La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Solemnidad de Jesucristo, rey del universo

Color blanco

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (7,13-14):

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 92,1ab.1c-2.5

R/. El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (1,5-8):

Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.»

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, rey del universo.
Como ha sucedido antes, que en este ciclo se toman lecturas del evangelio de Juan para algunos domingos, a falta de una exposición extensa sobre la realeza de Jesús en el texto de Marcos, hoy se toma un texto del evangelio de Juan para la celebración de esta solemnidad en este ciclo.
La realeza de Jesús –en el evangelio de Marcos– está insinuada en la escena del bautismo (cf. Mc 1,11), en la autoridad soberana que él demuestra tener en la tierra (cf. Mc 2,10) y en el anuncio de la venida del Hijo del Hombre (cf. Mc 13,26; 14,62), y afirmada en la cruz (cf. Mc 15,26). Pero, al mismo tiempo, está contrastada con las expectativas de sus discípulos (cf. Mc 10,37), con las enseñanzas de los letrados (cf. Mc 12,35) y con los temores del gobernador romano (cf. Mc 15,2).
Jn 18,33b-37.
En este breve texto se puede observar la confrontación entre el gobernador Pilato, representante del César, y Jesús, el Hijo de Dios. En el fondo, se contraponen dos maneras de regir: la propia del «mundo» y la propia de Dios. Y, en concreto, se pueden apreciar aquí la realeza, el reinado y el reino de Jesús en contraste con los regímenes de este mundo.
Hay que advertir que esos tres conceptos (realeza, reinado y reino) se expresan en griego con un mismo término (βασιλεία), y que su traducción depende del contexto.
1. La realeza de Jesús.
«Realeza» es la dignidad real, la condición de rey. En política, esta dignidad es hereditaria, según los vínculos de la sangre; por eso se habla de «sangre real». Además, existe un protocolo por el cual se determina quién de los de sangre real ocupa el trono.
La posible dignidad real de Jesús preocupa al gobernador romano. Los dirigentes judíos, ansiosos por eliminar a Jesús, lo acusan de haberse declarado rey para presionar al gobernador a ejecutarlo. El gobernador se refugia en la casa y allí interroga a Jesús respecto de la acusación, y Jesús intenta que el gobernador discierna entre su propio parecer y lo que le dicen los dirigentes judíos. Pero Pilato se niega a reconocer que lo están presionando, aunque acepta la acusación de los dirigentes y del pueblo, e interroga a Jesús en relación con dicha acusación. En realidad, a Pilato no parecen interesarle las pretensiones reales de Jesús, sino sus acciones, y lo que estas puedan significar en relación con el gobierno del César que él representa. Por eso le pregunta: «¿Qué has hecho?».
La actividad de Jesús no le interesa al gobernador en sí misma, sino en cuanto pueda afectar la gobernabilidad del imperio en la región por la cual él debe responder. Por eso Jesús no le habla de su actividad liberadora y salvadora, porque al gobernador eso no le importa.
Su respuesta es clara: su condición de rey (su «realeza») no es «de este mundo», es decir, no tiene origen en la carne ni en la sangre (cf. Jn 6,48; 7,27.40-42). De hecho, él, como rey, no recurre a los medios que usan los reyes del «mundo» para hacer prevalecer y reconocer su realeza; carece de ejército. Al gobernador lo angustia una posible sedición, porque pone en peligro su cargo. La respuesta de Jesús debía desvirtuar la acusación contra él y resolver la duda del gobernador.
2. El reinado de Jesús.
«Reinado» es el ejercicio de la realeza, el gobierno del rey. En política, este ejercicio implica que se reconozca al rey como tal y se acepte su mando. En apoyo del rey está un ejército, que acata sus órdenes y defiende su legitimidad.
El reinado de Jesús –a diferencia del que representa y defiende el gobernador– ni se impone, ni se sostiene, ni se defiende con violencia. Los reinos de «este mundo» se apoyan en sus «propios guardias», es decir, en los cuerpos armados que los mantienen vigentes y los defienden tanto de los pretendientes internos al trono como de los invasores provenientes de fuera. Ninguno de los reinos del «mundo» es ajeno a este recurso a la violencia, entre otras cosas, porque, basándose, como lo hacen, en el poder, están sujetos a los vaivenes que provoca la inveterada ambición de dominio que seduce a «los hombres» con el sueño de imponerse sobre los demás.
Jesús declara que sí, que él es rey; que al decir eso Pilato acierta, pero él no reina como los reyes del «mundo», y en eso los dirigentes que lo acusan engañan con malicia al gobernador.
Esta respuesta confunde mucho al gobernador, porque lo saca de su lógica de poder, con la que se entiende incluso con sus enemigos. Ahora no imagina qué clase de realeza pueda alegar Jesús, porque tampoco concibe un reinado que no recurra a la violencia.
3. El reino de Jesús.
«Reino» es el territorio o, al menos, el grupo humano sobre el cual reina el rey. Un reino territorial está confinado a un espacio geográfico y a unos límites determinados. Un reino personal extiende la potestad del rey hasta donde sea reconocido como tal.
El reino de Jesús no está formado por seres humanos sometidos, dominados con el recurso a la mentira o al miedo. Él vino al mundo para «ser testigo a favor de la verdad» de Dios. La verdad de Dios es su amor gratuito y fiel por toda la humanidad para darle al ser humano la plenitud de la vida (cf. Jn 3,16). No hay amenaza, ni vasallaje, ni rendición. No es un reino que se conquistó por la invasión o por el engaño. Hubo una propuesta: «la verdad» de Dios, que ofrece a todos la plenitud. El que esté a favor del logro de dicha plenitud, escucha complacido esa propuesta y la acepta libremente («todo el que es de la verdad escucha mi voz»). Es un reino sin fronteras.
En la base del reino de Jesús está la libertad de los hombres; en su realización, la búsqueda de la propia felicidad aceptando el amor del Padre (el Espíritu Santo) y el testimonio del Hijo (el amor hasta la muerte), por un lado, y, por el otro, la edificación del reino de Dios, es decir, la búsqueda de una convivencia social en la libertad, la alegría y la gratuidad. El reino de Jesús no necesita la violencia, porque su fuerza de cohesión es el amor experimentado como «la verdad» de Dios.
El lenguaje a veces puede ser equívoco. Cuando llamamos rey a Jesús, no pensamos que es un gobernante como los de las naciones; cuando hablamos del reinado de Jesús, no nos referimos a una monarquía como las de la tierra; cuando hablamos del reino de Jesús, no nos imaginamos un territorio como los antiguos o modernos imperios.
Los reinos del «mundo» hacen súbditos a los hombres, y el reino de Jesús los hace «hijos». Los reinados del «mundo» someten; el reinado de Jesús libera. La realeza del «mundo» procede del exterior de la persona y desde el exterior se sostiene; la realeza de Jesús reside en que él se entrega por los suyos para dar testimonio de «la verdad» del Padre (cf. Jn 18,11), y esa verdad es la que mantiene unidos a él a todos los que le pertenecen, aceptan su testimonio y escuchan su voz.
En nuestras asambleas dominicales verificamos la libertad con la que se nos ofrece el amor del Padre a través del Hijo para darnos vida, no para humillarnos, y la libertad con la que nosotros le respondemos al Padre por medio del Hijo, en el amor del Espíritu Santo. Jesús es rey de quien quiera ser, como él, libre para amar.
¡Feliz día del Señor!
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page

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