La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-Martes Santo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes Santo

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (49,1-6):

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:
– «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios. Y ahora dice el Señor,el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolvise a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza:
– «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15.17

R/. Mi boca contará tu salvación, Señor

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre;
tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído, y sálvame. R.

Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.

Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.

Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
– «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
– «Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
– «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
– «Lo que vas hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
– «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me busca¬réis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
«Donde yo voy, vosotros no podéis ir»»
Simón Pedro le dijo:
– «Señor, ¿a dónde vas?».
Jesús le respondió:
– «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
– «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
– «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Martes Santo.
 
La vocación y la misión le dan sentido a la vida y le permiten al ser humano lograr su plenitud. Quien ignora su razón de ser en este mundo, es decir, para ser quién y para hacer qué, carece de unidad y de propósito en su vida. Pero el asunto no se resuelve con tener una meta, es preciso que la meta sea digna de un ser humano, para que la vida tenga calidad humana. Jesús se propone él mismo como ideal de vida y de convivencia, y asegura la supervivencia definitiva a quienes lo sigan. Invita a todos y a cada uno a alcanzar la propia realización.
Pero Jesús no es el único que habla de plenitud, ni su oferta para alcanzarla es la única conocida. Incluso, se da el caso de que las otras ofertas tengan una presentación más halagadora, seduzcan más por su apariencia, y hasta se vean como más acordes con la razón. Esto indica que alcanzar la plenitud humana implica elegir el modo correcto de hacerlo, porque no basta con desearla.
 
1. Primera lectura (Is 49,1-6).
El oráculo completo tiene cuatro partes, de las cuales hoy se toman las dos primeras: Locución del Siervo y locución del Señor.
1. Locución del Siervo.
El «Siervo del Señor» habla de su vocación y de su misión. Llamado desde el vientre de su madre para ser enviado, su existencia tiene repercusión universal. Él ve su misión en estos términos:
• En el comienzo de su existencia está la raíz de su vocación: existe para ella. El Señor lo llamó por su nombre, es decir, de forma muy personal y definitiva.
• Es vocación universal para la palabra: su misión es radicalmente profética. Las imágenes de la espada y la flecha se complementan para sugerir el carácter incisivo de esa palabra.
• El Señor lo protege, porque lo reserva para el golpe certero, a pesar de que él, por momentos, se sienta derrotado. A través de su vida, manifestará el Señor su gloria.
2. Locución del Señor.
El Señor, que lo llamó y lo formó como «siervo suyo» para una misión histórica muy concreta, confirma el horizonte universal de la vocación y la misión de su Siervo:
• Es «poco» que su condición de Siervo del Señor se limite a restaurar la unidad del pueblo de Israel: restablecer las tribus y convertir el resto que quedó después del destierro.
• Su misión consiste en ser luz de las naciones, de modo que la salvación de Dios llegue a todos los pueblos de la tierra. Al Señor le interesan todos los seres humanos.
• Él revelará de forma inesperada la gloria del Señor: el Siervo del Señor ha venido siendo objeto de desprecio y reducido a condición de siervo de tiranos paganos; el Señor cambiará su suerte.
La obra que se anuncia es a favor del Siervo, no en contra de los dominadores. El Señor cambiará de tal modo la suerte de su Siervo que su acción provocará el respeto de los reyes y hará que los príncipes se postren de asombro y admiración por la lealtad del Santo de Israel. El Señor actúa generosamente en favor de quienes se fían de él.
 
2. Evangelio (Jn 13,21-33.36-38).
Continúa la interacción de Jesús con los suyos en ambiente de cena eucarística. En este relato se encuentran tres maneras de sentarse a la mesa con Jesús:
1. El discípulo predilecto.
No es designado con nombre propio, sino por su relación con Jesús, y desde la perspectiva de este. Es el discípulo «predilecto» de él, su discípulo ideal, el paradigma de discípulo:
• Conoce, acepta y responde al amor de Jesús. La relación entre ellos es de amistad.
• Es cercano a Jesús y lo trata con total confianza e intimidad. Se porta como amigo suyo.
• Tiene acceso libre a Jesús y goza de la confianza del Señor. Lo trata como a un amigo.
2. El discípulo inmaduro.
Es llamado por su nombre y por su sobrenombre, Simón Pedro, se singulariza con estos rasgos:
• No comprende el amor de Jesús ni le responde apropiadamente.
• Está lejos de Jesús, por eso no conoce su intimidad ni comprende su amor.
• Pretende ser más amigo de Jesús que los demás, y de estar dispuesto a morir por él.
• Separa el amor a Jesús del amor a la humanidad, no los vincula.
3. El discípulo traidor.
Llamado con tres nombres: Judas de Simón Iscariote:
• Por oposición a Jesús, responde con hostilidad a su amor, interiorizando los valores del sistema que le rinde culto al dinero («entró en él Satanás»).
• No come el «trozo» (¿de pan, de carne?) que le da Jesús, sino que sale con él en la mano: decide entregar a Jesús en manos de sus enemigos.
• Al alejarse de Jesús se interna en la noche, en la zona de «la tiniebla», es decir, en la ideología embustera y en la praxis de violencia (cf. Jn 8,44), zona de la que nunca se había desvinculado.
Uno de ellos se muestra realizado; otro, tiene la posibilidad de lograrlo; el tercero se niega dicha posibilidad por afirmar y ponerse al servicio de intereses mezquinos.
 
La vocación, la vida y la misión de cada cristiano se definen por su relación personal con Jesús. Él llama, infunde el Espíritu y envía. Y todo ello es fruto de su amor: Llama a salir de «la tiniebla» (ideología embustera) y del «mundo» (sistema social injusto), transmite el Espíritu Santo, amor que recrea, da libertad y experiencia de salvación, y envía a los regenerados, liberados y salvados a compartir su libertad y su vida con el resto de la humanidad.
Jesús se estremece al ver que, a pesar de su amor, uno de los suyos va hacia la muerte por seguir leal al sistema que le rinde culto al dinero. Reafirma su amor poniéndose en sus manos, dándose a él para que vuelva; responde con amor a la hostilidad de Judas, pero este ya ha decidido que lo va a abandonar. A Pedro lo invita a futuro, cuando comprenda el sentido de su entrega, pero ese momento está lejos por la inmadurez y el engaño que dominan a este discípulo. Solo el discípulo que lo conoce y lo sigue está en capacidad de acompañarlo hasta la cruz. Este es el que de verdad comulga con él, el que realmente come su carne y bebe su sangre. Este es el discípulo modelo.
Al sentamos a la mesa con Jesús, a menudo, nos sentimos habitados por actitudes encontradas: la amistad sincera del discípulo predilecto, la presunción infundada del discípulo inmaduro, y la distancia interior del discípulo traidor. A todos él nos ofrece su don, pero solo nos aprovecha en la medida en que respondemos a su amor con uno igual. Solo así nos realizamos como personas y como discípulos suyos.
Feliz Martes Santo.

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