La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la V semana de Cuaresma

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (20,10-13):

OÍA la acusación de la gente:
«“Pavor-en-torno”,
delatadlo, vamos a delatarlo».
Mis amigos acechaban mi traspié:
«A ver si, engañado, lo sometemos
y podemos vengarnos de él».
Pero el Señor es mi fuerte defensor:
me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso,
con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado
y sondeas las entrañas y el corazón,
¡que yo vea tu venganza sobre ellos,
pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor,
que libera la vida del pobre
de las manos de gente perversa.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 17,2-3a.3bc-4.5-6.7

R/.
 En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

V/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

V/. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

V/. Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.

V/. En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,31-42):

EN aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Elles replicó:
«Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?».
Los judíos le contestaron:
«No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».
Jesús les replicó:
«¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.
Muchos acudieron a él y decían:
«Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad».
Y muchos creyeron en él allí.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Viernes de la V semana de cuaresma.
 
En todos los tiempos, pero sobre todo en los tiempos de persecución, acucia la pregunta de en dónde está Dios cuando sus hijos son deshonrados, vistos con sospecha o perseguidos. No faltan quienes se pregunten si él presencia ese atropello «impasible e inmutable», como dicen algunos pensadores. Hay que preguntarse y responder con honradez si le importa la vida de sus fieles. Sí le importa, él no se desentiende, pero actúa movido por amor a todos, «pues él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).
La percepción de ausencia o indiferencia por parte de Dios corresponde a una visión equivocada de él. Quienes esperan intervenciones divinas aplastantes para condenar a los culpables muestran que no conocen al Dios del cual hablan, ni tampoco su forma de actuar. Es decir, no conocen (por experiencia) a Dios y su obra. No conocen al salvador, se imaginan un poderoso tirano.
 
1. Primera lectura (Jer 20,10-13).
La expresión que Jeremías había usado por mucho tiempo («terror por doquier»: cf. 6,25; 20,4; 46,5; 49,29) la parodian ahora sus enemigos cuchicheando contra él. Sus compatriotas esperan la oportunidad de desquitarse de él por sus denuncias. Ellos aguardan a que la «ingenuidad» del profeta –esperando que Dios lo protegerá– les va a permitir actuar en su contra y obtener la revancha: hacerle violencia y desquitarse. El Señor lo ha expuesto a las iras de la multitud, y él se encuentra desprovisto frente a ella. El que antes infundía miedo con sus oráculos ahora siente miedo de sus enemigos, a pesar de la promesa del Señor (cf. Jer 1,8.17). El profeta, sin embargo, siente que el Señor está cerca y se apoya en él como su firme defensor («el Señor está conmigo como fiero soldado») y confía en el fracaso de sus perseguidores («mis perseguidores tropezarán y no me vencerán»). A la larga, serán ellos los que hagan el ridículo ante la historia («sentirán la confusión de su fracaso, un sonrojo eterno e inolvidable»). No obstante, reconoce la capacidad asesina que ellos exhiben.
El único apoyo del profeta es el Señor. Jeremías tiene claro que todo crimen entraña su propio castigo, y que toda mala acción tiene como consecuencia mucho sufrimiento. En la convivencia humana hay como un principio de equilibrio que se restaura a sí mismo. Por eso no procede él personalmente a castigar a sus perseguidores. Él espera a que ellos fracasen, como consecuencia de sus actos, y por eso se dirige al «Señor de los ejércitos» (el Dios de la creación y de la historia), para pedirle que lo defienda; se abandona en las manos del Señor, en quien encuentra censura el mal y retribución el bien (cf. Dt 32,35). Detrás de esta plegaria están la preocupación por la gloria del Señor, que es justo y no apoya la injusticia (cf. Sir 36,1-17), y el afán de alabarlo por sus obras en favor de su pueblo fiel (cf. Est 13-14, griego).
Y se anticipa a cantar agradecido, dando por seguro que será escuchado, porque «el Señor de los ejércitos» es salvador. Se declara «pobrecillo» (אֶבְיוֹן), probado por «los malvados» que lo hacen sufrir, pero confiado en el Señor que le garantiza su acompañamiento («yo estoy contigo»: 1,19).
 
2. Evangelio (Jn 10,31-42).
Como los dirigentes intentan de nuevo matarlo, Jesús los enfrenta ahora a las «obras excelentes» que él hace y les pregunta por cuál de ellas intentan apedrearlo. Las obras de la creación fueron valoradas por Dios como sobradamente excelentes (cf. Gen 1,31 LXX). Al referirse a las suyas como «excelentes», Jesús las relaciona con las del Padre.
La Ley prescribía la lapidación en numerosos casos, uno de ellos era la violación del precepto sabático, otro, la idolatría. Jesús es acusado por los dirigentes de ambas cosas. Ellos se escudan en su presunta ortodoxia y acusan de blasfemia a Jesús porque él se hace Dios. Pero él aduce un texto de la ley –aunque se distancia de ella («la Ley de ustedes»)–, texto que llama «dioses» a los jefes del pueblo (cf. Sal 82,6), a quienes la Ley les adjudica el encargo de hacer justicia, es decir, personas cuyo oficio les asigna una particular semejanza con Dios. Pero la exégesis judía también le asignaba esta condición al conjunto de los israelitas. Y no había razón para eliminar tal texto de la Escritura. Con mayor razón puede decirlo él de sí, porque es consagrado por la unción del Espíritu de Dios y enviado al mundo por el Padre, ya que la semejanza con Dios no radica en el poder de juzgar y condenar, sino en su amor que «salva» (da vida), razón por la cual participa de un modo privilegiado de la santidad divina.
Y vuelve a insistir en sus obras como su credencial de ser Hijo, Consagrado y Enviado del Padre. Las otras credenciales (las jurídicas que ellos ostentan, el mensaje que él anuncia) no cuentan, sino las obras; ellas los van a llevar a conclusión de que, por estar identificados el Padre y Jesús, su objetivo es el mismo: dar vida. Ya han reconocido que las obras de Jesús son «excelentes», así que los remite a esas obras: si lo que Jesús hace (liberar y salvar) no es lo propio del Padre, ellos tendrían razón para no creerle. Reconocer que sus obras son las del Padre los conduciría a aceptar la unión de propósito y de obra que hay entre él y el Padre. Pero ellos, una vez más, insisten en detenerlo para matarlo, pero Jesús se les escapó de las manos.
Por eso Jesús, después de romper con la institución opresora, pasa el Jordán, como Josué, pero en dirección contraria, fuera de Judea, a donde muchos lo siguen; ahora la «tierra prometida» es otra, y «allí» (lejos del templo y de Jerusalén), se forma la nueva comunidad por la adhesión a él. Nuevamente se hace mención del testimonio de Juan Bautista a favor de Jesús (cf. 1,15.19-35; 3,22-30; 5,33-36), mención que sumada a las anteriores arroja un total de cinco, lo que certifica que las Escrituras (o Moisés: el Pentateuco) dan testimonio a favor de él (cf. 5,39-40.46).
 
Mientras se siga pensando que el mayor atributo de Dios es el poder, el atropello y la muerte seguirán ejecutándose en su nombre. Cuando se admite que Dios es amor, y que este es su atributo capital, entonces no queda más camino que seguir a Jesús realizando obras de amor para darle vida a la humanidad. Lo que importa no es la teología teórica, que puede ser clara o confusa, sino la experiencia del amor del Padre, que es la «luz de la vida». A esta experiencia se llega por un solo camino, Jesús, quien nos revela la «verdad» de Dios.
Las grandes obras del Padre son la creación, la liberación y la salvación. Son las «obras excelentes» que los seguidores de Jesús podremos mostrar para certificar nuestra condición de hijos de Dios. El empeño por restaurar el orden de la creación e instaurar el reino de Dios trabajando en favor de la libertad humana y ofreciendo la mejor calidad de vida al género humano mostrará nuestra identificación con el Padre, como lo hizo Jesús.
Por eso, en la celebración de la eucaristía lo más importante es la «comunión» espiritual con el Señor, de modo que pudiéramos decir: «Jesús y yo somos uno». No basta recibir la hostia, hay que asimilarse a Jesús.
Feliz viernes.

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