La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la Octava de Pascua

San Marcos, evangelista.

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,11-26):

EN aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos.
Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente:
«Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios Jo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros.
Ahora bien, hermanos, sé que Jo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas.
Moisés dijo: “El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Dios resucitó a su Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos a cada uno de vuestras maldades».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 8,2a.5.6-7.8-9

R/. Señor, dueño nuestro
¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!

Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R/.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies. R/.

Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R/.

Secuencia
(Opcional)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48):

EN aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo:
«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tenéis ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Jueves de la octava de Pascua.

 
La misión cristiana es consecuencia del encuentro con el Señor resucitado, y consiste en ser sus testigos personales ante otras personas y ante el «mundo». El misionero no es un publicista o un propagandista, es un testigo. Su objetivo principal no es convencer, sino vivir, dar testimonio de lo que lo convence. Pero esta misión encuentra obstáculos interiores, ante todo, y externos. Son menos perceptibles los primeros, pero suelen frenar más fuertemente la misión.
Los discípulos no estaban dispuestos a creer que la vida fuera más fuerte de la muerte, y tampoco a aceptar al Señor resucitado. Por eso, después del encuentro con él, subsistían sus resistencias interiores, porque el Señor no anula la libertad humana, sino que la potencia en quienes lo acogen como Mesías entregado a realizar el designio de Dios y cumplir su promesa.
 
1. Primera lectura (Hch 3,11-26).
El hecho de haber levantado al «cojo» (χωλός) provoca afluencia de gente que quiere hallarle una explicación al hecho. Pedro comienza por explicar que lo que tanto les extraña no se debe ni a la «fuerza» (δύναμις), ni a la «piedad» (εὐσέβεια) de él y de Juan. Y aprovecha para formular una denuncia y hacer una exhortación.
1.1. Denuncia.
Los responsabiliza por su complicidad con los asesinos de Jesús. Los compara con Judas, al decir que ellos lo traicionaron (cf. Lc 22,4.6.21-22.48); con él mismo, porque renegaron de él (cf. Lc 22,57.61); con los sumos sacerdotes dirigentes del pueblo, porque pidieron el indulto de Barrabás y la crucifixión de Jesús (cf. Lc 22.13-25). En resumen, mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó. Es decir, rechazaron el cumplimiento de la promesa, pero Dios la mantuvo. Insiste en que los apóstoles son testigos de la resurrección –no del resucitado–, es decir, testigos del hecho, no de la persona. Pero declara que es la fe en Jesús la que ha restaurado al hombre que era «cojo». La franqueza de su denuncia contrasta con la ambigüedad de su testimonio.
1.2. Exhortación.
Como para captar a favor suyo la benevolencia del auditorio, Pedro trata de disculpar al pueblo y a sus dirigentes aduciendo ignorancia de su parte, pero al precio de afirmar que la muerte de Jesús obedece a un inevitable designio divino. El llamado al pueblo a enmendarse (μετανοήσατε) y a convertirse (ἐπιστρέψατε) permitirá que Dios les perdone los pecados que él les ha echado en cara, y que les renueve la oportunidad desperdiciada, enviándoles otra vez al Mesías, retenido en el cielo hasta la restauración total de Israel, cosa que Jesús había descartado (cf. Hch 1,6). Con las citas bíblicas que aduce, presenta a Jesús como «el Profeta» semejante a Moisés (cf. Dt 18,15-20) y afirma que la promesa es la que Dios hizo a Abraham para Israel (cf. Gn 22,18). De nuevo pierde de vista la misión universal que Jesús les encargó (cf. Lc 24,47; Hch 1,8). El empeño por ganarse a Israel para su causa lo induce a hacer concesiones que Jesús nunca hizo.
 
2. Evangelio (Lc 24,35-48).
El testimonio misionero también conduce al encuentro con el Señor resucitado. Jesús se hace presente en medio del grupo, es decir, se constituye en el centro de quien fluye el Espíritu Santo y alrededor del cual gira la vida de los suyos. Su saludo de paz no logra disipar las dudas de ellos. La reacción del grupo es de susto y pavor. Prefieren suponer que ven un fantasma (una creencia supersticiosa) antes que dar fe al Señor resucitado. Esa creencia hace persistir sus dudas.
Jesús objeta esos temores mostrándoles sus manos y sus pies. Estos lo relacionan con su muerte histórica; sin duda, es él en persona. Sus manos que tanto bien hicieron, y que otros pretendieron detener clavándolas a la cruz de la infamia, siguen libres; los pies que mostraron el camino del nuevo éxodo, y que otros quisieron frustrar clavándolos en la cruz de la ignominia, siguen libres. Hay libertad para amar y para recorrer el camino de la vida hacia la propia plenitud. Para que vean que la resurrección no anula la condición humana, Jesús los invita a reconocer («palpar») su humanidad («carne y hueso»). Ellos, ahora por alegría y asombro, se desconciertan; así que Jesús se ofrece a comer con ellos. Lo que le ofrecen («pescado asado») combina dos símbolos: la misión cristiana («pescado»: cf. Lc 5,10) y la pascua («asado»: cf. Ex 12,18). La verdadera pascua es la que realiza la misión cristiana, de la cual la eucaristía es punto de llegada y de partida.
Y sigue el mandato misionero. Primero les recuerda sus palabras en su condición de hombre histórico («cuando yo estaba todavía con ustedes»): que tenía que cumplirse todo lo escrito acerca de él. Esa precisión («acerca de mí») es definitiva. Esto es lo que les abre el entendimiento para entender las Escrituras y realizar la misión universal. Sin esa nueva comprensión de las Escrituras, la misión se limitará a una propuesta doctrinal. Por eso les resume lo escrito acerca de él: su cruz, su resurrección, y la nueva oferta de perdón («en su nombre»). La misión consiste en ser testigos suyos; comienza por Jerusalén y se extiende a todas las naciones. Para realizarla, ellos tendrán la «promesa» del Padre, la «fuerza» de lo alto (el Espíritu Santo: cf. Lc 24,49) para que se sientan capaces de superar las barreras de lo posible (cf. Lc 1,35).
 
El hecho de que el discípulo no sea proselitista no significa que su testimonio sea irrelevante. La efectividad de la misión, es decir, el mayor impacto del testimonio, se verifica cuando el testigo se identifica con Jesús, y en la medida en que lo hace. Identificarse por una doctrina, por unas costumbres, o por una cultura, es distinto de identificarse con la persona de Jesús. Las ideas, las culturas, las costumbres, no infunden el Espíritu de Jesús, la Fuerza de lo alto, que no se da para forzar a nadie, sino para capacitar al testigo. En la eucaristía comprobamos eso. Si se recibe el sacramento con ideas de tipo mágico o supersticioso, este no produce efecto. Si se recibe con la firme y gozosa adhesión de fe a Jesús, va transformando la propia vida.
Feliz jueves de Pascua.

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