La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la I semana de Cuaresma. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (26,16-19):

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.
Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,1-2.4-5.7-8

R/. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

V/. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.

V/. Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.

V/. Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus decretos exactamente,
tú no me abandones. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Sábado de la I semana de cuaresma.
 
La tentación de superioridad, que tanto abunda en el mundo, se suele infiltrar en la Iglesia para hacernos presuntuosos y engreídos, y muchas veces inclinados a hacer sentir nuestra supuesta superioridad tratando de humillar o de hacer sentir inferiores a otras personas. Es una tentación perversa que ataca sutilmente a los hombres religiosos, aunque no a los de fe.
A menudo se plantea la pregunta de cuáles son las ventajas que tiene ser persona de fe en un mundo tan plural y relativista. Lejos de una actitud triunfalista y despectiva, el creyente tiene que afirmar serena y humildemente su vocación como algo abierto, accesible a todos, porque está destinada a todos. Esta es la prerrogativa del discípulo de Jesús: que él, por la experiencia que tiene del Padre, con su testimonio de vida puede enseñar a otros a ser semejantes al Padre y a actuar como él. Si llegara a faltar ese testimonio, no habría tal prerrogativa.
 
1. Lectura (Dt 26,16-19).
Después de reconocer la gesta liberadora y salvadora del Señor, con ocasión de las primicias, el israelita repartía el diezmo al levita, al emigrante, al huérfano y a la viuda como estaba estipulado y entonces podía dirigir su oración al Señor, dar gracias por la tierra recibida en heredad y pedir la protección divina sobre su pueblo (cf. Dt 26,1-15, omitido). Y sigue una exhortación.
 
Tres veces aparece en este texto «el día» (הַיּוֹם), la primera vez determinado, «este» (הַזֶּה), dándole solemnidad a las declaraciones que siguen: la presentación del documento de la alianza como contrato y los compromisos de cada parte.
• Como en Dt 4,4, se trata de la actualización de la gesta salvadora del Señor a favor de Israel. Primero, presenta la alianza hecha con «el Señor tu Dios» (el que lo sacó de Egipto) como una propuesta del Dios liberador. Si él tiene facultad para darle al pueblo «leyes y decretos», es en virtud de esa liberación de la que el pueblo ha sido objeto. La corresponde al pueblo guardarlos y cumplirlos «con todo el corazón» (por convicción y amor) y «con toda el alma» (como criterio de vida y de convivencia). «Guardarlos» implica valorarlos; «cumplirlos», ponerlos por obra.
• El pueblo se comprometió a aceptar esa alianza con el Señor: reconocerlo a él como su Dios y andar por sus caminos, guardar sus mandatos y escuchar su voz. Se observa que la opción (inicial) por el Señor se concreta luego en la prolongación del pacto con él («que él sea tu Dios»), en el seguimiento de sus caminos («éxodo») y en la permanente atención a su palabra viva («su voz»). Era de esperar la formulación: «él será tu Dios y tú serás su pueblo», pero esto último se explicita a continuación, ahora solo se enfatiza la relación de Israel con el Señor.
• El Señor se compromete a aceptar lo que el pueblo propone. Se atribuye al pueblo la propuesta de que a continuación se explicita. Ser pueblo del Señor, como él lo había prometido (cf. Exo 19,5), es ahora un compromiso (promesa de Dios, co-promesa del pueblo) que implica guardar «todos sus preceptos», darle prelación por encima de los otros pueblos –que también son obra suya–, y hacer de él su pueblo «santo» (aparte). Finalmente, se observa que el privilegio del pueblo radica en su elección y en su santidad.
 
Dicho privilegio se expresa en términos de reconocimiento, renombre y reputación. Estos son consecuencias de su elección, su alianza y su fidelidad en relación con el Señor. Los otros pueblos lo reconocerán, Israel gozará de renombre entre ellos, y crecerá su reputación.
 
2. Evangelio (Mt 5,43-48).
El amor conocido por los antiguos era de alcance restringido por varios motivos: la diversidad étnica, las leyes, los usos y las costumbres, los cultos religiosos, las disputas territoriales, el afán de predominio, las luchas por los medios de subsistencia, etc., generaban más hostilidades que acercamientos entre los pueblos.
 
El privilegio del discípulo de Jesús consiste en su posibilidad de ser como el Padre celestial:
• La condición de «hijos» suyos se demuestra amando por igual a todos los seres humanos y comunicando el Espíritu Santo, que transmite calidad y fecundidad a la vida humana. Ni siquiera el enemigo declarado queda por fuera del alcance del amor del Padre y de sus hijos. Este amor universal lo compara Jesús con la luz del sol y el agua de la lluvia, en el sentido de que favorece el desarrollo humano. Es preciso tener en cuenta que, en toda cultura agraria, el sol y la lluvia son factores determinantes para que las plantas germinen y fructifiquen. Cuando Jesús compara el amor del Padre celestial con el influjo benéfico del calor del sol y de la fecundidad de la lluvia, no solo piensa en que ambos hechos se dan para todos, sino también en ese influjo. Los odios y los rencores impiden el crecimiento humano, el amor universal lo impulsa.
• La perfección como la del Padre del cielo los hace distintos no por distanciarse de los otros en expresiones de odio, o de desprecio o por la exclusión social o religiosa, sino por su capacidad de amar, por la valoración y por su acogida de alcance universal. El ideal de perfección que Jesús propone no aparta de los demás, sino que remite a ellos. Más adelante advierte que esa perfección conduce al desarrollo pleno de la persona, a su madurez humana, desarrollo que se exterioriza en su libertad, en su desprendimiento y en su capacidad de hacerse solidario con los demás, en particular con los excluidos por las sociedades injustas (cf. Mt 19,21).
 
La actitud arrogante de los fanatismos religiosos no cabe en el seguimiento del Señor Jesús. La santidad no es pretexto para apartarse de los demás, sino eficaz estímulo para acercarse a ellos sin ínfulas de superioridad, con simpatía y espíritu de servicio. La condición de hijo de Dios se autentica en el impulso que se le dé al crecimiento humano y a la inclusión en la convivencia social. El privilegio de ser cristiano consiste en haber descubierto con alegría y sin temores que todos somos iguales, que el servicio engrandece a las personas, que el amor las ennoblece y les permite alcanzar su propia plenitud. Los demás dejan de ser vistos como enemigos o rivales para convertirse en estímulo a la propia realización personal.
 
Comulgar con Jesús compromete a «lavar los pies» (servir) a los demás como Jesús nos los lava a nosotros. Esto nos engrandece a todos, y nos da la seguridad de que el Señor está con nosotros.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.

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