Sucre: agua, toxicidad y nuevas oportunidades

Coautores: Alejandro Camargo (@prochilodus), antropólogo e investigador, experto en recursos y conflictos ambientales en el Caribe; Isidro Álvarez, docente, poeta y líder social, Fundación Pata de Agua

Foto: Reimaginemos.
Angeles

En el departamento de Sucre convergen muchas realidades. A su territorio llegan las aguas que vienen de la montaña, fluyendo hasta la depresión momposina, donde estas forman una red inmensa de caños, ciénagas y otros cuerpos de agua. Las aguas de las tierras bajas se conectan con las sabanas a través de personas, cultivos y animales. Más allá, cruzando los montes de María, las sabanas se conectan con el mar, donde las costas y el famoso golfo de Morrosquillo, demarcan el mundo caribeño. Todos estos paisajes y ecosistemas son territorios de familias campesinas, de migrantes y de habitantes urbanos que buscan en este departamento una forma de vida. Ante esta búsqueda, la gente sucreña encuentra a veces oportunidades, y otras veces, toxicidad, desigualdades e injusticias. 

Si tomamos el caso de la ganadería, entendemos estos contrastes. La ganadería es una actividad que provee medios de vida a pequeños, medianos y grandes productores, pero también ha sido una economía estrechamente asociada a la concentración de la tierra y al conflicto. La expansión de la ganadería a gran escala ha ocurrido en muchos casos a costa de la pérdida y el despojo de tierras a comunidades negras, indígenas y campesinas. Más recientemente, la ganadería de búfalo se ha extendido a las ciénagas sucreñas, territorios ancestrales de pescadores y pescadoras, quienes ahora también se enfrentan a los grandes propietarios en un conflicto por la propiedad. En estos conflictos el agua ha sido víctima, pues varias ciénagas han perdido su extensión a causa de la expansión ganadera.  

Aunque muchos no lo sepamos, las ciénagas, humedales y otros cuerpos de agua cambiantes son el sustento de la tierra porque sus pulsos permiten la renovación de los suelos y la reproducción de la vida. En las tierras inundables de la región de la Mojana, de la que hace parte el departamento de Sucre, el agua ha jugado también un papel central en el ritmo de vida social, económica y cultural. El agua, con su fuerza y amplitud, se asienta en las planicies durante el llamado “invierno”, y luego, cuando cesan las lluvias, se va, dando paso a sequías extremas. 

Los contrastes en torno al agua también se viven en las zonas urbanas sucreñas. En varios de sus municipios, el servicio de acueducto y alcantarillado presenta irregularidades. En medio de protestas, bloqueos de vías, denuncias por redes sociales, entre otros mecanismos, la gente de estos lugares pone al descubierto la desigualdad en el acceso a un servicio básico y vital. 

En las zonas rurales, además de falta de cobertura del servicio de agua potable, la preocupación de muchas personas tiene que ver con los contaminantes que contiene el agua. La Mojana no solo es un depósito de agua y sedimentos fluviales, sino también un paisaje tóxico en el que se encuentran agroquímicos de los grandes monocultivos y metales pesados provenientes de la minería que se practica principalmente en el río Cauca. Con la contaminación del agua el problema alimentario empieza a crecer, pues con los peces contaminados aumenta la vulnerabilidad, el hambre y la enfermedad.

Aunque aún no sabemos lo suficiente sobre la toxicidad del ambiente en esta región, ya hay estudios que muestran, por ejemplo, la presencia de mercurio en cuerpos humanos, de peces y en el ambiente en general. Esta realidad genera preocupación e incertidumbre, en gran parte porque aún no hay una estrategia clara y contundente para detener la circulación de estos contaminantes en la región. A pesar de que Sucre está en el centro de debates nacionales sobre la adaptación al cambio climático y la seguridad alimentaria, a nivel nacional poco se conoce sobre el problema de la toxicidad. Esto tiene que ver, entre otras razones, con el olvido histórico de las periferias del territorio nacional.

Las oportunidades 

Aunque estas tensiones y desigualdades son sin duda abrumadoras, la gente sucreña no está de espectadora; está luchando por traer el cambio. Sucre ha sido un escenario histórico de movilización social y de luchas por los derechos. Basta recordar las luchas de los pueblos afrodescendientes e indígenas, la organización campesina que fue pionera a nivel nacional durante las décadas de 1960 y 1970, o la multiplicidad de organizaciones de víctimas, mujeres y jóvenes, que hoy resisten, desafían y reimaginan las dolorosas realidades que ha dejado en este departamento el paso del conflicto armado, la injusticia y la desigualdad. 

Las luchas de las comunidades sucreñas deben ser una enseñanza para las nuevas generaciones. Estas generaciones no ven oportunidades en el campo, y por lo tanto deciden migrar a las ciudades, dejando así las tierras que sus ancestros han cultivado, protegido y por las que lucharon en el pasado. 

Los mayores, los líderes y lideresas, los maestros y las maestras luchan por transformar esta realidad y por generar una reconexión con el territorio. Esta es la labor que lleva haciendo Ricardo Esquivia durante 50 años. A través de la Fundación Sembrando Paz, Ricardo ha trabajado de forma incansable con la juventud sucreña con el objetivo de sembrar la paz, porque como él mismo nos recuerda “la paz con hambre no dura”. Para ello, la Fundación tiene programas como Escuela en el Bosque, que, en palabras de Ricardo, “significa llevar a los jóvenes y niños a entender qué es el bosque y cómo se conserva. Queremos sembrar en ellos una ética para tratar a la naturaleza, y que, con base en eso, puedan enamorarse del territorio y quizás pensar en quedarse”. 

La realidad del departamento de Sucre es un impulso para la creatividad y la imaginación de otros futuros posibles. Para ello es necesario repensar la manera como entendemos la gobernanza de la naturaleza. Isidro Álvarez, docente, poeta y líder social, nos invita a pensar no en la gobernanza de los recursos, sino en la «armonianza”, en la que podamos resignificar nuestra relación con el agua, la tierra y los seres que las habitan. La armonianza es un llamado al territorio, a reencontrarnos con la agricultura, la pesca y los conocimientos que los hombres y las mujeres sucreñas crean y recrean en su vida cotidiana.    

La armonianza es también una manera de pensar en el diálogo entre el arte, la memoria, la ciencia y la tradición oral para reparar y reinventar las conexiones olvidadas entre la gente y la naturaleza. Necesitamos un encuentro poético, artístico con el territorio, un territorio que conecta el mar, las sabanas, los ríos y ciénagas y las montañas. Continúa la lectura poética de Isidro Álvarez aquí.        

Este artículo hace parte de una serie de 32 columnas que exploran la desigualdad en cada uno de los 32 departamentos de Colombia. Cada columna se escribe a varias manos, tras un proceso de diálogo entre académicos, artistas y activistas de cada rincón de nuestro país. Para conocer más sobre las publicaciones semanales de los Diálogos Territoriales sobre Desigualdad y sobre el centro de investigación comunitaria que los dirige, síguenos en IG @reimaginemos.colombia o X @reimaginemos.

Coautores: Alejandro Camargo (@prochilodus), antropólogo e investigador, experto en recursos y conflictos ambientales en el Caribe; Isidro Álvarez, docente, poeta y líder social, Fundación Pata de Agua.

Con la participación de: Ricardo Esquivia, ganador del Premio Nacional de Paz, gestor social y director de la organización Sembrando Paz. Liliana Solano, bióloga y docente, Universidad de Sucre. 

Editora: @Allison_Benson_. Investigadora y directora de Reimaginemos

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