La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (5,14-17):

EN aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Eliseo, el hombre de Dios, Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio de su lepra.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo».
Pero Eliseo respondió:
«Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada».
Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó.
Naamán dijo entonces:
«Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.3cd-4

R/.
 El Señor revela a las naciones su salvación.

V/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

V/. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

V/. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2,8-13):

Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre ¡os muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito:
Pues si morimos con él, también viviremos con él;
si perseveramos, también reinaremos con él;
si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
Este breve relato propone un mensaje de libertad cristiana. Para captarlo, hay que poner atención a dos cuestiones: la localización y los personajes.
1. La localización. Jesús atraviesa entre Samaría, hereje y resentida, y Galilea, religiosa y fanática. Él va a entrar en «una aldea», que es el ámbito dominado por la mentalidad de los letrados y los fariseos. El acontecimiento que se narra se verifica entre la aldea y el templo de Jerusalén, excluye cada uno de esos dos espacios.
2. Los personajes. Jesús aparece viajando solo, no se nombran sus discípulos. Los leprosos salen de la aldea, un dato extraño, porque los leprosos no residían en las poblaciones. Su número es de diez, de los cuales uno es samaritano.
 
Lc 17,11-19.
El relato consta de una breve introducción, presenta una crisis entre sus seguidores, muestra la libertad que Jesús da y sus efectos, constata el resultado en una minoría, y concluye felizmente.
1. Introducción.
Lucas fija la atención en Jesús, que va a plantarle cara a Jerusalén, y relaciona su travesía con la de Moisés y la de Josué. Probablemente se refiere al paso del Mar Rojo y al del Jordán, travesías que completaron el éxodo desde Egipto, y que ahora será a partir de Jerusalén (cf. Lc 9,31).
2. La crisis.
Extrañamente le salen al encuentro desde una aldea diez «varones» (ἄνδρες) leprosos que desde lejos lo llaman «jefe» (ἐπιστάτης) y le piden ayuda. Y con eso se nos dan pistas para entender de qué se trata. En efecto, Lucas reserva el calificativo «varón» para los israelitas, y, en el evangelio, los únicos que llaman «jefe» a Jesús son sus discípulos (cf. Lc 5,5; 8,24; 9,33.49). Por otro lado, el «leproso», por «impuro», es el paradigma de los excluidos por razones religiosas. Por último, desde su paso por Samaría, el grupo de Jesús es mixto, está formado por seguidores galileos («los Doce») y samaritanos («los Setenta y dos»). Lo único que estos tienen en común es el Pentateuco, los cinco rollos de la Ley de Moisés.
La proporción inicial, 12 a 72, es decir, 1 a 6, ahora se invierte por la de 9 a 1: nueve galileos y 1 samaritano (cf. Lc 15,8). Así que los diez leprosos encarnan ese grupo mixto de seguidores que se sienten «impuros» porque van mezclados, y le piden a Jesús que los ayude, puesto que él es el responsable de esa «impureza», porque los reunió en un solo grupo. Esta «lepra» no les prohibía habitar en «la aldea», pero sí les impide convivir unos con otros.
3. La libertad.
Este es el punto capital del relato. Jesús se fija en su situación y la analiza (ἰδών), les hace ver que tienen libertad para volver a las prácticas religiosas judías, y los envía a los sacerdotes, para que ellos certifiquen su purificación legal según las costumbres religiosas de la Ley de Moisés. Él los comprende y quiere ayudarles. Ellos se marchan, y cuando van de camino –fuera ya de la aldea, pero antes de llegar al templo–, allí donde solo los guía la palabra de Jesús, quedan «limpios», se sienten «puros». Ni la aldea ni el templo les confirieron esa pureza, sino la puesta en práctica de las palabras de Jesús. Al dejarlos en libertad, él les permitió comparar y elegir según su criterio.
Hay que valorar debidamente este comportamiento de Jesús: él comparte su experiencia de Dios, pero no la impone. No juzga a quienes se sienten agobiados por las creencias que profesan, por más que ellas los aflijan; no condena a los que manifiestan malestar de conciencia por andar con él; no excluye a quienes suponen que Dios los autoriza a excluir o a sentirse excluidos. Él toma nota del temor que muestran, comprende su angustia y les brinda la ayuda le pidieron dejándolos en libertad para que decidan por su propia cuenta lo que consideren mejor para ellos.
4. La minoría.
Uno de ellos, al verse «saneado» (ἰάομαι), sintió que había restablecido su relación con los otros, que ya no se sentía impuro andando con ellos, que era interiormente libre de esos prejuicios, y regresó donde Jesús dándole la razón a Dios. «Dar gloria a Dios» significa reconocer que él es justo, que sus obras son perfectas. Este único seguidor que regresó donde Jesús manifestó que entendía que Dios se revela en la persona de Jesús y en las obras que él realiza. Con sus gestos, se declaró definitivamente seguidor de Jesús («se echó a sus pies»), reconoció que Dios está en él, y por eso adoró a Dios en él («…rostro a tierra»). Este único era, precisamente, un samaritano.
Todos tuvieron la misma experiencia de liberación, o purificación, pero no todos reconocieron que la libertad que Jesús otorga es superior a la tranquilidad que ofrece la institución judía. Y, ya que Jesús va a enfrentarse a esa institución, muchos («nueve») optaron por reconciliarse con ella; en cambio, la minoría doblemente marginada («samaritano»: leproso y extranjero) prefirió unirse a él, porque descubrió en él la presencia y la actividad de Dios.
5. Conclusión.
Jesús tenía todavía algo más para darle al samaritano: lo invitó a levantarse resueltamente de su postración: a Dios no se le rinde homenaje doblegándose sino irguiéndose (cf. Lc 13,11-12); lo exhortó a que abandonara definitivamente esa aldea («márchate»), y le mostró el alcance de la adhesión que le estaba manifestando («tu fe te ha salvado»). Salvación es comunicación de vida, y, en este caso, del Espíritu Santo. En respuesta a su fe, Jesús le infunde el Espíritu, que es Santo y santificador, y que lo hace real y radicalmente «puro» delante de Dios.
 
La mentalidad supersticiosa que ha retornado y se está infiltrando en las iglesias, ha traído nuevas formas de discriminación y exclusión que enferman las comunidades y dificultan las relaciones humanas y la convivencia social. Las nuevas «aldeas» son grupos de mentalidad cerrada y práctica autoritaria, de juicios severos y de condenas despiadadas, que no ofrecen más alternativa que la de someterse a su manera de ver las cosas. Estos grupos se encuentran en todos los ámbitos, no solamente en el religioso.
Los discípulos de Jesús debemos mostrar la alternativa del maestro: libertad para que cada uno descubra por sí mismo cómo puede entablar una relación «sana» con los demás y cómo puede convivir armoniosamente con todos, incluso con los que piensan, sienten o actúan diferente.
A veces resulta doloroso constatar que dentro de la comunidad de Jesús surgen esos fanatismos intolerantes, no solo contra los de fuera, sino también contra los de dentro de la misma Iglesia, grupos que miran como «leprosos» a los que debieran mirar como hermanos. Nuestra asamblea eucarística debe ser escuela de convivencia en libertad, teniendo en cuenta lo que enseñaba san Agustín: «unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo». Que la comunión con Jesús nos una en un solo cuerpo.
Feliz día del Señor.

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