La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado www.diocesisdesincelejo.org)

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

La Palabra del día

Cuando esta fiesta no cae en domingo, se elige sólo una de las siguientes lecturas antes del Evangelio.

Cuando alguien era mordido,
miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado

Lectura del libro de los Números     21, 4b-9

En el camino, el pueblo perdió la paciencia y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!»
Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas.
El pueblo acudió a Moisés y le dijo: «Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes.»
Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le dijo: «Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado.»
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado.

Palabra de Dios.


SALMO
     Sal 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38 (R.: cf. 7b)

R.
 No olviden las proezas del Señor. 

Pueblo mío, escucha mi enseñanza,
presta atención a las palabras de mi boca:
yo voy a recitar un poema,
a revelar enigmas del pasado. R.

Cuando los hacía morir, lo buscaban
y se volvían a él ansiosamente:
recordaban que Dios era su Roca,
y el Altísimo, su libertador. R.

Pero lo elogiaban de labios para afuera
y mentían con sus lenguas;
su corazón no era sincero con él
y no eran fieles a su alianza. R.

El Señor, que es compasivo,
los perdonaba en lugar de exterminarlos;
una y otra vez reprimió su enojo
y no dio rienda suelta a su furor. R.

Se anonadó a sí mismo. Por eso, Dios lo exaltó

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos     2, 6-11

Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor.»

Palabra de Dios.


ALELUIA

Aleluia.
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos,
porque con tu cruz has redimido al mundo.
Aleluia.


EVANGELIO

Es necesario que el Hijo del hombre
sea levantado en alto

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     3, 13-17

Jesús dijo a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

3 de mayo.
Exaltación de la Santa Cruz.
 
Esta fiesta se originó en la dedicación de la basílica que se erigió en Jerusalén para mostrarle al pueblo la cruz en la que murió Jesús. Hoy se toma como un motivo para reflexionar en el hecho de que Jesús murió en la cruz, y en lo que este hecho significa para los suyos.
La cruz, como patíbulo, es de origen persa; los romanos la importaron como instrumento para ejecutar a los esclavos rebeldes y a los antisociales. El hecho de «levantar» al condenado a muerte tenia la finalidad de exhibirlo públicamente como «ajusticiado» y proponerlo como advertencia, con el fin de que sirviera de escarmiento tanto a los esclavos como a los criminales, y lograr así que desistieran de sus intenciones rebeldes o criminales.
 
1. Primera lectura (Num 21,4b-9).
Para comprender mejor este relato hay que tener en cuenta que en hebreo se da un parentesco entre «serpiente» (נָחָשׁ) y «bronce» (נְחֺשֶׁת נְחוּשׇׁה) con el verbo «adivinar» (נחשׁ). Y también hay que recordar que la «rebelión» en el Antiguo Testamento no significa oponer resistencia a una tiranía, sino resistirse a la oportunidad que el Señor brinda para alcanzar la libertad.
El pueblo rescatado se desanima, siente extenuante el camino y se da a difamar la liberación de que está siendo objeto. En vez de un camino de vida, ve un lazo de muerte, el maná le parece miserable. Esto describe la situación de quienes ansían la libertad, pero no están dispuestos a su conquista, sino que pretenden alcanzarla sin esfuerzo alguno de su parte.
El autor atribuye a Dios la consecuencia de la maledicencia del pueblo: surgen entre el pueblo «las serpientes, los serafines» (literalmente: הַנְּחָשׂים הַשְּׂרָפִם), que eran seres mitológicos de origen egipcio, representados como serpientes con alas, que adornaban el trono del faraón. O sea, la maledicencia genera el pánico supersticioso de que los dioses protectores del faraón van a hacer fracasar el éxodo del Señor. Este miedo entraña desconfianza (falta de fe); temen que los dioses tutelares del faraón sean más fuertes que el Señor que los sacó del dominio egipcio.
Por eso, muchos «mueren» (caen en el engaño) y desisten del éxodo. La mentira supersticiosa se apodera de quienes le dan crédito, y estos son sus primeras víctimas. Sin poder alguno, dado que no son seres reales, las «serpientes» dominan la situación, generan caos, envenenan a muchos de los rescatados de la servidumbre y los someten de nuevo con el mismo temor a la muerte con el que antes habían sido dominados en Egipto. Crearon su propio enemigo y se le rindieron.
Cuando el pueblo reconoce su pecado y recurre a la intercesión de Moisés, el Señor le indica que haga para sí un serafín (שָׁרָף) y lo coloque en un palo, para que todo el que sea mordido viva al verlo. Moisés, sin embargo, hace una serpiente (נָחָשׁ) de bronce, que cumple ese cometido. Aquí de lo que se trata es de enfrentar (ver) el propio miedo con fe en el Señor y confianza en la guía de Moisés. Esto le dará vida al pueblo. Y lo que era causa de muerte, por esa fe y esa confianza, se vuelve ocasión de vida. La «serpiente de bronce» (instrumento de superstición) puesta en alto pasa de ser un objeto de temor a convertirse en oportunidad para reconocer que el Señor que ha liberado a los israelitas del poder del faraón los salva (les de vida) en cualquier lugar.
 
2. Evangelio (Jn 3,13-17).
«Subir al cielo para quedarse» es un modo de expresar el logro definitivo de la condición divina con la aceptación de Dios. «Haber bajado del cielo» expresa la adquisición inicial de la condición divina gracias al nacimiento «de arriba» (y «de nuevo») por la libre acción del Espíritu Santo. Esa condición divina, que el ser humano pretendió usurpar por asalto, instigado por la serpiente (cf. Gen 3,1-5) está al alcance, amorosamente ofrecida por Dios por medio del «Hijo del Hombre», o sea, por medio del «hombre por excelencia», que no es una figura de poder, sino expresión de la generosa entrega total de sí mismo. La condición divina se logra por esa entrega de amor.
Dicha entrega contradice nuestros razonamientos y sentimientos egoístas. Por eso, «el Hijo del Hombre» es propuesto como Moisés propuso la «serpiente» en el desierto, para que quien haga de su entrega el programa de su propia vida derrote el miedo a la muerte y descubra el camino de la vida plena y definitiva («eterna»). Jesús, «levantado» en la cruz como signo del poder para matar que tiene «el mundo», pero «levantado» mucho más alto, hasta el cielo, como signo de la capacidad vivificadora propia del Padre, es un desafío a la fe. Quien le dé su libre adhesión verá que esa entrega hasta la muerte no termina en el fracaso, sino en la más resonante victoria.
«Dios es amor» (1Jn 4,7.16), y demuestra ese amor con la entrega de su Hijo, que es como darse a sí mismo. para que el que lo acepte tenga vida y no perezca. Así, la fe consiste en aceptar a ese Dios que se entrega por medio de su Hijo y como él. Esta aceptación entraña un cambio, una conversión. No se trata de un Dios que sentencie y condene, sino del Dios que en Jesús ofrece la oportunidad de salvarse. Adviértase que se lee: «para que el mundo por él se salve» (v. 17). El «mundo» –la humanidad, en este caso– no es un objeto pasivo sino agente activo de su propia salvación. Por eso, aunque Dios tiene un designio universal de salvación, el mundo tiene la responsabilidad (capacidad de responder) para salvarse. Y la respuesta hay que darla al «Hijo del Hombre» levantado en alto, crucificado.
 
La muerte de Jesús en la cruz significa dos cosas diametralmente opuestas:
1. Para los verdugos de Jesús:
• En el caso de los judíos: implica que él murió como maldito de Dios, porque así estaba escrito en la Ley de Moisés: «Maldito el que cuelga de un leño» (Dt 21,23)
• En el caso de los romanos: Según sus propias leyes, Jesús murió como un antisocial que había sido vendido a precio de esclavo. Declararse a su favor era un estigma.
2. Para los seguidores de Jesús:
• La muerte de Jesús es cumplimiento del mandamiento del Padre (cf. Jn 10,18) para rescatarnos de la maldición (cf. Gal 3,13-14). En este horizonte de comprensión, la cruz es consecuencia de la coherencia de Jesús: fue crucificado por ser fiel al amor del Padre
• La cruz de Jesús, aunque los judíos la consideren un escándalo, y los paganos una locura (cf. 1Cor 1,23), para nosotros es portento y sabiduría de Dios (cf. 1Cor 1,24), de la cual nos gloriamos (cf. Gal 6,14a). No nos avergüenza adorar a Jesús crucificado.
En la cruz del Mesías nosotros estamos muertos para el mundo, y el mundo está muerto para nosotros (cf. Ga 6,14b). Esto quiere decir que, al portar una cruz en el pecho, como solemos hacer con frecuencia, declaramos públicamente que ni somos cómplices de la injusticia (pecado) del mundo ni queremos llegar a serlo.
La celebración de la eucaristía recuerda y actualiza el sacrificio de la cruz. En ella aprendemos a enfrentar nuestro miedo supersticioso a la muerte. Cada vez que comemos con Jesús, renovamos nuestro compromiso de solidaridad con él tanto en la vida como en la muerte, y escuchamos ahí su invitación: «quien quiera venirse conmigo, reniegue de sí mismo, cargue su cruz, y sígame» (Mc 8,34).
Feliz fiesta.

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