La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Basílica Menor del Señor de los Milagros, San Benito Abad.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año I

Color litúrgico, verde

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Proverbios 2,1-9: 

Hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejos, prestando oído a la sensatez y prestando atención a la prudencia; si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia; si la procuras como el dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios. Porque es el Señor quien da sensatez, de su boca proceden saber e inteligencia. Él atesora acierto para los hombres rectos, es escudo para el de conducta intachable, custodia la senda del deber, la rectitud y los buenos senderos. Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la rectitud y toda obra buena.

Salmo

Sal 33,2-3.4.6.9.12.14-15

R/. Bendigo al Señor en todo momento

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará. R/.

Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él.
Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor. R/.

Guarda tu lengua del mal,
tus labios de la falsedad;
apártate del mal, obra el bien,
busca la paz y corre tras ella. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo 19,27-29:

En aquel tiempo, dijo Pedro a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»
Jesús les dijo: «Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.»


La reflexión del padre Adalberto

Jueves de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
José determinó quedarse con Simeón en rehén mientras sus hermanos iban y regresaban con su hermano de madre, Benjamín. Luego, ordenó que en cada saco les metieran el pago que habían dado. Cuando ellos se dieron cuenta, se asustaron, y al llegar a casa le refirieron todo a su padre. Cuando terminaron las provisiones y su padre los envió a comprar más, le dijeron que «el señor del país» les puso como condición llevar a Benjamín. El explicable conflicto familiar se resolvió cuando Judá salió de fiador. Llegaron temerosos a Egipto, pero encontraron benevolencia en la casa de José, y recuperaron a Simeón. José hizo esfuerzos por controlar sus emociones cuando vio a Benjamín. Comieron y bebieron en abundancia. De nuevo dio José instrucciones de poner el dinero en los sacos, pero mandó poner su copa en el saco de Benjamín. Después de partir, los alcanzaron y los requisaron, y al encontrar la copa los regresaron a la ciudad a enfrentar la culpa alegando su inocencia (cf. Gen 42,24b-44,17).
 
Gen 44,18-21.23b-29; 45,1-5.
José somete a sus hermanos a la última prueba, la que parece tener las más graves consecuencias. Ahora se trata de una suposición de robo cuyas implicaciones legales eran tan fatales que harán desesperar de dolor a todos los hermanos. El hecho de que se trate de la copa que supuestamente usaba José para adivinar queda explicado a los ojos del lector, porque este sabe que José no ha adivinado sino urdido los hechos, pero le añade patetismo al asunto, porque los hermanos no lo saben y, convencido de su inocencia, han proferido graves presagios (cf. Gen 44,9).
Escuchar que Benjamín quedaba como esclavo no solo generó el desconcierto por no cumplir la promesa que le hicieron a su padre, sino que se revivió el drama de José reducido a la esclavitud en Egipto. Sin embargo, su reacción fue solidaria. A pesar de lo convenido con el mayordomo de José (cf. Gen 44,10), «cargó cada uno su asno y volvieron a la ciudad» (Gen 44,11). Con el fin de poner a prueba esa solidaridad, José no aceptó la culpa colectiva y manifestó la intención de quedarse solo con Benjamín como esclavo.
Judá asumió la vocería del grupo y expuso el caso. Sus palabras se consideran una bien lograda pieza de la literatura antigua, hermosa y emotiva. El lenguaje es correcto, aunque inculto, rasgo que no remite a consideraciones cortesanas. La primera parte presenta los argumentos de lo que Judá iba a proponer, argumentos que brotaban del sentimiento y pretendían la empatía de José. En el centro del interés están un padre anciano y su amado hijo menor, situación paralela a la de Jacob cuando sus hermanos desaparecieron a José.
Recordó el interrogatorio de José en el cual ellos le contaron pormenores de su familia y los temores que abrigaban con respecto de la vida de su padre y de su hermano menor. Explicó las reticencias del padre para dejar salir de casa a Benjamín, mencionando que era el único de los dos hijos de Raquel, porque su padre suponía que al otro (José) lo había descuartizado una fiera. No podían sumarle más tormentos al padre, porque lo matarían. Así que Judá hace efectiva ante él la fianza contraída ante su padre: se queda como esclavo en lugar de su hermano, justamente lo contrario de lo que hicieron ellos con José. Al aceptar la culpa colectiva (cf. Gn 42,21; 44,16), y al ofrecerse a responder en nombre de sus hermanos, Judá rehízo positivamente la solidaridad familiar, que se había deshecho cuando detestaron y vendieron a José. No se declararon culpables de robo, pero sí se reconocieron culpables ante Dios por la suerte de su hermano.
Ese era el momento para darse a conocer. José ordenó evacuar su corte y se quedó solo con sus hermanos para revelarles su identidad. Al parecer, el relato a estas alturas trata de hacer concordar sin éxito dos tradiciones de la misma historia. José se revela dos veces (cf. Gen 45,3.4), revelación dificultosamente armonizada en el relato, aunque resulte plausible que los hermanos se quedaran atónitos ante esa afirmación, y que él tratara de tranquilizarlos, ante su temor de que José quisiera vengarse. La pregunta de José («¿vive todavía mi padre?») parece no tener en cuenta el discurso de Judá. El intenso llanto de José, aunque sea parte del componente fuertemente emocional de esta historia, sirve más explicar cómo se enteró el Faraón de lo que había acontecido en la casa de su visir. Este hecho muestra que esta historia fue contada muchas veces entre los herederos de Jacob y de José, y que, en el momento de editarlas en una sola, el redactor se vio en apuros. Los énfasis de cada narración varían, como es natural, aunque la historia en sí es una misma.
Pero lo más llamativo es la explicación teológica de los hechos. Les descubre la acción de Dios a pesar de la traición de ellos, y muestra el aspecto previsor y salvador de Dios. Si bien sus hermanos lo habían vendido como esclavo, en realidad, el fue enviado por Dios a Egipto. Y resulta claro que esta explicación anticipa la realidad del éxodo y su razón de ser. En el relato se destaca la providencia de Dios en todo momento. Fue él quien lo constituyó ministro del Faraón, señor de toda su corte y gobernador de Egipto. Y será él quien provea lo del ingreso de Jacob y su familia a Egipto (cf. Gn 45,5-8, omitido).
 
Regresa a la memoria el refrán popular que dice que «Dios escribe recto sobre líneas torcidas». La culpa mantenida oculta por los hijos de Jacob sale a flote no para condenarlos, sino para que se vean libres de la misma. La pedagogía divina actúa a través de la actividad de José, que da (les devuelve el dinero) y les exige (los lleva a admitir esa culpa). El desconcierto de los hermanos consiste en que no pueden disfrutar plenamente del don hasta tanto no hayan admitido su culpa. La admisión de su culpa, que supone el arrepentimiento por su pecado, abre la posibilidad de un perdón generoso y pacificador. Nadie resulta humillado, todos se ven beneficiados.
Esto va más allá del reclamo de «verdad, justicia y reparación» que esgrime el derecho de gentes para zanjar los conflictos entre conciudadanos. Y, claro, llega menos lejos que el perdón del que habla Jesús a sus discípulos: «Den y se les dará: ustedes recibirán una medida generosa, apretada, remecida, rebosante» (Lc 6,38). El perdón es subversivo, porque revoluciona el «orden» que se establece sobre las diversas versiones camufladas de la ley del talión.
Comer de la mesa de Jesús, y estar dispuesto a dar lo mejor de nosotros mismos «para el perdón de los pecados» es una misma cosa. Es inconcebible la comunión eucarística sin disposición de perdón. A la eucaristía se llega perdonado, y de ella se sale siempre dispuesto a perdonar.
Feliz jueves eucarístico y vocacional.
 

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