La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (18,6-9):

La noche de la liberación les fue preanunciada a nuestros antepasados, para que, sabiendo con certeza en qué promesas creían, tuvieran buen ánimo.
Tu pueblo esperaba la salvación de los justos
y la perdición de los enemigos,
pues con lo que castigaste a los adversarios,
nos glorificaste a nosotros, llamándonos a ti.
Los piadosos hijos de los justos ofrecían sacrificios en secreto y establecieron unánimes esta ley divina:
que los fieles compartirían los mismos bienes y peligros, después de haber cantado las alabanzas de los antepasados.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 32,1.12.18-19.20.22

R/.
 Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

V/. Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad. R/.

V/. Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

V/. Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (11,1-2.8-19):

Hermanos:
La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.
Por ella son recordados los antiguos.
Por la fe obedeció Abrahán a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adónde iba.
Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas, y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Por la fe también Sara, siendo estéril, obtuvo “vigor para concebir” cuando ya le había pasado la edad, porque consideró fiel al que se lo prometía.
Y así, de un hombre, marcado ya por la muerte, nacieron hijos numerosos, como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas.
Con fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra.
Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver.
Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.
Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les tenía preparada una ciudad.
Por la fe, Abrahán, puesto a prueba, ofreció a Isaac: ofreció a su hijo único, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia».
Pero Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar de entre los muertos, de donde en cierto sentido recobró a Isaac.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,32-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo:
«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».
Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
Después de la parábola con la que ilustró su afirmación de que la vida no depende de los bienes materiales, Jesús exhortó a sus discípulos a superar el individualismo en la legítima búsqueda de satisfacer las necesidades básicas haciéndoles ver que hay prioridades que no se deben perder de vista, invitándolos a tomar conciencia de la amorosa providencia del Padre que vela por todos, y a darse cuenta de que la angustia no resuelve esos problemas. Les explicó que los «paganos del mundo», por no conocer al Padre, se afanan por todo eso, pero sus discípulos deben tener claro que el Padre sabe cuáles son sus necesidades.
 
Lc 12,32-48.
Este texto del Evangelio, que es parte de una unidad mayor, se refiere a dos clases de actitudes:
1. Las actitudes básicas del discípulo, que se concretan en la figura del administrador.
2. Las actitudes opuestas al discipulado, que se concretan en la figura del esclavo.
Jesús quiere infundirles a sus discípulos la confianza en el Padre, y curarlos de dos temores: a la miseria y a la muerte.
1. Actitudes básicas del discípulo.
Quien pierde de vista las prioridades convierte lo accesorio en primordial. La incertidumbre por el futuro lo conduce a acumular con la ilusión de asegurarlo, y así se produce la codicia de riqueza. Frente a la oferta de felicidad que hace la sociedad injusta por medio de la codicia de riqueza, Jesús propone la felicidad a través de la opción por la pobreza. Por eso, según él, las dos actitudes básicas del discípulo son el desprendimiento y el servicio. El primero es signo de libertad interior; el segundo, de libertad para amar.
a) El desprendimiento se formula en términos radicales y extremos: vender y darlo todo con el fin de obtener en el cielo «una riqueza inagotable». A diferencia de las «bolsas» terrenas para guardar las riquezas, que se estropean, las del cielo, no; y a cambio de las riquezas terrenas, que las roban y se corrompen, la del cielo es incorruptible. Esto significa que, para el discípulo, el valor máximo es Dios en persona. Desapegarse de las riquezas terrenas permite abrirse para recibir al Padre y tener la vida centrada en lo que realmente importa.
b) El servicio se entiende como actitud de permanente disponibilidad, pero en la perspectiva de quien prepara una fiesta de bodas. La felicidad del servidor radica en que su disposición a servir es constante, porque asume su responsabilidad de modo generoso y libre, hasta el punto de estar siempre «despierto», es decir, preparado para servir a la hora en que sea requerido. Entonces, el servidor, de modo sorprendente, se verá servido personalmente por su Señor. Esta será la dicha de mantener esa actitud sin interrupción alguna.
Si para proteger los bienes materiales, que son perecederos, se pone todo el empeño posible, para obtener la riqueza inagotable hay que poner aún mayor empeño. Al final, cuando llegue «el Hijo del Hombre», el discípulo servidor, acostumbrado a sus venidas en la eucaristía, estará bien preparado para el encuentro definitivo con él
2. Actitudes opuestas al discipulado.
La pregunta que «Pedro» le hace a Jesús supone erradamente que hay discípulos que gozan de un tratamiento privilegiado. Las actitudes descritas perfilan al discípulo como «administrador», o sea, alguien que ha recibido bienes para distribuir entre sus hermanos, con quienes trabaja en equipo al servicio del proyecto de Dios, para que la humanidad se vea libre de la necesidad y del miedo. Jesús define al discípulo «administrador», con dos rasgos: fidelidad y sensatez, análogos al desprendimiento y al servicio antes citados. E invita a que cada uno se examine y verifique si es «administrador fiel y sensato», ya que, si lo es, será dichoso, pues, cuando él llegue, «le confiará la administración de todos sus bienes». Él explica que esas condiciones son iguales para todos, y advierte que todo «administrador» está expuesto a las desviaciones del despotismo y del egoísmo.
a) El despotismo consiste en sentirse y comportarse como dueño de las cosas y de las personas, y con la facultad para tratarlas a su antojo, incluso abusando. Esa actitud despótica, común entre los paganos (cf. Lc 22,25), implica desconfianza en la «venida» del Señor, es decir, supone que la injusticia puede imperar indefinidamente, a pesar de que Jesús reiteró la advertencia de su venida y del fracaso de lo inhumano tanto en las sociedades paganas (cf. Lc 21,25-28) como en la propia sociedad judía (cf. Lc 22,69). Los autoritarismos despóticos se frustran (cf. Lc 4,5-8).
b) El egoísmo se manifiesta en el hecho de anteponer la propia complacencia a los derechos de los demás, negándolos o conculcándolos, con la suposición de que no habrá que rendir cuentas. Es atropello de la dignidad humana, repulsa de la solidaridad social y ultraje a la libertad ajena. Por otro lado, implica degradación de la propia vida («comer, beber y emborracharse») integrándose al sistema injusto de convivencia, con lo cual le llegada del Hijo del Hombre no será para erguirse y levantar la cabeza (cf. Lc 21,28), sino para caer en la propia trampa (cf. Lc 21,35-36).
Estas actitudes llevan a cortar la relación con el Señor para correr la suerte de los infieles. En el fondo de esas actitudes se insinúa una mentalidad de esclavo. Por eso Jesús censura esas conductas con un lenguaje áspero: el lenguaje que se usaba en esa época para referirse a los esclavos que no se comportaban debidamente. Los dones de la nueva alianza son incomparables; por eso, «l que mucho se le ha dado, mucho se le exigirá; al que mucho se le ha confiado, más se le pedirá». No puede un cristiano comportarse como esclavo, porque goza de la libertad de hijo de Dios.
 
Si observamos bien, notaremos que en este texto se usa la palabra «siervo» en dos sentidos:
1. El que cumple el encargo de su Señor, que es un hombre desprendido, libre y generoso, fiel y sensato. Es la personificación de lo que Jesús espera de sus discípulos.
2. El que maltrata a sus consiervos y se apacienta a sí mismo, que es dominador e irresponsable, mezquino y carente de todo sentido de respeto. Personifica la negación del discípulo.
Aunque el término «siervo» denota a quien está al servicio incondicional de alguien, en primero es libremente incondicional; el segundo, en cambio, es un sometido a disgusto.
Esa es la diferencia entre el discípulo de Jesús y el farsante, el que finge ser uno de los discípulos, pero persigue puestos de posesión, dominación y ostentación.
En la mesa eucarística, Jesús advierte que él está a la mesa como quien sirve (cf. Lc 22,27), y no como quien manda. Comulgar con él nos exige ser administradores fieles y sensatos.
¡Feliz día del Señor!

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