ser de Dios. Él se auto comunica al crear, las criaturas son expresiones suyas. Pero ellas tienen su propia consistencia, son distintas de él, hasta el punto de tener entidad e identidad propias, por eso él les asigna otro nombre.
La creación en una semana laboral establece una relación entre la obra creadora de Dios y el trabajo del hombre y de la humanidad. El hombre trabajador se asemeja al Dios creador. Y esto orienta la actividad creadora del ser humano: toda actividad suya está encaminada a reflejar la bondad que Dios declara en su obra, bondad que se concreta en la bendición: todo está ordenado al servicio de la vida.
Por eso, el pan y el vino que presentamos en la eucaristía, «fruto… del trabajo del hombre» termina convirtiéndose en pan de vida y bebida de salvación, ordenados ambos a la vida eterna del ser humano, es decir, a su igualdad con Dios.
Feliz lunes.

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí