La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B 

Color verde

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (2,18-24):

El Señor Dios se dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.»
Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase. Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre.
El hombre dijo: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 127,1-2.3.4-5.6

R/. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel! R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,9-11):

Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al gula de su salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avengüenza de llamarlos hermanos.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,2-16):

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»
Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»
Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios «los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.
La igualdad entre las personas es, entre las exigencias del amor universal de Dios, la más difícil de aceptar en cualquier sociedad en la que se pretenda imponer la idea de que las desigualdades obedecen a una disposición superior. En la revelación bíblica es inobjetable que Dios creó a los seres humanos como iguales, aunque diferentes y diversos. Sin embargo, la sociedad patriarcal, y la judía en particular, insiste en mantener las desigualdades atribuyéndoles origen divino. Jesús ha deslegitimado esa pretensión tanto dentro de la sociedad como de esta hacia otras sociedades humanas. Cuanto más insisten «los discípulos» de origen judío en legitimarla, tanto más persiste Jesús en deslegitimarla. Con la mentalidad de ellos el reinado de Dios es impensable.
Mc 10,2-16.
El relato puesto a consideración este domingo tiene tres partes: una discusión de Jesús con los fariseos «en el camino», y un diálogo de Jesús con los discípulos, y una reprensión de Jesús a los discípulos, ambos «en el hogar», la casa común de sus seguidores.
1. Discusión con los fariseos.
Jesús iba enseñándoles a las multitudes lo que él solía enseñar, el amor universal de Dios, (cf. Mc 10,1). En relación con esta enseñanza se le acercan los fariseos con actitud hostil, «con intención de tentarlo», y le formulan una pregunta sin aparente razón, porque en Judea se daba por sentado que el marido podía repudiar a la mujer; a lo sumo, se discutían los motivos para hacerlo, pero no la facultad de hacerlo. La pregunta, pues, está en relación con la enseñanza de Jesús. Quieren que él afirme algo contrario a la Ley, o que se contradiga. La tentación siempre implica un asunto de poder o de dominio, y, en este caso, se refiere a la indiscutida superioridad del varón sobre la mujer en el ámbito doméstico. Él podía disponer de ella a su antojo.
Jesús reacciona con una contrapregunta: «¿Qué les mandó Moisés a ustedes?». Al preguntar por un «mandamiento» concreto, Jesús indaga por la expresión de la voluntad divina, y al preguntar qué les «mandó» a ellos, Jesús se distancia de la postura de los fariseos y de la Ley misma. Como no hay mandato alguno, los fariseos hablan de un «permiso», y citan un texto (Dt 24,1) en el cual Moisés no manda el repudio, sino que lo supone ya como costumbre del pueblo. Pero Jesús les insiste en que es un «mandamiento», y que este obedece a la testarudez del pueblo. La insistencia de Jesús en que se trata de un «mandamiento» se entiende cuando contrasta entre mandamiento humano y mandamiento divino. El primero es una concesión a la dureza y falta de consideración; el segundo pretende establecer la consideración basada en la igualdad.
Por eso, Jesús se aparta del lenguaje jurídico y del código legal y se remonta al designio creador. La convivencia humana –de la cual la pareja es la mínima expresión– se entiende a partir de la creación por Dios, no de la legislación de Moisés. Cita y combina varios textos del Génesis y así, a partir de la creación del ser humano en pareja y del matrimonio como restablecimiento de esa unidad original, saca la conclusión que invalida el repudio. La nueva realidad («un solo ser») deja sin fundamento toda pretensión de superioridad por parte de cualquiera de los dos miembros de la pareja. Lo que Dios quiere es la diversidad, la atracción mutua y la unión sexual. El repudio se le atribuye a Moisés, no a Dios. La diferencia varón-hembra tiene por objetivo una unidad que es más fuerte que el que unía a los padres, y, por consiguiente, cada miembro de la pareja asume libremente el compromiso de cuidar y proteger al otro. Finalmente, invalida el mandamiento de Moisés a partir del acto creador divino: «Lo que Dios ha emparejado, que un ser humano no lo separe». Este emparejamiento se realiza a través de un amor más fuerte que el de los padres.
2. Diálogo con «los discípulos».
Sea porque no la hubieran entendido, o porque no la compartieran, los discípulos insistieron en la pregunta de los fariseos. Es visible que les cuesta trabajo prescindir de la idea admitida de que el varón es superior a la mujer. Consecuente con su afirmación anterior, Jesús avanza aún más y afirma la igualdad del varón y la mujer rechazando las dos posibilidades de repudio y dándole así validez universal a su afirmación, extendiéndola a las sociedades paganas. Esto confirma que «el hogar» es el espacio de convivencia de todos los seguidores de Jesús, judíos y paganos, y que en ella no prevalece la mentalidad de privilegio, sino la de igualdad. Ninguno de los dos miembros de la pareja puede por separado destruir el vínculo, y, por eso, un nuevo matrimonio contraído bajo esas circunstancias constituiría, de hecho, un adulterio.
3. Reprensión a «los discípulos».
La incomprensión de los discípulos no se debe a incapacidad intelectual, sino a una obstinación ideológica. Unos «chiquillos» quieren llevar a otros como ellos con la intención de que Jesús «los toque», es decir, para que entren en contacto con él. Se trata de «pequeños» que le han dado su adhesión a Jesús y le son presentados para que le manifiesten esa adhesión y Jesús se la ratifique comunicándoles su fuerza de vida (cf. Mc 5,30), que es el Espíritu Santo, que «salva» en respuesta a la fe (cf. Mc 5,34). Los «discípulos» (los Doce), en vez de acoger a los chiquillos como a Jesús mismo (cf. Mc 9,37), los rechazaron tratando como poseídos a los que los llevaban («se pusieron a conminarlos»). Los «discípulos» dejan ver que si «el hogar» se llena de «chiquillos» el monopolio que ellos quieren imponer sobre la persona de Jesús (cf. Mc 9,38) corre peligro; así que se oponen al amor universal.
Jesús reacciona de forma firme y enérgica. Desautoriza el intolerable comportamiento de «los discípulos» y declara, por el contrario, que los chiquillos, por ser últimos y servidores, son quienes conocen de verdad el reinado de Dios, es decir, los que reciben el Espíritu. La actitud de dichos chiquillos es indispensable para entrar en el reino de Dios. Quien se resista al amor universal de Dios se privan de entrar en su reino, del cual «el hogar», la comunidad universal, es el anticipo. Por eso Jesús los abraza, en señal de identificación, y los bendice, es decir, les comunica vida de modo abundante; el verbo usado expresa una bendición efusiva que implica la transmisión del Espíritu Santo.
El amor de Dios no se manifiesta en una piedad de corte individualista, sino en la capacidad de acogida incluyente capaz de llamar «hermano» a todo ser humano. El que ha vivido ese amor lo manifiesta trabajando por la paz, es decir, construyendo una convivencia en donde haya cabida para todos en igualdad de condiciones. Y esto tiene que verificarse desde la convivencia familiar hasta la convivencia internacional. Esa es la diferencia entre ser «imperialista» y ser «católico». A las comunidades cristianas les corresponde asimilar y transmitir el mensaje de Jesús a la manera de los «chiquillos», con actitud de igualdad y espíritu de servicio.
Y sus asambleas dominicales tienen la responsabilidad de educar en ese amor universal tanto en el anuncio verbal como en el testimonio comunitario.
¡Feliz día del Señor!
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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