La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la I semana de Adviento

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (30,19-21.23-26):

ESTO dice el Señor, el Santo de Israel:
«Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén,
no tendrás que llorar,
se apiadará de ti al oír tu gemido:
apenas te oiga, te responderá.
Aunque el Señor te diera
el pan de la angustia y el agua de la opresión
ya no se esconderá tu Maestro,
tus ojos verán a tu Maestro.
Si te desvías a la derecha o a la izquierda,
tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: “Éste es el camino, camina por él”.
Te dará lluvia para la semilla
que siembras en el campo,
y el grano cosechado en el campo
será abundante y suculento;
aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas;
los bueyes y asnos que trabajan en el campo
comerán forraje fermentado,
aventado con pala y con rastrillo.
En toda alta montaña,
en toda colina elevada
habrá canales y cauces de agua
el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
La luz de la luna será como la luz del sol,
y la luz del sol será siete veces mayor,
como la luz de siete días,
cuando el Señor vende la herida de su pueblo
y cure las llagas de sus golpes».
Palabra de Dios

Salmo

Sal 146,1-2.3-4.5-6

R/. Dichosos los que esperan en el Señor

V/. Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R/.

V/. Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R/.

V/. Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,35–10,1.6-8):

EN aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

Sábado de la I semana de Adviento.
 
La segunda consecuencia de la fe es una experiencia de «salvación» (nueva vida), que el seguidor de Jesús tiene gracias al don del Espíritu Santo. La fe es la respuesta del ser humano a la propuesta que Dios le hace por medio de Jesús; y la infusión de vida es la respuesta de Dios a la fe. Así se realiza el diálogo de la salvación: a una fe más firme responde Dios con una experiencia mucho más intensa del don del Espíritu Santo. Al principio, Abraham entendió la promesa como «un descendiente»; después, como una descendencia tan numerosa con la arena del mar o las estrellas del cielo; más tarde, sus descendientes la entendieron como la garantía de supervivencia para el pueblo; luego, como supervivencia personal y, finalmente, con Jesús, quedó claro que la promesa era el don del Espíritu para vivir eternamente como Dios.
 
1. Primera lectura: promesa (Isa 30,19-21.23-26).
La salvación tiene dos obstáculos, la injusticia y la negación del derecho. El injusto se aparta de Dios; el transgresor del derecho, del prójimo. Por eso tarda la salvación, porque el Señor es recto y justo. Pero él está siempre dispuesto a apiadarse (cf. Isa 30,18), a escuchar al pueblo que llora y gime (cf. Exo 3,7; 6,5), ya que en eso consiste su justicia (cf. Isa 5,16 con 30,18), y por ello la dicha de los que esperan en él está fuera de duda (cf. Isa 56,2; Sl 1,1; 2,12; 32,1-2; 33,12; 4,5). Las privaciones que sufre el pueblo («el agua tasada, el pan medido») son responsabilidad suya. El Señor siempre será el Maestro que guía al pueblo. Y, como maestro, indica que el pueblo debe dar dos pasos: la enmienda (v. 21: volver al derecho) y la conversión (v. 22, omitido: renunciar a los ídolos).
Tras esos dos pasos, el cumplimiento de la promesa de vida se desborda como un torrente:
En primer lugar, en la cultura agrícola: se acaba el tiempo del «agua tasada y el pan medido», y la vida abundará donde abunden las condiciones para la misma. La lluvia significará la bendición del trabajo del hombre anulando la maldición del pecado (cf. Gen 3,17-19); sobre la siembra se derramará generosa, y la tierra producirá cosecha que significará alimento suculento y abundante. Este alimento no es solo para el ser humano, como se aprecia a continuación.
En segundo lugar, en la cultura pecuaria: los ganados podrán pastar y estarán bien alimentados, de modo que los ayudantes del hombre en sus tareas disfruten a placer. El «forraje fermentado» (literalmente: «forraje salado») era un forraje especialmente preparado y muy apreciado por los ganados. Un proverbio árabe dice que «el forraje dulce es el pan para los camellos», pero que «el forraje saldado es su mermelada».
En tercer lugar, en la prodigalidad de la naturaleza: el agua abundante, expresada con una imagen audaz («de toda montaña, de toda colina… aguas abundantes»), quiere significar que la hechura de canales de riego reemplazará los trabajos de defensa («torres»: cf. Isa 2,112-15; 26,5). En tanto que el sol y la luna, considerados como divinidades paganas, pierden luz cuando el Señor viene a juzgar las naciones (cf. Isa 24,23), cuando él salva a su pueblo estos astros se ponen al servicio del Señor de los ejércitos para beneficiar a su pueblo.
 
2. Evangelio: cumplimiento (Mt 9,35-10,1.5-8).
Jesús viene ahora como Maestro («enseñando»), y con su enseñanza «curando» (θεραπεύων) todas las enfermedades y los dolores del pueblo (cf. 4,23-24), es decir, le pone remedio a la situación «proclamando la buena noticia del reino y curando así todo achaque y dolencia». Su mensaje, la alternativa del reino, le ofrece solución al malestar del pueblo que sufre. El verbo «curar» denota la iniciativa amorosa de Jesús que acude –antes de cualquier manifestación de fe– a hacer el bien.
La calidad de vida de las multitudes es muy precaria, «andaban como maltrechas y derrengadas» (una vida menguada), «como ovejas sin pastor» (convivencia carente de armonía y conducción). Lo primero que él hace es sensibilizar a sus discípulos para que tomen conciencia de la situación, y enseguida los invita a ponerse ellos a disposición del «dueño» de la mies (Dios, sembrador del mensaje) para realizar su designio (recoger la cosecha) como braceros suyos.
La tarea de la salvación exige una capacitación. En primer lugar, Jesús los dota de su «autoridad» (ἐξουσία), capacidad de estimular e impulsar la libertad de la gente. La palabra «autoridad» denota, en griego, la capacidad de actuar con autonomía y de estimular a los otros a proceder del mismo modo. El término «autoridad», en español, deriva del verbo latino «augeo», que significa «hacer crecer». En síntesis, «autoridad» es la capacidad de exteriorizar la propia libertad a fin de estimular el uso de la misma e impulsar el crecimiento humano de otros. Esta «autoridad» conferida por Jesús es el don del Espíritu Santo, que él les da a sus seguidores con una doble finalidad:
• Primera, expulsar (todos) los espíritus inmundos. Como el Espíritu Santo libera, los «espíritus inmundos» (que alejan de Dios) privan de libertad. Expulsarlos es liberar a los seres humanos.
• Segunda, como fruto de lo anterior, «curar» todo achaque (νόσος) y toda dolencia (μαλακία); o sea, invalidar la mentira que oprime la mente (νοῦς) y la ira que debilita la voluntad (μαλακίζω).
Las instrucciones limitan esta primera misión a los primeros destinatarios de la promesa, para ir en ayuda de las ovejas sin pastor («ovejas descarriadas»), han de llevar el mismo mensaje que él (cf. Mt 4,17) para infundir vida, como él, allí donde esta ha menguado por falta de amor. El amor se recibe gratuitamente, y así se entrega (θεραπεύω).
 
La salvación desborda la vida física, pero pasa a través de ella, porque la conversión a Dios, que obtiene el Espíritu, supone y exige la enmienda de vida, que reconoce y respeta el derecho del prójimo. No hay vida nueva (salvación) sin convivencia justa (enmienda), por eso el mensaje del reino empieza por poner remedio a la injusticia («curar»), y conduce a la más alta expresión de justicia (cf. 5,20), la del reino de Dios, que es la justicia derivada del amor cristiano.
El don del Espíritu Santo, que permite experimentar personalmente la salvación como don del amor del Padre, capacita también para amar del mismo modo, y, por lo mismo, para «salvar», es decir, para infundir esa misma vida. La vida que recibimos de modo gratuito, y del mismo modo transmitimos, se expresa en el sacramento de la eucaristía, que es don generoso de amor, y se ha de prolongar a través nuestro, en conmemoración gozosa de la entrega del cuerpo del Señor.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.

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