La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la II semana del Tiempo Ordinario. Año I

San Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia. Memoria obligatoria, color blanco

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (7,25–8,6):

HERMANOS:
Jesús puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.
Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre.
En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer.
Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley.
Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda:
«Mira», le dijo Dios, «te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña».
Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 39,7-8a.8b-9.10.17

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

V/. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.

V/. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

V/. He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

V/. Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean tu salvación. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,7-12):

EN aquel tiempo, Jesús se retirá con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

 

Jueves de la II semana del Tiempo Ordinario. Año I.

A lo antes dicho respecto de la ineficacia del sacerdocio «de la línea de Aarón» confrontado con el sacerdocio «en la línea de Melquisedec» (cf. Heb 7,11), el predicador añade otra diferencia que pondera la calidad del segundo: este fue establecido con garantía de juramento, en tanto que el primero no fue avalado de esa forma. Esto es «señal de que él, Jesús, es garante de una alianza más valiosa». Esta es la primera afirmación que hace de la superioridad del nuevo sacerdocio en relación con el antiguo (Hb 7,20-22, omitidos).
A continuación, anota los otros dos títulos de superioridad (vv. 23-28) antes de abordar lo que él considera «el punto capital» de su exposición.
Dicho «punto capital» afronta honradamente otro interrogante: dado que Jesús glorificado está a la diestra de Dios en los cielos (cf. 1,3: «a la derecha de su majestad en las alturas»), de acuerdo con lo que pregona el salmo (110,1: «siéntate a mi derecha…»), es preciso explicar de qué forma puede él ejercer su sacerdocio en favor de los hombres que están en la tierra.

Heb 7,25–8,6.
La segunda nota de superioridad del nuevo sacerdocio «en la línea de Melquisedec» consiste en el contraste entre la muchedumbre de sacerdotes que exigían las condiciones del sacerdocio «en la línea de Aarón» –puesto que su oficio cesaba con la muerte– y la condición de Jesús glorioso, quien permanece para siempre, y por eso tiene un sacerdocio «exclusivo», que elimina la urgencia de sustitutos planteada por la muerte, y le permite «salvar hasta el final» a todos lo que por medio de él se van acercando a Dios, ya que, por estar siempre vivo, está siempre disponible e intercede continuamente por ellos. Esta intercesión se entiende como el modo de proceder que quien está plenamente acreditado –pues «tiene la confianza del que lo nombró» (Heb 3,2)– para intervenir en favor de aquellos que están a su cargo. Su intercesión privilegiada se funda en su entronización para siempre a la diestra de Dios (vv. 23-25).
La tercera nota de superioridad del nuevo sacerdocio (tres es una totalidad homogénea) consiste en la unicidad de su sacrificio. Es «único» en el sentido de «excelente», y en el sentido de que es «irrepetible». En efecto, el «sacrificio» de Jesús es la entrega de sí mismo para realizar del designio de Dios. Esto es lo que «consagra» verdaderamente al hombre. «Sacrificio» significa eso, «hacer sagrado», «consagrar». El acento está puesto en el don de sí mismo, más que en las consecuencias de dicha donación (rechazo, exclusión, muerte). Esa entrega de sí mismo se concreta en su vida de rectitud personal («santo, inocente, sin mancha») y en su distancia respecto de la injusticia de la sociedad («separado de los pecadores»). Este «sacrificio», específicamente, suprime el pecado. No es el caso de Jesús (cf. Heb 4,15), pero es el de toda la humanidad. Los antiguos sacerdotes eran «hombres débiles», en tanto que el Hijo de Dios es el hombre realizado de por vida.
El ejercicio del sacerdocio del Mesías, «en la línea de Melquisedec», implica un culto nuevo, pues el culto antiguo es insuficiente. De esa insuficiencia va a tratar el autor a continuación, y advierte que así hemos llegado al meollo de la cuestión.
En desarrollo de ese «punto capital» se fija el autor en estos asuntos: el ámbito en donde se debe desarrollar el culto (la tierra, o el cielo), el lugar santo (el santuario y el tabernáculo), el sacrificio (la víctima ofrecida) y la alianza a la que pertenece este sacerdocio «en la línea de Melquisedec».
Puesto que el Mesías es un sumo sacerdote «que en el cielo se sentó a la derecha del trono de la Majestad» (cf. Heb 1,3), se supone que ese es el ámbito en donde ejerce su sacerdocio y presenta su culto; y, dado que está en el cielo, entonces se deduce que él está oficiando «como celebrante del santuario y del tabernáculo verdaderos, erigido por el Señor, no por hombres». La exclusión de «mano humana» entraña la pertenencia al mundo celestial. Así que el ámbito y el lugar santo en donde el Mesías ejerce su sacerdocio no son «de este mundo creado» (cf. Heb 9,11.24).
Lo mismo hay que decir de los «dones y sacrificios» que se supone tiene de ofrecer todo sumo sacerdote. Al referirse al hipotético culto terrestre, el autor no profiere nombre o título alguno para referirse la persona de la que habla; apenas usa el pronombre «él». Parte de una especie de principio general: «a todo sumo sacerdote se le nombra para que ofrezca dones y sacrificios». Al aplicarlo, admite que «él» debía tener algo que ofrecer. Pero si «él» estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, porque ni él ni su ofrenda se ajustan al sacerdocio antiguo, que se rige por la Ley. Sin embargo, el culto antiguo es apenas «un esbozo (ὑπόδειγμα) y sombra (σκιά) de lo celeste», ya que el modelo en el que se basa está en el cielo. Así consta en las instrucciones que le dio Dios a Moisés al ir a construir el tabernáculo: «Ten cuidado de hacerlo todo conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte» (Ex 25,40). La formulación del autor entraña cierta complejidad. En una perspectiva estática, las realidades terrestres, anteriores y más perfectas, sirven de modelo a sus reproducciones terrestres (cf. Heb 9,24); en una perspectiva dinámica, el «esbozo» terrestre se encamina a su posterior realización definitiva en el cielo (cf. Heb 10,1).
El cambio de sacerdocio y de culto, con la correspondiente invalidación de la Ley, abre paso al planteamiento de la validez de la alianza la nueva alianza, y, por consiguiente, a la nueva relación entre Dios y la humanidad. Solo así las relaciones entre Dios y los hombres se establecerán sobre mejores bases (cf. Heb 7,12.18-19).

El sacerdocio celeste del Mesías sentado a la diestra de la Majestad en las alturas corresponde al nuevo sacerdocio, «en la línea de Melquisedec», que es perpetuo y establecido con juramento de parte de Dios (cf. Heb 7,17.20-21). Este sacerdocio tiene la capacidad de «salvar» (cf. Heb 7,25), es decir, comunicar vida eterna. A este sacerdocio le corresponde «una liturgia muy diferente» a la del sacerdocio aaronita; la «liturgia» aaronita era ceremonial y ritual, la «liturgia» del Mesías es existencial y vital, es decir, el Mesías le da culto a Dios con su vida entregada por amor, y esa es la ofrenda (o «sacrificio») que él hace, la donación de sí mismo para dar vida («salvar») a otros.
Los seguidores del Mesías que entregaron su vida por la causa del reinado de Dios, reivindicados ahora por no haberse dejado amedrentar por las amenazas del poder asesino, los que fueron muertos y están con vida –como el Cordero que fue degollado pero sigue en pie (cf. Ap 5,6)–, ellos, que dieron testimonio de Jesús, ya antes de la segunda resurrección «tuvieron vida y fueron reyes con el Mesías », y también fueron «sacerdotes de Dios y del Mesías», es decir, participan de la gloria del resucitado y son elegidos intercesores que actúan en favor de la sociedad humana en «la primera resurrección», o sea, antes de la resurrección general se hace sentir la presencia activa de ellos desde el cielo con el Mesías en la historia (cf. Ap 20,4-6).
Las celebraciones de la fe nos estimulan a vivir nuestro sacerdocio bautismal en la historia para prepararnos a vivir después nuestro sacerdocio de resucitados con el Mesías en el cielo.
Feliz jueves eucarístico y vocacional.

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