La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

340
Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Año I

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria obligatoria
Color: blanco

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,1-2.12-14):

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por disposición de Dios, nuestro salvador, y de Jesucristo, nuestra esperanza, a Timoteo, verdadero hijo en la fe. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 15,1-2a.5.7-8.11

R/.
 Tú, Señor, eres el lote de mi heredad

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,39-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general
Viernes de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Esta carta es una de las tres llamadas «pastorales» (las otras dos son 2Tim y Tit), de discutida autenticidad por razones históricas y de lenguaje. Los datos de Hch y Rom no coinciden con los de estas cartas, y la terminología y la fraseología difieren mucho, y a veces contrastan. Lo más probable es que –como en la carta a los colosenses– sendos discípulos de Pablo hayan adaptado las enseñanzas del apóstol a las nuevas circunstancias, incluso citando escritos del mismo que no estaban registrados. De hecho, muestran comunidades preocupadas por cierto tipo de predicadores que generaban confusión y que las obligan a organizarse para defender la doctrina y las costumbres cristianas.
Timoteo era natural de Listra, Asia Menor, hijo de padre pagano y madre judeocristiana, de nombre Eunice (cf. Hch 16,1-3; 2Tim 1,5), convertido durante el primer viaje misionero de Pablo (cerca del año 47); dos años más tarde lo acompañó en su segundo viaje y se incorporó a su equipo de compañeros. Estuvo en Roma durante el arresto domiciliario de Pablo (cf. Col 1,1; Flm 1). Era relativamente joven cuando fue encargado de la Iglesia de Éfeso (cf. 1Tim 4,12). Algunos pasajes sugieren que era tímido por naturaleza (cf. 1Cor 16,10), y tenía una salud frágil (cf. 1Tim 5,23).
 
1Tim 1,1-2.12-14.
Esta primera selección del leccionario contiene dos fragmentos. Tras el exordio (vv. 1-2) que comienza toda carta, omite lo relativo a la misión de Timoteo en Éfeso y a la justificación de dicha misión (vv. 3-8) para tomar unas reminiscencias del autor sobre su pasado anticristiano seguidas de sus manifestaciones de gratitud «al Mesías Jesús, Señor» (vv. 12-14).
1. Remitente, destinatario y saludo.
Remitente. «Pablo», quien se autodesigna como «apóstol». La mención del título de apóstol aparece en cartas solemnes (cf. Rom, 1 y 2 Cor, Gal, Efe, Col); en las más familiares (Fil 1 y 2 Tes, Flm) no aparece. La apelación a la condición de «apóstol del Mesías Jesús» es indicio de recurso a la autoridad del Mesías, puesto que dicha condición se remite a una «disposición (ἐπιταγή) de Dios nuestro salvador». En las cartas pastorales, el título «salvador» se predica tanto de Dios (cf. 1Tim 1,1; 2,3; 4,11; Tit 1,3; 2,10; 3,4) como de Jesús (cf. 2Tim 1,10; Tit 1,4; 2,13; 3,6). En el Antiguo Testamento se reserva a Dios, y algunas veces se aplica a los jueces de Israel; fuera de las cartas pastorales, en el Nuevo Testamento se reserva a Jesús, con escasas excepciones (cf. Lc 1,47; Jud 25). Aquí Jesús es presentado como el «Mesías de nuestra esperanza». El objeto de dicha esperanza, en la carta, es Dios como salvador universal (4,10) y providente (6,17), o en su condición de refugio de los desamparados (5,5).
Destinatario. «Timoteo», a quien el remitente denomina «hijo legítimo en la fe». El sustantivo «hijo» (τεκνον) denota al descendiente, y connota los dolores del parto; el adjetivo «legítimo» (γνησιος) denota lo genuino y connota el afecto. El pronombre «nosotros» se refiere tanto al remitente como al destinatario. Como descendientes de judíos, tienen una esperanza común («nuestra esperanza»), basada en la promesa divina, que se cumple en Jesús, Mesías.
Saludo. Su contenido es el favor («la gracia»: expresión del amor divino, que es gratuito), la «misericordia» (ayuda divina) y la «paz» (felicidad: armonía con Dios y los hombres). El origen de estos tres dones está, juntamente, en Dios Padre y el Mesías Jesús, «Señor nuestro». Esto sugiere que tales dones se dan con el Espíritu Santo, mencionado solo una vez (cf. 4,1), quizá por el hecho de que la carta insiste más en la organización que en lo carismático-profético, o sea, que el don del Espíritu implica los tres que se separan en el saludo. Este saludo aparece así únicamente aquí y en 2Tim 1,2; habitualmente, Pablo usa la fórmula breve «gracia y paz». La «misericordia», puesta en medio, implica la particular necesidad de la misma para Timoteo.
[Siguen tres advertencias omitidas por el leccionario (vv. 3-11):
a) Encargo de Timoteo: impedir la enseñanza de doctrinas que desvían de la fe.
b) Ese palabrerío delata un vacío de amor, por el cual surgen los «maestros de la Ley».
c) La ley es buena si no hay fe, sobra si la hay. Vale para los que no viven el Evangelio.]
2. Reminiscencia agradecida.
Pone en labios del apóstol una sentida acción de gracias haciendo memoria de su conversión personal: agradece al Mesías Jesús, «Señor nuestro», tanto el hecho de haberle dado fuerzas como la confianza que depositó en él al ponerlo a su servicio (honor que le confiere) para ir en su nombre a anunciar la buena noticia («disposición de Dios»: 1,1). Reconoce que «antes» de dicha conversión él era «blasfemo, perseguidor e insolente». Con este reconocimiento está dando a entender que no tenía méritos para el apostolado, y acentúa el hecho de la gratuidad de su envío y, por consiguiente, la generosidad del Señor, que no tuvo en cuenta su pasado. Él reconoce que cuando perseguía a la Iglesia desconocía la fe. Su falta de fe lo condujo a la ignorancia; la fe lo llevó a una experiencia que es fuente de un saber superior.
Dios lo socorrió con grande misericordia (cf. 1,2), para sacarlo de la ignorancia en la que él se encontraba sumido, porque lo impulsaba un celo fanático por las cosas de Dios. El Señor se desbordó en generosidad, llevándolo a la fe y a la experiencia del amor cristiano, que lo sacó de su ignorancia. Esta «misericordia» que Dios tuvo de él (cf. 1,16) es la que él le deseó a Timoteo en su saludo de forma enfática y explícita, dada la importancia que le atribuye. En efecto, él da testimonio de que esa misericordia lo ayudó a pasar de su condición de hombre de exaltadas convicciones religiosas a hombre de fe y de amor cristiano (cf. 1,14).
Timoteo tiene que enfrentar las pretensiones de algunos que se presentan como «maestros de la Ley» y, con sus enseñanzas, no están formando a la gente «en la fe como Dios quiere» (cf. 1,3-4.6-7). El encargo de Timoteo «tiene por objeto el amor mutuo, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sentida» (1,5). Para eso requiere la misericordia de la que el mismo Pablo fue destinatario y en el presente agradece al Señor.
 
Cuando las ideas (o las ideologías) cobran más importancia que la fe y el amor cristiano, surge el fanatismo y surgen los diversos «maestros» en las comunidades, y «llevan más a discusiones que a formar en la fe como Dios quiere» (1,4). Esta carta da un dramático testimonio de hasta dónde pueden conducir esos «maestros» las comunidades.
Todo cristiano es un pecador en el que Cristo se fijó. El antiguo catecismo de Gaspar Astete nos enseñaba a decir que «somos cristianos por la gracia de Dios», no por méritos nuestros. El «género testimonial» siempre marca la diferencia entre el «antes de Cristo» y el «después de Cristo», que no es un dato del calendario universal, sino un hecho que llena de alegría la vida del verdadero creyente. Pablo subraya, en este caso, la gran misericordia del Señor que se necesita para salir de la condición pecadora y fanática.
Al comenzar la celebración de la eucaristía reconocemos nuestra condición de pecadores y pedimos perdón por nuestros pecados; y antes de comulgar reconocemos no tener títulos para merecer la comunión con el Señor. Pero lo recibimos porque necesitamos su amor para tener las fuerzas que necesitamos para abandonar del todo nuestro pasado pecador.
Feliz viernes.

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí