Recursos de fe para este sábado 30 de junio

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Foto: Pïxabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la XII semana del Tiempo Ordinario. Año II

Los santos protomártires de la Iglesia de Roma

Feria o memoria libre o BMV (colores verde, o rojo, o blanco)

Palabra del día

Primera lectura

Lectura de las Lamentaciones (2,2.10-14.18-19):

El Señor destruyó sin compasión todas las moradas de Jacob, con su indignación demolió las plazas fuertes de Judá; derribó por tierra, deshonrados, al rey y a los príncipes. Los ancianos de Sión se sientan en el suelo silenciosos, se echan polvo en la cabeza y se visten de sayal; las doncellas de Jerusalén humillan hasta el suelo la cabeza. Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas; se derrama por tierra mi hiel, por la ruina de la capital de mi pueblo; muchachos y niños de pecho desfallecen por las calles de la ciudad. Preguntaban a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras desfallecían, como los heridos, por las calles de la ciudad, mientras expiraban en brazos de sus madres.
¿Quién se te iguala, quién se te asemeja, ciudad de Jerusalén? ¿A quién te compararé, para consolarte, Sión, la doncella? Inmensa como el mar es tu desgracia: ¿quién podrá curarte? Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas; y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte, sino que te anunciaban visiones falsas y seductoras.
Grita con toda el alma al Señor, laméntate, Sión; derrama torrentes de lágrimas, de día y de noche; no te concedas reposo, no descansen tus ojos. Levántate y grita de noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta hacia él las manos por la vida de tus niños, desfallecidos de hambre en las encrucijadas.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 73

R/. No olvides sin remedio la vida de tus pobres

¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados,
y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?
Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo,
de la tribu que rescataste para posesión tuya,
del monte Sión donde pusiste tu morada. R/.

Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio;
el enemigo ha arrasado del todo el santuario.
Rugían los agresores en medio de tu asamblea,
levantaron sus propios estandartes. R/.

En la entrada superior
abatieron a hachazos el entramado;
después, con martillos y mazas,
destrozaron todas las esculturas.
Prendieron fuego a tu santuario,
derribaron y profanaron la morada de tu nombre. R/.

Piensa en tu alianza: que los rincones del país
están llenos de violencias.
Que el humilde no se marche defraudado,
que pobres y afligidos alaben tu nombre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,5-17):

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo.»
Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy quién soy yo para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
Y al centurión le dijo: «Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído.» Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, encontró a la suegra en cama con fiebre; la cogió de la mano, y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirles. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.»

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

Sábado de la XII semana del Tiempo Ordinario. Año II.
El libro de las Lamentaciones (o «trenos de Jeremías») contiene cuatro elegías y una oración por la caída de la ciudad de Jerusalén. Se le atribuye a Jeremías la autoría de este libro, pero, en realidad, es obra de un autor, o de varios, que parecen haber padecido estos acontecimientos y los describen poco después de haberse sucedido.
La primera planteó y desarrolló el dolor y el sufrimiento de Jerusalén. En esta, la segunda, el autor presenta con fuerza al Señor como causante de ese dolor. Una vez más, el lenguaje arcaico del castigo se utiliza para dar razón de tan incomprensible desastre. Aquí aparecen, como castigo, los efectos de la corrupción nacional. La lectura de estos lamentos en el aniversario de los hechos (destrucción del templo edificado por Salomón) los actualiza litúrgicamente.
Lm 2,2.10-14.18-19.
La segunda lamentación presenta al Señor como implacable enemigo divino de Jerusalén y del Templo, «la gloria de Israel» (2,2), a los cuales arroja del cielo a la tierra. El Señor va hiriendo las diversas partes de la ciudad y a los distintos grupos de vecinos. Poner su diestra a la espalda fue negarse a desplegar su fuerza liberadora y salvadora, con lo cual se desató el juicio inclemente (o «las llamas») y el Señor se portó como enemigo y salteador sin consideración alguna por reyes y sacerdotes, príncipes y profetas. Ya «no había Ley» (vv. 3-9, omitidos). Todavía no aparecen en el horizonte ni Ezequiel ni el Segundo Isaías; Jeremías está en Egipto, o quizá ya muerto.
Ancianos y doncellas, muchachos y bebés, y madres solitarias, todos sufren y mueren de hambre. Su dolor carece de parangón. Y todo esto es efecto de haberle hecho caso a los profetas que, en vez de hablar en nombre del Señor, lo hicieron en nombre propio. Ciertamente, los profetas optimistas –no esperanzados– que proponían visiones «vacías y falsas», meras ilusiones, porque no denunciaban la culpa para provocar la enmienda, no hicieron otra cosa que engañar.
La ciudad se convirtió en el hazmerreír de los viandantes, que se burlaban de las pretensiones de los judíos de tener «la ciudad más hermosa, la alegría de toda la tierra» (cf. Sl 50,2; 48,2), y veían complacidos la frustración de sus habitantes. Sus enemigos se gozan (vv. 15-17, omitidos).
El poeta urge a la ciudad a que grite con fuerza al Señor, que se lamente en su presencia día y noche, sin cesar. Como una madre, ha de interceder por todos sus hijos. Pero la exhorta también a «levantar hacia él las manos», gesto que une la súplica con la actitud de quien espera recibir.
La caída de Jerusalén en manos de los paganos, y la consiguiente destrucción del templo y de la monarquía, sumadas a la desolación del país, es un desastre de proporciones imponderables. La confusión es grande, porque se supone que los dioses de los caldeos se mostraron más poderosos que el Señor, Dios que los había sacado de Egipto. Todo se vino abajo. Crisis en profundidad. Pero hay una lección para aprender: el Señor es santo, y no admite el pecado; el Señor es justo, y no tolera la injusticia; el Señor es Dios, y no anda a la par con los ídolos. Y si su pueblo se presta para el pecado, la injusticia o la idolatría, su cólera (reprobación) se hará sentir, porque él no hace distinciones.
Esta lección es válida en todo tiempo. Y lo es también para los cristianos. Iglesias o sociedades formadas por cristianos que cometan pecado, injusticia o idolatría, se derrumban bajo el peso de su propia maldad. El Cordero de Dios vino a quitar «el pecado del mundo». Si invocamos al Señor y practicamos el mal, estamos de parte del pecado del mundo, y, por eso, lejos del Señor. Antes de comulgar reconocemos que no tenemos títulos para reclamar su presencia en nuestras vidas; por eso le pedimos que nos libre de la complicidad con el pecado del mundo. Y él lo hace. Y nosotros debemos mantenernos lejos de toda iniquidad para estar cerca de él y evitar la ruina que provoca la injusticia. Ser justo es el único modo de permanecer con él.
Feliz sábado en compañía de María, la madre de Jesús.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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