La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir

Color rojo

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (9,6-10):

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta.» El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 111,1-2.5-6.7-8.9

R/.
 Dichoso el que se apiada y presta

Dichoso quien teme al Señor 
y ama de corazón sus mandatos. 
Su linaje será poderoso en la tierra, 
la descendencia del justo será bendita. R/. 

Dichoso el que se apiada y presta, 
y administra rectamente sus asuntos. 
El justo jamás vacilará, 
su recuerdo será perpetuo. R/. 

No temerá las malas noticias, 
su corazón está firme en el Señor. 
Su corazón está seguro, sin temor, 
hasta que vea derrotados a sus enemigos. R/. 

Reparte limosna a los pobres; 
su caridad es constante, sin falta, 
y alzará la frente con dignidad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (12,24-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
10 de agosto.
San Lorenzo, diácono y mártir.
 
Natural de Huesca (hacia 225) Lorenzo es venerado no solo por la Iglesia católica, sino también por la Iglesia ortodoxa, la Comunión anglicana, la Iglesia luterana y otras. En el momento de su muerte, era diácono regionario de la Iglesia de Roma. Murió asado en una parrilla el 10 de agosto del año 258 (tendría unos 33 años), luego de declarar que la riqueza de la Iglesia eran los pobres.
Las lecturas de su fiesta recurren –ambas– a la metáfora de la siembra desde dos perspectivas complementarias:
1. La primera se refiere a hacer el bien siendo dadivoso. Diferencia entre dos formas de sembrar: una tacaña y otra generosa. La siembra generosa se hace por convicción y obtiene la desbordante bendición de Dios. Concreta la quinta bienaventuranza: «dichosos los misericordiosos, porque esos obtendrán misericordia» (Mt 5,7).
2. La segunda se refiere al don de sí mismo. La propia vida es como una semilla que se disuelve en la tierra para dar origen a una vida superior pero contenida en ella. En «este mundo», tener apego a la propia vida es congraciarse con el sistema injusto; en cambio, subordinar la propia vida al reino de Dios es romper con ese sistema, pero también es unirse al Señor para servir a la humanidad, lo cual recibe como recompensa la herencia del Padre, la vida eterna. Concreta esto la octava bienaventuranza: «Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque esos tienen a Dios por rey» (Mt 5,10), y su desarrollo, propuesto por Jesús (cf. Mt 5,11-12).
 
1. Primera lectura (2Co 9,6-10).
En la visita que Pablo hizo a Jerusalén «para conocer a Pedro» (Ga 1,18), Santiago, Pedro y Juan, «que eran considerados como columnas» (Ga 2,9), le pidieron que interesara a los paganos en la situación de los «pobres» de la comunidad cristiana en Judea (cf. Ga 2,10). Pablo asumió dicho encargo con empeño y dedicación. Pero hizo más que una simple colecta, evangelizó.
La primera experiencia del cristiano es el amor, por el cual conoce a Dios y se siente reconocido por él. Este amor se traduce en una experiencia de vida-salvación (cf. 2Co 1,8-10), de alegría en la vida comunitaria (cf. 2Co 1,24-2,3), y de libertad, gracias a la presencia del Espíritu del Señor en el corazón de quien se ha convertido a él (cf. 2Co 3,17).
El cristiano muestra su fe por el amor, su libertad por el desprendimiento y la generosidad, y esta por la solidaridad y la voluntad de compartir. La prodigalidad se compara a una siembra: cuantas más semillas se siembran, tanto más abunda la cosecha. Pero esta siembra no la rige la ley, sino la libertad; no la tasa ningún cálculo, sino la generosidad. Dios le da recompensa al que da «de buena gana», y no a disgusto o por una imposición legal.
Tener la capacidad de dar, y dar generosamente, es «gracia» de Dios (cf. 2Co 8,1) Quien da de buena gana se ve colmado de bienes para seguir siendo generoso; de esa manera Dios estimula y apoya al que hace el bien para que siga dándose y dando de lo que se le confía para que lo administre en bien de los demás.
 
2. Evangelio (Jn 12,24-26).
Jesús parte de una experiencia de la cultura agrícola de sus interlocutores: la semilla que produce cosecha es la que germina, y para germinar es preciso que «muera», pero esa muerte no termina en aniquilación sino en multiplicación de sí misma. La semilla que no germina se queda sola; la que germina, en cambio, produce otras iguales a sí misma («mucho fruto»).
Entonces establece una analogía implícita: cada discípulo suyo es como una semilla de vida nueva y de convivencia según el designio de Dios, y este, por el don de sí mismo, multiplica la vida en vez de menguarla. Y de allí avanza a una conclusión: mejor que dar es darse. En «este mundo», la tendencia dominante consiste en el afán por garantizar la propia supervivencia. Y esa tendencia perpetúa en el tiempo un sistema de vida egoísta y de convivencia injusta («el mundo»). En ese sentido, el que se «aferra a la propia vida» deteriora la convivencia social para asegurar la propia supervivencia. Y lo que logra es todo lo contrario: perjudica la calidad de su vida y deteriora la armonía de la convivencia social. En cambio, «desdeñar la propia vida» (siempre se refiere a la vida física: ψυχή) equivale subordinar los intereses individuales –como los plantea «este mundo»: ἐν τῷ κόσμῳ τούτῳ– en busca del reinado de Dios, e impulsa a darse a sí mismo para asegurar la convivencia humana (el «reino de Dios»). El discípulo «ayudante» (διάκονος) de Jesús imita la entrega de amor del maestro, que da vida eterna, y, por eso, recibe de parte del Padre la misma honra que el Hijo, la vida eterna (ζωή αἰώνιος). Ni pierde la vida ni cae en la infamia.
 
Como regionario, Lorenzo era testigo de la caridad y administrador de la solidaridad de la Iglesia. Para él, los realmente importantes eran aquellos a quienes servía con alegría y amor. Por eso, al preguntársele dónde tenía las riquezas de la Iglesia, y él reunir los pobres a los que atendía, no lo hizo para burlarse del déspota y desatar su ira, sino porque eso era lo él que creía y sentía.
Quien considera su propia vida como semilla que ha de sembrar para que germine y produzca fruto, vive su vida cristiana al estilo del maestro, no se amolda a «este mundo» injusto, sino que se empeña por construir el reino de Dios, y sirve a los demás sin servirse de ellos.
Comulgar con Jesús es asumir en favor de otros el compromiso de trabajar por un mundo nuevo y mejor, seguro de que el Padre le dará honra al lado de Jesús, como hizo con Lorenzo.
Feliz fiesta.

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