La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la II semana del Tiempo Ordinario. Año I

Santa Inés, virgen y mártir. Memoria obligatoria, color rojo

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (5,1-10):

TODO sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad.
A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón.
Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy»; o, como dice en otro pasaje: «Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec».
Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 109,1.2.3.4

R/. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

V/. Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies». R/.

V/. Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R/.

V/. «Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, desde el seno,
antes de la aurora». R/.

V/. El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec». R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (2,18-22):

EN aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Lunes de la II semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Después de advertir a los cristianos sobre la posibilidad de no escuchar la «voz» del Señor como la generación que Moisés sacó de Egipto –lo cual haría fracasar el nuevo éxodo– el autor animó a sus destinatarios haciéndolos tomar conciencia de la fuerza liberadora y salvadora que tiene la «palabra» de Dios. Los cristianos, al dar fe a esa palabra, transmitida por Jesús, que es «un sumo sacerdote extraordinario», pueden sentirse seguros, porque él, identificado con los hombres, nos representa ante Dios y disipa todo temor garantizándonos misericordia tanto para el pasado (por el perdón) como para el futuro, con la gracia de una ayuda oportuna.
Ahora se va a extender en las calificaciones de Jesús como «sumo sacerdote extraordinario», para lo cual se valdrá de las calificaciones que debía ostentar el sumo sacerdote judío, como punto de referencia. No obstante, la realización de este ideal en Jesús desborda los moldes convencionales, desbordamiento que justifica la calificación de «sumo sacerdote extraordinario» que le ha dado.
 
Heb 5,1-10.
Se pueden apreciar claramente dos partes en esta exposición: los rasgos del sumo sacerdote judío (vv. 1-4) y los rasgos del Mesías como sumo sacerdote (vv. 5-10).
 
1. El sumo sacerdote judío.
El sacerdocio del Antiguo Testamento tiene estos principales rasgos genéricos:
• El sacerdote es el hombre de la casa de Dios, admitido de privilegio a acercarse al Altísimo (cf. Ex 28,43; 29,30; Num 18,1-7).
• Le corresponde bendecir el pueblo y a sus miembros, es decir, asegurarles del don de la vida de parte del Señor (cf. Num 6,22-27).
• Es el encargado de consultar a Dios y de hacerles conocer a los hombres las decisiones y las leyes de Dios (cf. Dt 33,8-10; Lev 10,11; Mal 2,7).
• También ejerce una función judicial y emite sentencia en los casos difíciles, en que los sencillos vecinos no tengan suficiente claridad (cf. Dt 17,8-13).
• Es el responsable de ofrecer los sacrificios de toda índole y las ofrendas que los israelitas hacen al Señor su Dios (cf. Lev 1-7, etc.).
El autor se fija de preferencia en este último rasgo, y lo refiere a la figura de Aarón.
El sumo sacerdote judío debía pertenecer a una casta, era escogido siempre «entre los hombres» como miembro de ciertas familias y tenía que ser designado públicamente, por medio de un ritual determinado, para el ejercicio de sus funciones («se le establece»). Su encargo consistía en anudar buenas relaciones entre Dios y los hombres, como representante de estos ante él; en caso de que estas relaciones se rompieran, era tarea suya reconciliar a los hombres con Dios («ofrezca dones y sacrificios por los pecados»).
Dada su condición humana, podía comprender la fragilidad ajena a partir de la propia, rodeado como está de sus propias debilidades; esto lo capacita para «ser indulgente con los ignorantes y extraviados», lo que indica que el sumo sacerdote no se erige como juez por encima de los otros, ni siquiera de los que no conozcan la Ley («ignorantes»), o de los que, de hecho, la desconozcan («extraviados»), sino que, consciente de la debilidad humana, hace uso de su potestad para llevar de nuevo a los hombres a Dios. Y no solo reconcilia al pueblo con Dios, también se reconcilia él mismo, porque también se reconoce pecador (cf. Lev 9,7; 16,6.11).
Esta dignidad no se deriva de una decisión o conquista humana, «nadie puede arrogársela», sino que es conferida por Dios, que es quien lo designa. Así sucedió con Aarón (cf. Ex 29; Lev 8). El arrogante y el ambicioso no son aceptados por el Señor para el sacerdocio (cf. Num 16-17).
 
2. El Mesías, sumo sacerdote.
El Mesías no se constituyó a sí mismo sumo sacerdote. El mismo que lo engendró como «Hijo» y lo constituyó rey es el que lo ha constituido sacerdote, pero con algunas notas características y diferenciantes con respecto del sacerdocio aaronita. Hay aspectos semejantes y otros totalmente opuestos, cosa que subraya la originalidad de este sacerdocio del Mesías:
• El sacerdocio del Mesías no pertenece a la línea aaronita, sino a la «línea de Melquisedec» (cf. Sal 110,4), que tiene la perpetuidad como característica principal. Ya en Heb 1,3 el autor había aludido al primer versículo de ese mismo salmo para referirse a la glorificación del Hijo después de haber realizado «la purificación de los pecados», y en Heb 1,13, referido a su entronización y presentación como rey, poniendo así las bases para la doctrina del mesías sacerdote y rey (antes lo presentó superior a los profetas: cf. Heb 1,1-2); esta doctrina tiene un papel importante en el sermón (cf. Heb 5,6.10; 6,10; 7,11-28; 10,12-13). Así que su otra característica es la realeza.
• «En los días de su vida mortal ofreció oraciones y súplicas a gritos y con lágrimas al que podía salvarlo de la muerte; y Dios lo escuchó, pero después de aquella gran angustia». El Mesías hizo la experiencia histórica de la debilidad humana hasta el límite, presentó oraciones y peticiones a Dios, acción propia del sacerdote, «y Dios lo escuchó», lo que indica la eficacia de sus plegarias. Sin embargo, advierte el autor, fue escuchado «después de aquella gran angustia». Esto significa que sí lo salvó de la muerte, pero no de morir. Aquí se hace alusión a la entera pasión de Jesús, a partir de su oración en el huerto de Getsemaní, donde él aceptó incluso la muerte si ese era el designio del Padre (cf. Mc 14,36, par.). Su oración deriva su eficacia del hecho de subordinarse con toda confianza al designio del Padre, fiándose como Hijo de su amor de Padre.
• «Sufriendo aprendió a obedecer». A través de la experiencia de sus límites y de la muerte misma, se perfeccionó como Hijo («aprendió a obedecer») llevando el amor más allá del límite, haciendo así real su igualdad («hijo») con el Padre al mostrar un amor sin límites, a prueba de dolor. Esta «consumación» (v. 9) lo convirtió en «causa de salvación definitiva para todos los que le obedecen a él». Así como él «obedeció» aceptando sin reservas el designio del Padre, fiándose de su amor, así también, quienes le «obedecen» a él, viviendo el amor hasta más allá del límite, se perfeccionan como «hijos» y entran en la gloria de Dios (cf. Heb 2,10), donde el Mesías reina proclamado por Dios «sumo sacerdote en la línea de Melquisedec».
 
Cuando el libro del Apocalipsis presenta a Jesús como el Cordero que puede desentrañar para la humanidad el sentido de la historia, relaciona también la pasión del Señor con la adquisición de «hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» para hacer de ellos «linaje real y sacerdotes para nuestro Dios, y serán reyes en la tierra». Esto significa que el sacerdocio del Mesías comunica a los cristianos el secreto de la historia y les confiere el señorío de Jesús sobre la misma, incluso ya en esta vida mortal («en la tierra»). El culto a Dios ensancha su horizonte (cf. Ap 5).
 
Este «sermón» pretende hacer tomar conciencia a sus oyentes no solo del cambio de sacerdocio, sino del cambio de culto y de las repercusiones que estos dos cambios tienen incluso para toda la humanidad. La ofrenda que el Mesías hace de sí mismo, confiado en el designio y en el amor del Padre, y su experiencia del dolor y de la muerte en la ignominia han de servir de inspiración, estímulo y fuerza para quienes, queriendo ser hijos de Dios y entrar en su gloria, comprenden la necesidad de «obedecer» al Mesías y al Padre para alcanzar la transformación de la historia.
 
Esa es la ofrenda de Jesús, que renovamos en la eucaristía, y que pone a prueba nuestra fe. Con el «amén» que le damos al Hijo, nos comprometemos a aprender también a ser hijos.
Feliz lunes.

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