La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la XXX semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,26-30):

El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios. Sabemos también que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 12,4-5.6

R/. Yo confío, Señor, en tu misericordia

Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío;
da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte,
para que no diga mi enemigo: «Le he podido»,
ni se alegre mi adversario de mi fracaso. R/.

Porque yo confío en tu misericordia:
alegra mi corazón con tu auxilio,
y cantaré al Señor
por el bien que me ha hecho. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,22-30):

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»
Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos»; y él os replicará: «No sé quiénes sois.» Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.» Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.» Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

Miércoles de la XXX semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
La esperanza cristiana le da contenido y respuesta a la expectativa humana. El ansia de libertad y vida de «la creación» (κτίσις: la humanidad entera) no solo es compartida, sino interpretada por «los que tenemos las primicias del Espíritu» (αὐτοί τὴν ἀπαρχὴν τοῦ πνεύματος ἔχοντες). Aquí se advierte una distinción entre «la humanidad» y «nosotros», cuyo rasgo diferenciador es el hecho de que «nosotros… poseemos el Espíritu».
Nosotros certificamos que la expectativa de la humanidad corresponde al designio de su Creador, y que a nosotros se nos asignó la responsabilidad de dar testimonio de que tal expectativa revela en el corazón humano la promesa de Dios a toda la «creación». Este es el punto en donde se articulan la promesa de Dios y el más profundo anhelo humano.
En esta tarea, «los que tenemos el Espíritu como primicias» no estamos solos, dejados a nuestras fuerzas y a nuestra imaginación. Dado que es una promesa que sobrepasa nuestra capacidad de imaginarla, el Espíritu acude en ayuda de los creyentes, para que podamos cumplir esa misión. Si la humanidad da testimonio de la esperanza en la promesa cuando espera que se revele lo que es ser hijo de Dios, y si los cristianos damos un testimonio explícito de esa esperanza fundados en el sentido que conocemos de la historia, el tercer testimonio corre por cuenta del Espíritu.
 
Rom 8,26-30.
El Espíritu es, a la vez, Dios mismo que se nos comunica, y capacidad de amor que Dios infunde en nosotros para que «conozcamos» a Dios por experiencia y nos «parezcamos» a él. Así somos partícipes de la gloria divina y capaces de irradiarla con nuestro testimonio.
1. Auxiliados por el Espíritu.
La esperanza cristiana induce a una espera activa. La primera actividad es la oración, entendida como discernimiento del designio divino y petición para que ese designio se realice en cada época de la historia. Por eso, es necesario discernir «las señales de los tiempos» con el fin de secundar la actividad de Dios en la historia. Sin embargo, la realidad del mundo es compleja y no siempre resulta fácil determinar qué tendencias favorecen el reinado y el reino de Dios.
La esperanza de la humanidad, confiada a las meras fuerzas humanas, corre el riesgo de perder fuerza o «constancia» (cf. 8,25) en razón de la fragilidad humana. El Espíritu viene en ayuda del cristiano sumándose a su intercesión (ὑπερεντυγχάνω, ὑπερ + ἐν + τυγχάνω: «encontrarse con») para que pueda hacer ese discernimiento («no sabemos») y esa petición («qué debemos pedir»). «El Espíritu en persona» lo hace potenciando el «gemido» de los que asumen como tarea propia ese trabajo de parto (cf. 8,22) que entraña la apropiación de la historia de la humanidad como su tarea correspondiente. El Espíritu les ayuda a entender y a pedir en comunión con Dios, Señor de dicha historia. El cristiano que ora de esa manera lo hace consciente de que el Espíritu actúa en él y a través de él, y se siente vocero de la humanidad entera.
«Escrutar el corazón» es una atribución de Dios (cf. Prv 20,27; Sal 139,1; 1Cor 4,5). Solo él puede identificar la presencia y la acción del Espíritu en el corazón humano e interpretar esos gemidos irreductibles a palabras, y reconocer la inspiración que le añade el Espíritu a esa intercesión para apoyar a los cristianos. La auténtica oración cristiana está animada por el Espíritu de Dios, y esto es lo que la hace reconocible como hecha «en nombre de» Jesús, es decir, en comunión con él.
2. Configurados con el Hijo.
Y Dios interviene, cooperando con los que lo aman, que son los que él ha llamado para realizar su designio. El designio divino favorece todo lo que contribuye a la realización de los que poseen las primicias del Espíritu. El amor divino realiza la sintonía de los cristianos con él a través del mismo Espíritu. Este amor se concreta, primero, en una elección, que se expresa en términos de conocimiento previo a la existencia (προγινώσκω), o predestinación (cf. Efe 1,4), y también en una previa destinación a reproducir en sí los rasgos del Hijo, de tal forma que este Hijo resulte siendo el mayor («primogénito») de muchos «hermanos» (iguales). Esto significa que el designio de Dios, realizado ejemplarmente por Jesús, se prolonga en la historia y en la geografía a través de una muchedumbre de «hijos» elegidos con la misma vocación y misión del Hijo primogénito. Además, estos hijos elegidos con tan honrosa destinación fueron «llamados», lo cual subraya la libertad de los mismos, porque la llamada, que es una iniciativa libre de Dios, exige una respuesta libre del hombre, que es la fe. Tras esa libre respuesta de fe, vino la rehabilitación, la condición de hombres renovados, nacidos de nuevo, a los cuales, finalmente, les comunicó su gloria, que es el Espíritu. Dios quiere y hace que cada cristiano sea una réplica de su Hijo. De hecho, tomó la iniciativa de acuerdo con su propósito, y por eso él «coopera en todo» para el bien de quienes él destinó a reproducir en sí «la imagen de su Hijo», configuración que se da por la gracia divina y la respuesta humana: Dios da su Espíritu, y el creyente se hace cada vez más «hijo» dejándose guiar por el Espíritu (cf. 8,14). Nótese que no se trata de una «predestinación» individual, como si se tratara de una anticipada programación del destino de cada uno, sino de la «predestinación» de la humanidad entera, a la cual responden libremente los que aceptan a Jesús como Mesías.
Pablo no describe propiamente las etapas de un proceso cronológico, ya que los hechos que va enumerando pueden coincidir. Quiere mostrar un dinamismo que se encamina a un objetivo, la «gloria» de la cual ya está revestido el Mesías y que nos será plenamente participada por medio de él. «Nosotros, que poseemos el Espíritu como primicia» de esa gloria, tenemos tan asegurada esa participación, que se justifica el empleo del tiempo pasado («les comunicó su gloria») cuando se trata de esta realidad (cf. 2Tes 2,13-14; Efe 1,11-13).
 
Los seguidores de Jesús tenemos la misión de orientar la historia de la humanidad. Disponemos de la común condición humana, creada para la libertad y la vida, y de la luz y la fuerza del Espíritu, que nos pone en sintonía con Dios y su designio, configurándonos con Jesús. Nuestra semejanza con Jesús es la condición para cumplir esa misión. El Espíritu nos capacita para ser hijos de Dios y hermanos de Jesús. Así nos «encarnamos» en la común condición humana –en sus coordenadas de tiempo (historia), espacio (geografía) y culturas (todas)–, interpretamos sus ansias de libertad y de vida y les damos respuesta proponiendo la persona, la obra y el mensaje de Jesús.
El primer anuncio de la fe no puede desentenderse de las circunstancias en que viven las personas (historia y geografía) y de sus relaciones con Dios, entre sí y con la naturaleza (cultura). Para dar respuestas acertadas, hay que escuchar atentamente las preguntas.
Y en la celebración de la eucaristía, actualizando la memoria del Señor, nos configuramos con él y nos dejamos conducir por su Espíritu para dar respuesta a nuestra misión y a la humanidad.
Feliz miércoles.

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