La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (9,1-3.5-6):

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.» Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 112,1-2.3-4.5-6.7-8

R/.
 Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre

Alabad, siervos del Señor, 
alabad el nombre del Señor. 
Bendito sea el nombre del Señor, 
ahora y por siempre. R/.

De la salida del sol hasta su ocaso, 
alabado sea el nombre del Señor. 
El Señor se eleva sobre todos los pueblos, 
su gloria sobre los cielos. R/.

¿Quién como el Señor, Dios nuestro, 
que se eleva en su trono 
y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? R/.

Levanta del polvo al desvalido, 
alza de la basura al pobre, 
para sentarlo con los príncipes, 
los príncipes de su pueblo. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. 
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. 
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» 
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» 
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» 
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
22 de agosto.
Santísima Virgen María, reina.
 
Al contrario de lo que ocurre en los reinados humanos, en los cuales los hijos son de linaje real porque sus padres tienen sangre real, en el reinado del Mesías su madre es reina porque él, el Hijo, es rey. La realeza de María deriva de la de Jesús, no al revés. La dignidad real es atributo de María en razón de su condición de discípula del Señor, no en virtud de su ascendencia familiar. La realeza cristiana procede del bautismo (cf. 1Pd 2,9), que se ejerce en la tierra (cf. Ap 5,10) y en la historia (cf. Ap 20,4.6), así como en la eternidad (cf. Ap 22,5). En la tierra y en la historia, con el Hijo del Hombre; en la eternidad, con el Padre.
Esta fiesta se celebra a los ocho días de haber celebrado la Asunción de María. Y esa vinculación aclara su sentido: María recibe «la merecida corona con la que el Señor, juez justo», premia en el último día a los que anhelan su venida (cf. 2Tm 4,8), «la corona de la vida que Dios ha prometido a los que lo aman» (St 1,12). Está en función del reinado del Mesías y del Padre.
 
1. Primera lectura (Is 9,1-3.5-6).
En Israel, la pareja real la forman el rey y su madre (cf. 1Ry 2,19; 15,2; 2Ry 10,13; 12,2; 23,31.36; 24,18). El reinado del Mesías anuncia ante todo para «el pueblo», en referencia principal al «país que estaba en la angustia» (cf. Is 23), el paso del no-ser al ser, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, como una nueva creación, que contrasta un estado anterior con el que sigue. Al paso de la humillación a la honra (cf. 8,23) le sigue el contraste tinieblas-luz, para señalar luego el paso de la tristeza a la alegría y de la opresión a la liberación (incluyendo el v. 4, omitido). Todo esto incrementa la alegría de vivir, y deja atrás la aflicción. En particular, el contraste luz-tinieblas evoca el amanecer, la salida del sol, que en la mentalidad de la época y en los rituales dinásticos se comparaba a la ascensión de un rey al trono (cf. 2Sm 23,3-4; Sl 110,3) y el rey mismo al sol (cf. Sl 72,5.17). La alegría del pueblo también hace parte del ritual de entronización (cf. 1Ry 1,40; 2Ry 11,12.14), porque ha nacido el «Príncipe de la paz», que va a ocupar el trono de David para que se consoliden en el pueblo para siempre el derecho y la justicia. «El yugo del opresor» (cf. Is 10,27; 14,25) es el reinado del extranjero sobre Israel (cf. Lv 26,13; Dt 28,48), que se hace sentir por medio de sus delegatarios («dominadores»: cf. Is 14,2-6), y que será quebrantado por la obra del Señor («como el día de Madián»: cf. Jc 7-8; Is 10,24-27).
El motivo para tanta alegría y esperanza radica en que «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado». Se trata, más que de un nacimiento, del surgimiento de un nuevo rey, hijo adoptado por el Señor –elemento esencial del ritual de entronización: cf. 2Sm 7,14; Sl 2,7; 89,27-28; 110,3)– e investido por él como rey, a quien se le imponen cuatro nombres en uno –cada uno compuesto por dos sustantivos–, imposición de nombre que era usual en los rituales de coronación. Pero, si faltara un quinto nombre (a imitación del protocolo de coronación de los reyes egipcios luego del Imperio Medio) ese sería probablemente «Emanuel», lo que remitiría a Isa 7,14, en donde se anunciaba este nacimiento.
 
2. Evangelio (Lc 1,26-38).
Para ser madre del Mesías rey de Israel (y reina madre), se requiere la fe, no unas condiciones convencionales, como eran las de origen, sangre, turno, etc. Esa fe le garantiza a María la «dicha» de las bienaventuranzas (cf. Lc 6,20-23) y le asegura el cumplimiento de las promesas hechas por el Señor (cf. Lc 1,45). Esa «dicha» le será reconocida por las generaciones futuras (cf. Lc 1,48).
De hecho, el Mesías no será «heredero» del trono de David, será el Señor Dios el que le dé ese trono, y no para ser «hijo» de David, sino «Hijo del Altísimo»; David solo será su «antepasado», en virtud de la promesa hecha por Dios. Su reinado, una vez inaugurado, ya no será determinado por el tiempo, será para siempre, «no tendrá final», y será superior al de David (cf. Lc 20,41-44).
Esta realidad, por fuera de toda posibilidad humana, requiere la acción del Espíritu Santo, acción que, a su vez, requiere la fe. Al revelarse la posible acción del Espíritu Santo, el ángel le hace ver a María que «la fuerza del Altísimo» se hace efectiva a partir de esa libre cooperación humana. Por eso las acciones se presentan en tiempo futuro («bajará», «cubrirá», «el que va a nacer», «será llamado»), para dar a entender que dependen de la decisión humana. María se profesa «sierva del Señor», es decir, mujer libre y dispuesta a servir libremente al designio liberador de Dios. Desde ese momento, «el ángel la dejó» en libertad de acción, ya no necesitaba dirección para la acción, porque su adhesión al Señor y su compromiso con su designio tienen un carácter irrestricto e irreversible. Y de esa adhesión se deriva su libre acción. Esa libertad, potenciada por el Espíritu, es fruto de su participación en el señorío del Hijo del Hombre (cf. Lc 6,5).
 
 El reinado con el Mesías «en la historia» (el tiempo) y «en la tierra» (la geografía) busca crear las condiciones de igualdad y de justicia reclamadas por Juan (cf. Lc 3,4-5) y que la Virgen anunció proféticamente (cf. Lc 1,51-53). El reinado con el Padre en la eternidad se funda en la confianza que el siervo (la sierva) «administrador fiel y sensato» ha recibido de su Señor por esperarlo en el leal desempeño de su encargo, y, por eso, el Señor le confía la administración «de todos sus bienes» (cf. Lc 12,42-44). Se trata de ser partícipe de la actividad liberadora y salvadora de Dios Padre a favor de toda la humanidad secundando la obra de Jesús.
María comenzó a reinar cuando se declaró «la sierva del Señor». Porque este es un reinado de servicio, no de dominio, que libera, no esclaviza. Servir al Padre es reinar. Celebrarla como reina es afirmar su solidaridad activa con su hijo, el liberador. Ella acogió, aceptando a Jesús, el reinado de Dios, y ahora, en la gloria del Padre, administra con él, y con los santos del cielo, todos los bienes eternos como madre providente y amorosa; reina sirviéndole a la humanidad como madre.
En la mesa eucarística Jesús está con el delantal puesto y sirviéndoles a los suyos uno por uno (cf. Lc 12,37; 22,27), y así comprendemos, con él y con su madre, que en el reino de Dios reinar es servir. Comulgar con Jesús nos asocia a su obra liberadora y salvadora, como asoció a María en su vida histórica y la asocia ahora, después de ser asumida por Dios Padre.
Feliz conmemoración.

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