Recursos de fe para este sábado 8 de septiembre

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Foto: Pixabay.
Palabra del día

8 de septiembre

Natividad de la Santísima Virgen María

Color blanco

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (5,1-4a):

Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 12,6ab.6cd

R/. Desbordo de gozo con el Señor

Porque yo confío en tu misericordia:
alegra mi corazón con tu auxilio. R/.

Y cantaré al Señor
por el bien que me ha hecho. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,1-16.18-23):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

8 de septiembre.
Natividad de la Santísima Virgen María.

La Iglesia católica celebra oficialmente tres nacimientos: el de Jesús, el de María, su madre, y el de Juan Bautista, su precursor. La natividad de una manera espontánea nos remite al goce de la vida humana y a su singular valoración. La natividad de María se celebra a la luz de la natividad de Jesús no simplemente porque no existan textos bíblicos que narren la concepción y el natalicio de María, sino –ante todo– porque Jesús, el hombre nuevo, es la clave para entender las nuevas generaciones que ocurren después de él «por obra del Espíritu Santo». Este «después» no es un simple dato cronológico –de hecho, después de Jesús han nacido muchos que no son seguidores suyos–, sino la referencia a un acontecimiento de fe. Es la fe en el Señor la que hace el «después de Cristo», por el cual el seguidor de Jesús es alguien nacido a una vida nueva.
Las lecturas propuestas para esta fiesta pueden ser enfocadas desde la múltiple perspectiva del valor, del sentido y del futuro de la vida del ser humano.

1. Primera lectura (Mi 5,1-4a).
La vida del futuro jefe de Israel le otorga ya valor a la más pequeña aldea de Judá, cuya elección ratifica la predilección divina por los pequeños (cf. Jc 6,15; 1Sm 16) y la revela como parte de un designio de salvación eterna, que involucra tanto a la madre como a los hermanos. El profeta se refiere al nuevo crecimiento del pueblo («la madre dé a luz») y al retorno de los desterrados, que vuelven a encontrarse con «sus hermanos». Aquí, como en el evangelio (cf. Mt 12,46ss), «madre y hermanos» es una bina que se refiere al pueblo desde la doble perspectiva de la vida («dar a luz») y de la convivencia («hermanos»). Él será rey-pastor atento y protector («en pie»), que va a guiarlos a todos «en nombre de la majestad del Señor»; los habitantes del pueblo, por su parte, «se asentarán tranquilos», y con su fuerza los llevará a un futuro tranquilo y de paz. «La madre» dará así a luz el Mesías, que será rey-pastor, no rey-guerrero. Y así se hará la paz.

2. Primera lectura (Rm 8,28-30).
Los discípulos de Jesús («los que aman a Dios») concebimos la historia como un parto difícil. Es decir, la generación laboriosa de una nueva vida. La vivimos a conciencia, iluminados por la vida de Jesús, que amó y sirvió, y murió y resucitó. No pensamos que las desgracias puedan ser de algún modo positivas, pero estamos firmemente persuadidos de que nuestra vida es tan valiosa para Dios que no hay calamidad que pueda privarnos de su amor, ya que él le dio sentido a nuestra vida cuando tomó la iniciativa de elegirnos y destinarnos a ser hijos suyos como Jesús, el hermano mayor. Él no es espectador de nuestras luchas, sino aliado y cooperador nuestro en el empeño por renovar la creación, incluso en las más duras circunstancias. Dios Padre nos eligió y nos destinó a reproducir los rasgos de su Hijo, de modo que, asemejándonos a él por la obra del Espíritu, él sea el mayor de «una multitud de hermanos». Ese es el sentido de nuestra vida, lo que le da singular valor y le garantiza un futuro glorioso, como el de Jesús.

3. Evangelio (Mt 1,1-16.18-23 / 1,18-23).
La genealogía humana es más que una cadena de transmisión de genes. Es la realización de un designio que, aunque haya encontrado muchas resistencias en la humanidad misma, se cumple, porque responde a la más profunda de las aspiraciones humanas: la plenitud de la vida. Dios acompaña desde dentro la larga peregrinación del hombre a su propia plenitud sin manifestar rechazo ni repugnancia a causa de los múltiples desatinos de «los hombres». Parecería que no le importara, pero en realidad, «él coopera en todo para su bien», hasta cuando en la historia, entre tensiones y ambigüedades, él crea el hombre nuevo, el Enmanuel. Y en él toda vida humana recibe un nuevo valor, cobra un nuevo sentido y tiene un glorioso futuro. José, el hombre «justo», y María, la mujer «virgen», muestran la acogida que Dios espera de la humanidad para que, en su seno, se conciba el hombre nuevo y comience la nueva creación. Particularmente, la virginidad expresa esa fidelidad de quien escucha en silencio y compromete su vida para que se realice en la tierra el designio que Dios concibió en el cielo. Así sucede con la Virgen María y con cada creyente, tanto en la escucha de la fe como en la comunión eucarística.

Las celebraciones de cumpleaños que aparecen en la Biblia son siempre fiestas de paganos (cf. Gn 40,20; Mt 14,6; Mc 6,21). Esto no las descalifica, pero deja claro que lo que celebramos es distinto. Se trata del don de la vida, atributo de Dios, bendición suya, comunicación de su amor. Más allá de la generación física o biológica, lo que celebramos consiste en la auto-comunicación de Dios a los seres humanos por medio de su Espíritu:
• Dios es amor, y, para él, amar es dar su vida (su Espíritu);
• Dios es salvador, y salvar es infundir vida donde esta hace falta;
• Dios es Padre, y engendra hijos por el don de su Espíritu.
No se trata, pues, de un cumpleaños, de tinte social, sino de un acontecimiento de salvación, de una manifestación del amor del Padre, de la infusión de su Espíritu Santo. No es que sea malo que se hable de «cumpleaños»; todo lo noble –y la celebración de la vida lo es– forma parte del patrimonio común de paganos y cristianos (cf. Fil 4,8), sino que eso es muy poco para lo que hoy celebramos. Eso sería como considerar el banquete de la eucaristía como una comida común y corriente, sin descubrir el sacramento de vida eterna que ella entraña.
Feliz conmemoración.

Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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