La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la XVIII semana del Tiempo Ordinario. Año I

Santo Domingo de Guzmán, presbítero. Memoria obligatoria, color blanco

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Números (20,1-13):

En aquellos días, la comunidad entera de los israelitas llegó al desierto de Sin el mes primero, y el pueblo se instaló en Cadés. Allí murió María y allí la enterraron. 
Faltó agua al pueblo, y se amotinaron contra Moisés y Aarón. El pueblo riñó con Moisés, diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto como nuestros hermanos, delante del Señor! ¿Por qué has traído a la comunidad del Señor a este desierto, para que muramos en él, nosotros y nuestras bestias? ¿Por qué nos has sacado de Egipto para traernos a este sitio horrible, que no tiene grano ni higueras ni viñas ni granados ni agua para beber?»
Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad y se dirigieron a la tienda del encuentro y, delante de ella, se echaron rostro en tierra. 
La gloria del Señor se les apareció, y el Señor dijo a Moisés: «Coge el bastón, reúne la asamblea, tú con tu hermano Aarón, y, en presencia de ellos, ordenad a la roca que dé agua. Sacarás agua de la roca para darles de beber a ellos y a sus bestias.»
Moisés retiró la vara de la presencia del Señor, como se lo mandaba; ayudado de Aarón, reunió la asamblea delante de la roca, y les dijo: «Escuchad, rebeldes: ¿Creéis que podemos sacaros agua de esta roca?»
Moisés alzó la mano y golpeó la roca con el bastón dos veces, y brotó agua tan abundantemente que bebió toda la gente y las bestias.
El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar.»
(Ésta es la fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor, y él les mostró su santidad.)

Palabra de Dios

Salmo

Sal 94,1-2.6-7.8-9

R/.
 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: 
«No endurezcáis vuestro corazón.»


Venid, aclamemos al Señor, 
demos vítores a la Roca que nos salva; 
entremos a su presencia dándole gracias, 
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra, 
bendiciendo al Señor, creador nuestro. 
Porque él es nuestro Dios, 
y nosotros su pueblo, 
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz: 
«No endurezcáis el corazón como en Meribá, 
como el día de Masá en el desierto; 
cuando vuestros padres me pusieron a prueba 
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,13-23):

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.
Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías. Desde entonces empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Jueves de la XVIII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Ya transcurrieron los 40 años en el desierto, y se reanuda la marcha hacia la tierra prometida. En el último tramo van a morir los tres hermanos destacados en esta gesta: María, Aarón y Moisés. Nuevamente se presenta el problema de la sed (recurrente en el desierto) siguiendo el esquema ya conocido: la pregunta del porqué del éxodo, la visión negativa del mismo («para hacer morir al pueblo») y el deseo de preferir haber muerto en vez de haber salido de Egipto. Este relato es semejante al de Exo 17,1-7, de cual se considera una reinterpretación. Se presenta como un litigio entre el pueblo y Moisés, que el Señor zanja como otras tantas veces, pero esta vez tanto Moisés como Aarón no salen bien librados.
 
Num 20,1-13. 
Reaparece el tema de la «rebelión» del pueblo tras indicar que el pueblo se instaló en Cadés, lugar cuyas características son contrarias a las de la tierra prometida (cf. Num 13,23; Deu 8,7-10; Joel 1,12; Ageo 2,19). Los israelitas llegaron a Cadés mucho antes de lo que aquí se narra (cf. Num 13,26), de lo que se deduce que el hecho aquí narrado pudo producirse al final de esa estancia. La muerte de María y su sepultura se mencionan de pasada, y antes de los acontecimientos que se van a precipitar, uno relacionado con «el pueblo» y el otro con sus hermanos. Es la primera de los tres en morir sin siquiera ver la tierra prometida; Aarón morirá después, también sin entrar en ella (cf. Num 20,22-29). Y finalmente morirá Moisés, después de haberla visto desde lejos (cf. Num 27,12-23). María, pues, será ajena a lo que sigue a continuación.
La falta de agua dio ocasión al motín del pueblo contra Moisés y Aarón, aunque la querella fue directamente contra Moisés. Se supone que ya murió la generación que se resistió a entrar en la tierra prometida (cf. Num 14,29), pero también estos sobrevivientes declaran preferible la muerte («¡ojalá hubiéramos muerto como nuestros hermanos delante del Señor!»), ya que consideran que los sacaron de Egipto para llevarlos a morir en el desierto. El reclamo se centró en el hecho de haberlos sacado de Egipto, razón a la que atribuyen encontrarse en ese desierto, y no en la tierra que les habían prometido. Parece una acusación de fraude.
Moisés y Aarón apelaron al Señor, él les manifestó su gloria y les dio instrucciones para proceder.
Primero, tomar el «bastón», seguramente el que usó para hacer las «señales» en Egipto (cf. Exo 3,2-4; 4,8-10; 14,16; 17,5-6), lo cual relacionaría este hecho con la gesta liberadora. Opinan otros que se trata de la «vara» de Aarón, puesta como «signo contra los rebeldes» (cf. Num 17,16-26).
Segundo, reunir la asamblea y hablarle a la roca ante ella, para que la roca diera agua. Quizás la intención es mostrar que la roca hará más caso a la palabra de Moisés que el pueblo. La palabra de Moisés y Aarón sería suficiente para que la roca diera agua en abundancia para todos.
Las acciones emprendidas por Moisés no son exactamente las mismas indicadas por el Señor:
Moisés tomo el bastón, «como se le mandó», y él y su hermano reunieron la asamblea delante de la roca; pero ellos se dirigieron en tono de reproche a la asamblea, Moisés «levantó la mano» (cf. Num 33,3; Exo 14,8; 17,11) y con el bastón golpeó (cf. Exo 8,12-13) la roca por dos veces. Son tres las acciones que no corresponden a las instrucciones recibidas: hablarle a la asamblea –en vez de a la roca–, alzar la mano (gesto de victoria contra los paganos), y golpear la roca con el bastón (signo contra los paganos). La pregunta hecha a la asamblea fue improcedente, porque el agua iba a brotar independientemente de que la asamblea lo creyera posible o no, porque el Señor quería así mostrar su santidad. El gesto de levantar la mano fue un alarde de triunfo personal de Moisés que oscureció la intervención del Señor, y la acción de golpear repetidamente la roca fue innecesaria, porque bastaba solamente la palabra para que el agua brotara. El Señor esperaba que Moisés y Aarón le creyeran y reconocieran su santidad en presencia de los israelitas manifestando una vez más su señorío sobre la naturaleza –como antes lo hizo con el mar–, y mostrando que él podía poner esa naturaleza al servicio de su designio liberador y salvador.
El agua brotó en suficiente abundancia, pero el Señor le hizo dos reproches a Moisés: no haberle creído y no haber reconocido su santidad ante el pueblo. El primero se entiende a partir de las acciones realizadas, que no correspondieron a sus indicaciones. El segundo, a partir de lo que el Señor les ordenó hacer: mostrar que él tiene dominio sobre la naturaleza y que esta le obedece. Por esas razones se explica que Moisés y Aarón no harán entrar al pueblo en la tierra prometida, por no hacerle caso al Señor y por no mostrar que él es «santo» (distinto de los dioses paganos). Ese lugar se llama Meribá (de la raíz רִיב: disputar, pelear, pleitear), porque los israelitas pleitearon con el Señor, y él les mostró su santidad haciendo posible lo que ellos consideraban imposible, y dando testimonio de que no los sacó de Egipto para hacerlos morir, sino para hacerlos libres y conducirlos seguros a la «tierra que mana leche y miel».
 
Muchas veces el afán de subsistencia de los individuos y de los pueblos los lleva a carearse con Dios, o con la idea que ellos tienen de él. Consideran inadmisible –y en eso tienen razón– que a Dios no le importe la insatisfacción de las necesidades básicas de individuos, grupos y pueblos. El rol de los líderes, puestos por el Señor al frente del pueblo, es decisivo en esta circunstancia. Hay que seguir las instrucciones del Señor en vez hacerle reproches al pueblo: enarbolar ante la asamblea el signo legítimo de la autoridad conferida por el Señor («el bastón»), pero no con el fin de «golpear», sino para que conste que la acción es iniciativa suya; apoyarse solo en la palabra del Señor, que si ejerce señorío sobre la naturaleza con mayor razón puede ser escuchada por los hombres; y mostrar así que el Señor es distinto de los ídolos inertes que legitiman la injusticia.
Este mensaje es urgido con mayor fuerza por la buena noticia de Jesús, y exigido de modo más apremiante por el sacramento de la eucaristía. Por la palabra del Señor, el pan ordinario llega a ser pan de vida eterna, y, por la misma palabra, nos configuramos con él por la fe para declarar su santidad ante los demás, mostrando que la vida de los hombres no solo le importa al Padre de Jesús, sino que procede de él y es él quien la alienta y alimenta, porque quiere que nosotros la poseamos en plenitud. «Santificamos» el nombre del Padre mostrándolo como el Dios de la vida. 
Feliz jueves

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