La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la VII semana de Pascua

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (22,30;23,6-11):

En aquellos días, queriendo el tribuno poner en claro de qué acusaban a Pablo los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno, bajó a Pablo y lo presentó ante ellos.
Pablo sabía que una parte del Sanedrín eran fariseos y otra saduceos y gritó: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, y me juzgan porque espero la resurrección de los muertos.» 
Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, mientras que los fariseos admiten todo esto.) Se armó un griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando: «No encontramos ningún delito en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?» 
El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.
La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 15

R/.
 Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (17,20-26):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí. Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos.» 

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Jueves de la VII semana de Pascua
 
1. Desenlace de los planes de Pablo.
• Suspicacia de los judeocristianos en su contra.
• Retorno de Pablo al judaísmo fariseo.
• Ocultación de su condición de discípulo de Jesús.
2. Final de la oración de Jesús.
• Petición de Jesús por sus discípulos del futuro: la unidad-identificación, según el modelo de la que se da entre él y el Padre, es sello inconfundible del designio divino.
• La fe del mundo (la humanidad) en él como enviado de Dios, y en el amor del Padre: fruto de esa unidad-identificación de los discípulos en el Espíritu («gloria»).
• Conclusión: pide al Padre, que es justo y que hace justo al hombre, que les dé a sus discípulos la experiencia de su amor como se la ha dado a él.
 
1. Primera lectura (Hch 22,30; 23,6-11).
Llegamos al nudo de la cuestión. Lucas plantea la ida de Pablo a Jerusalén en paralelo antitético con la subida de Jesús a esa misma ciudad. Jesús hizo tres avisos de que iba a padecer en manos de sus enemigos, porque así cumplía él el designio del Padre, que consiste en entregarse para dar testimonio del amor divino (cf. Lc 9,22.44s; 18,31-33); Pablo, en cambio, recibió tres avisos de parte del Espíritu Santo para que no subiera a Jerusalén, porque eso no correspondía al designio de Dios (cf. Hch 20,23; 21,4.10s). No obstante, él subió, y al llegar a esa ciudad fue recibido con cierta displicencia, debido a su predicación algo distante de la Ley. Santiago y los responsables de la iglesia local («presbíteros») le informaron que había muchos creyentes entre los judíos, pero que todos seguían siendo fervientes partidarios de la Ley; al mismo tiempo le advirtieron que todos estaban informados de que Pablo –según decían los judíos en el extranjero– enseñaba a los judíos a renegar de Moisés y de la Ley, diciendo que no se circuncidaran ni circuncidaran a sus hijos, ni observaran las tradiciones heredadas de los mayores. Se percibe la amenaza de que todos se iban a enterar de eso apenas se supiera que él estaba en Jerusalén. Así que le propusieron aparecer como judío observante apadrinando a unos judíos que iban a hacer voto de nazireato y que pagara los costos del voto. Pablo se quebrantó, cedió a la tentación y desvió el dinero de la colecta que había hecho para los pobres de la Iglesia de Jerusalén destinándolo al costoso ritual de purificación en el templo. Pero esto no arrojó el resultado esperado. Apenas lo identificaron en el templo, lo acusaron de haber introducido paganos a ese lugar, cosa que no era cierta, aunque él hubiera andado en compañía de extranjeros (cristianos) en la ciudad. Lo arrestaron y llevaron a un cuartel, donde él se declaró vecino de Tarso y judío, y solicitó permiso para hablarles a los judíos, hacer su «defensa» (contra lo indicado por Jesús: cf. Lc 12,11; 21,14). Primero se declaró judío, narró su conversión, y después se declaró judío y fariseo, y reclamó que lo juzgaran como fariseo. Él quería lograr la conversión masiva de los judíos, que Jesús no había logrado, pero la verdad es que se mostró muy inferior al maestro: primero imitó la arrogancia de Pedro, y luego renegó de su condición de cristiano. Y así como la triple negación de Pedro recibió en respuesta la mirada compasiva del Señor (cf. Lc 22,61-62), a la triple negación de Pablo acude el Señor en su ayuda animándolo, para que declare en Roma lo mismo que declaró en Jerusalén: el mandato que le dio de dirigirse a los paganos (cf. Hch 22,17-18.21).
 
2. Evangelio (Jn 17,20-26).
Seguro de que su obra perdurará, Jesús pide enseguida por sus futuros discípulos, los que le van a dar su adhesión a él a través del mensaje de los discípulos. Y aquí se observa una clave de esa continuación: la apropiación del mensaje. No se puede prolongar la obra de Jesús sin apropiarse del mensaje que él transmite.
• Originalmente, el mensaje es del Padre (cf. Jn 6,7).
• Jesús se lo apropia encarnándolo («mi mensaje»: Jn 14,23) para transmitirlo.
• Los discípulos lo proponen como suyo («su mensaje»: Jn 17,20).
Es una experiencia que se transmite con la identificación del testigo. No una simple doctrina que se aprende y luego se enseña.
La unidad en el amor es presencia viva de la gloria del Padre y del Hijo (que es el Espíritu), y es a la vez novedad en el mundo y alternativa de vida y de convivencia feliz para la humanidad. Solo así se puede estar en unión con ellos. Y esa es la prueba de la misión divina de Jesús.
La «gloria» (el Espíritu Santo) que él recibe del Padre (cf. Jn 1,14) lo hace uno con el Padre; esa misma gloria, al perfeccionar la unidad entre los discípulos, sirve para que el mundo conozca no solamente la misión divina de Jesús, sino el amor del Padre a Jesús y a los discípulos. La gloria y el amor se intercambian porque son una misma realidad. El Espíritu manifiesta la gloria de Dios infundiendo el amor en el corazón de los discípulos y haciéndolos capaces de amar como Jesús.
Finalmente, la oración concluye con la formulación de su deseo con la libertad propia del Hijo. «Estar con él» denota que hereden con él la misma condición de hijos; «contemplar su gloria» es experimentar su amor y amar como él. Así ellos podrán ser presencia suya en el mundo a favor de la humanidad de todos los tiempos.
 
La evangelización pretende unir en un solo pueblo de Dios a todas las naciones de la tierra. Esta unidad se logra por la manifestación de la gloria de Dios, que se da en la vida, en la obra y en el mensaje de Jesús, y que se prolonga por los discípulos que viven el mandamiento nuevo a fin de que todos conozcan lo que significa ser discípulo de Jesús (cf. Jn 13,31-32.34-35). No se trata de un burdo proselitismo para ganar adeptos a cualquier precio, incluso al precio de renunciar a la propia identidad como discípulo del Señor, diluyéndose en un sincretismo complaciente.
La comunidad cristiana será el nuevo santuario, y ella es responsable de que se realice el designio de Dios a lo largo de la historia y en lo ancho de la tierra. Los discípulos han de dar testimonio de un Dios que es don generoso y total de sí mismo, para hacerlo creíble.
En la celebración de la eucaristía cada comunidad de discípulos experimenta vivamente ese don y se compromete con libertad y alegría a prolongarlo incesantemente en el espacio y en el tiempo.
Feliz jueves eucarístico y vocacional.

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