La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Macabeos (7,1-2.9-14):

En aquellos días, sucedió que arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás:
«Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres».
El segundo, estando a punto de morir, dijo:
«Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna».
Después se burlaron del tercero. Cuando le pidieron que sacara la lengua, lo hizo enseguida y presentó las manos con gran valor. Y habló dignamente:
«Del Cielo las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios».
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.
Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba a punto de morir, dijo:
«Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 16,1.5-6.8.15

R/. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

V/. Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R/.

V/. Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras. R/.

V/. Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (2,16–3,5):

Hermanos:
Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada, como lo fue entre vosotros, y para que nos veamos libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos.
El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.
En cuanto a vosotros, estamos seguros en el Señor de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos mandado.
Que el Señor dirija vuestros corazones hacia el amor de Dios y la paciencia en Cristo.
Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

 
El hecho de admitir la existencia de Dios o de invocarlo no es suficiente para estar en sintonía con Jesús. El problema del Dios verdadero no es un asunto meramente «teológico», en el sentido académico del término, sino, sobre todo, antropológico, en su doble dimensión personal y social.
El Evangelio de este domingo presenta dos concepciones diametralmente opuestas de Dios: la que proponen los círculos de poder de la sociedad judía (y de todas las sociedades de todos los tiempos), y la que propone Jesús. El partido saduceo, conformado por los sumos sacerdotes (la aristocracia religiosa) y los senadores (la aristocracia seglar), era precisamente el de los mayores propietarios, quienes constituían una ínfima minoría, dueña de las tierras, poderosa y aureolada de prestigio. Eran los materialistas de la época, ya que su horizonte se limitaba a lo terreno, pues negaban la vida futura alegando que no se encontraban referencias a ella en el Pentateuco, que eran los únicos libros que admitían como revelación de Dios.
 
Lc 20,27-38.
Desde su llegada a Jerusalén, Jesús se dedicó a enseñarle al pueblo (a «abrirles los ojos»), en tanto que los sumos sacerdotes (saduceos), los letrados (fariseos) y los notables del pueblo, trataban de eliminarlo; pero el entusiasmo popular que despertaba Jesús les impedía lograr su propósito. Así que se dedicaron a hacerle preguntas capciosas para tenderle trampas y tener de qué acusarlo. Dado que no podían descalificarlo por su conducta, buscaban hacerlo por la doctrina; acusarlo de hereje era una estrategia efectiva para desacreditarlo ante el pueblo. Primero fueron juntos, y luego por partidos. Cuando llegó el turno de los saduceos, estos pretendieron llevarse por delante a Jesús junto con los fariseos, que también afirmaban la resurrección, aunque de modo distinto al de Jesús. Ellos no solo aborrecían a Jesús, se aborrecían igualmente entre sí.
Este es el escenario en donde se aprecian las dos divergentes visiones de Dios.
1. El Dios de los círculos de poder.
Los saduceos proponen un caso teórico, inverosímil, según ellos basado en la Ley –como ellos la explicaban–, con el propósito de demostrar que la fe en la vida eterna es irracional. Su relato es una sucesión de muertes que refleja más su propia visión que la historia del pueblo, porque la promesa de Dios había sido bendecir al pueblo con el don de la vida, y la ha venido cumpliendo, pero los saduceos no reconocen eso. Están obsesionados con la posesión («¿de quién será…?») hasta el punto de no importarles la vida. De su caso se deduce que ellos entienden la vida eterna como prolongación de la vida presente –se puede suponer que así la proponían los fariseos–, y piensan que la Ley de Moisés conserva su vigencia incluso después de muertas las personas. Es necesario advertir que ellos se consideraban los únicos intérpretes autorizados de las Escrituras.
Pero lo que no dicen es más revelador que lo que niegan. Como tienen asegurados los medios de subsistencia por las riquezas que acumulan, y pueden garantizarse la permanencia de tal estado de cosas por el poder que detentan y porque, además, gozan de la más alta consideración a causa del prestigio del que están recubiertos, no ven la necesidad de cambio alguno, ni comparten las ansias del pueblo que anhela y espera un orden social diferente. Su dios les permite disfrutar de sus muchas riquezas con la conciencia tranquila, porque legitiman el orden por ellos establecido con el alegato de que esa es su santa voluntad, y porque los acredita con títulos que los presentan como superiores a los demás y con derecho a hacer lo que se les antoje.
2. El Dios de Jesús.
Para Jesús es claro que «este mundo» injusto no es definitivo, que hay un «mundo futuro» que es cualitativamente diferente. Ante todo, es un mundo en donde la vida no tendrá ese carácter transitorio que tiene esta ni dependerá de los medios de subsistencia; por consiguiente, no habrá necesidad de procrear ni de casarse, porque es imposible que mueran, y el único que transmite esa calidad de vida es Dios; en el mundo futuro solo él será la fuente de la vida, él será el único Padre, los demás seremos todos «hijos» suyos. La nueva vida consistirá en la plena posesión del Espíritu, posesión que nos hará hijos como el Hijo. Esto da a entender que el sexo, en cuanto capacidad de expresar amor y transmitir la vida, ya habrá cumplido su función, porque el amor tampoco necesitará de estímulo sensible alguno, dado que será espontáneo, gratuito y eterno. En ese mundo futuro los seres humanos «son como ángeles», por eso sus relaciones recíprocas no requerirán ya de ley alguna, les bastará sobradamente el amor. Jesús entiende que el acceso a este mundo futuro es gracia dada a «los justos» que ha vivido y practicado el amor gratuito (cf. Lc 14,14), y en eso también su postura es distinta de la de los fariseos, que enseñaban la resurrección como un premio a los observantes de la Ley.
3. La diferencia.
Los círculos de poder proponen un «dios de muertos», en tanto que Jesús propone el «Dios de vivos», el Padre. Para los círculos de poder, los muertos ya no existen. Para Jesús, en cambio, los que murieron físicamente están vivos, porque Dios les da su vida. Para los círculos de poder, Dios es una cuestión académica; hablan de él como de una teoría que no les hace falta para vivir ni para convivir. Para Jesús, Dios es la fuente inagotable de la vida definitiva; habla de él como «Hijo», porque ha recibido el Espíritu que procede del Padre, motivo de su plenitud humana e inspirador de su convivencia fraterna y servicial con todos.
Lo más destacado de todo es que Jesús descalifica su pretendido conocimiento de las Escrituras y muestra que la interpretan a favor de sus intereses ideológicos, no según el designio de Dios. Esa es una diferencia decisiva.
 
Los prejuicios ideológicos impiden interpretar apropiadamente las Escrituras e inducen de forma perversa a manipularlas en favor de intereses mezquinos. Pero lo más grave es que desfiguran el verdadero rostro de Dios y finalmente conducen a la más descarada idolatría.
Escoger entre el Dios de vivos de Jesús y el dios de muertos de los círculos de poder no es una cuestión ideológica, sino vital. Es decir, uno opta por uno u otro según la vida que escoja. Si uno privilegia una vida insolidaria en la riqueza, el poder y el prestigio, ya escogió el dios de muertos. Si privilegia una vida de generosidad, servicio y hermandad, escogió el Dios de vivos, el de Jesús. Los círculos de poder de la época de Jesús aparentaban ser muy religiosos, pero su religiosidad era pura fachada para disimular su verdadero interés, que era causa de muerte para sí mismos y para todo su pueblo. Jesús no necesita disfraz, le basta ser auténtico, y así transmite vida.
Comulgar con Jesús no es aparecer como religioso, es compartir su experiencia de Dios y vivir y convivir de acuerdo con esa experiencia. Nuestra asamblea dominical deja ver claramente cuál Dios es el que honra.
Feliz día del Señor.

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