La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XXIV semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (3,1-13):

Es cierto que aspirar al cargo de obispo es aspirar a una excelente función. Por lo mismo, es preciso que el obispo sea irreprochable, que no se haya casado más que una vez; que sea sensato, prudente, bien educado, digno, hospitalario, hábil para enseñar; no dado al vino ni a la violencia, sino comprensivo, enemigo de pleitos y no ávido de dinero; que sepa gobernar bien su propia casa y educar dignamente a sus hijos. Porque, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios quien no sabe gobernar su propia casa? No debe ser recién convertido, no sea que se llene de soberbia y sea por eso condenado como el demonio. Es necesario que los no creyentes tengan buena opinión de él, para que no caiga en el descrédito ni en las redes del demonio. Los diáconos deben, asimismo, ser respetables y sin doblez, no dados al vino ni a negocios sucios; deben conservar la fe revelada con una conciencia limpia. Que se les ponga a prueba primero y luego, si no hay nada que reprocharles, que ejerzan su oficio de diáconos. Las mujeres deben ser igualmente respetables, no chismosas, juiciosas y fieles en todo. Los diáconos, que sean casados una sola vez y sepan gobernar bien a sus hijos y su propia casa. Los que ejercen bien el diaconado alcanzarán un puesto honroso y gran autoridad para hablar de la fe que tenemos en Cristo Jesús.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 100

R/.
 Danos, Señor, tu bondad y tu justicia

Voy a cantar la bondad y la justicia;
para ti, Señor, tocaré mi música.
Voy a explicar el camino perfecto.
¿Cuándo vendrás a mí? R/.

Quiero proceder en mi casa con recta conciencia.
No quiero ocuparme de asuntos indignos,
aborrezco las acciones criminales. R/.

Al que en secreto difama a su prójimo
lo haré callar;
al altanero y al ambicioso
no los soportaré. R/.

Escojo a gente de fiar
para que vivan conmigo;
el que sigue un camino perfecto
será mi servidor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (7,11-17):

En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.
Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores.»
Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo Jesús: «Joven, yo te lo mando: levántate.»
Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.
Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.»
La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Martes de la XXIV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Luego de las recomendaciones respecto de la oración pública de las comunidades, el autor les da algunas normas de comportamiento, lo que sugiere que en este punto también era preciso marcar la diferencia. La presencia de las mujeres en las asambleas ya constituía una novedad con respecto de las sinagogas; por eso seguramente insiste en el decoro de su presentación y en la coherencia de la misma con su condición de cristianas (2,9-11). Es probable que, tratándose de un aspecto tan sensible, los cristianos no quisieran desentonar ni desafiar las costumbres admitidas, por eso confirma la dócil sujeción de la mujer al varón y la justifica con textos del Antiguo Testamento (no habría podido hacerlo con dichos del Señor), aunque, en el caso concreto de la maternidad, en vez de presentar como un castigo los dolores del parto, los ve como medio de salvación. Tal vez en esta postura influyó la prohibición del matrimonio que hacían los falsos doctores (4,3).
Entre las preocupaciones que tienen las comunidades cristianas en esta época, en la que pululan los falsos maestros, están la organización y la provisión de cargos con encargados aptos para las tareas del pastoreo de manera eficiente y ejemplar. El ímpetu misionero parece ceder lugar a la necesidad de protegerse de las insidias, por eso el énfasis está puesto en lo pastoral, que define el tono de estas cartas. Los cargos se denominan teniendo en cuenta los usos de la tradición y de las costumbres judías, pero se observa apertura al vocabulario del mundo pagano.
El término griego ἐπισκοπή, derivado de ἐπί («sobre») y σκοπή («observatorio») se puede traducir como «supervisión». De donde ἐπίσκοπος, literalmente, significa «supervisor».
De modo semejante, el término διάκονος designa al «servidor»-amigo, aquél que ayuda por afecto y en condiciones de igualdad.
 
1Tim 3,1-13.
El apóstol se refiere a estos dos cargos en las comunidades. Trata primero del ἐπίσκοπος (vv. 1-7), y enseguida de los διάκονοι (vv. 8-13). La primera observación que se puede hacer es que el primero es un cargo presentado en singular, en tanto que el segundo lo es en plural.
1. El ἐπίσκοπος o «supervisor».
Se trata de un cargo directivo. Por los rasgos que lo describen, no corresponde exactamente a la figura del «obispo» actual, pero sí se ve que es su origen. Se trata de un cargo de responsabilidad notable, de modo que el que aspira a él debe tener por cierto lo que se le dice a continuación (cf. 1,15: «Esta palabra es segura»), y saber que «no es poco lo que desea», dado que le exige estos requisitos: «ser intachable (ἀνεπίλεμπος: que no se apropia [de lo ajeno]), fiel a su única mujer, juicioso, equilibrado, bien educado, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni amigo de reyertas, sino pacífico y desinteresado; que gobierne bien su casa y que se haga respetar de sus hijos con dignidad». Esas son cualidades que se exigían de cualquier persona honorable, sobre todo si debía desempeñar cargos públicos. No hay requisitos específicamente cristianos, aunque algunos sean muy convenientes («hábil para enseñar»), sino valores humanos apreciados en todas las culturas. En la línea de la misión, está la reflexión de que es preciso ser capaz de gobernar la propia casa para cuidar la iglesia de Dios; también, la exigencia de que no sea recién convertido para evitar que se deje llevar de las ínfulas.
Es importante que «los de fuera» (de la Iglesia. Expresión tomada del judaísmo) lo estimen como hombre honorable, para que no desprestigie la comunidad. De no cumplir dichas exigencias, el dirigente se expondría a ser condenado como el «diablo» (διάβολος), es decir, el calumniador, el causante de divisiones, lo cual le impediría prestar su servicio.
2. Los διάκονοι o «auxiliares».
La misma yuxtaposición de «supervisores» y «auxiliares» se encuentra en Fil 1,1. Tal parece que se dio una doble nomenclatura: los «presbíteros» y «supervisores» (en plural), identificados (cf. Hch 20,17.28), y los «auxiliares». Los cargos de «supervisor» y «auxiliar» eran comunes entre los griegos y aún entre judíos; el cargo de «presbítero» pertenece más al mundo judío. Se supone que con el tiempo, entre los «presbíteros» se designó a uno solo como «supervisor» para gobernar, las comunidades de manera colegiada con los otros «presbíteros».
Paralelamente, los rasgos que describen a los auxiliares tampoco corresponden a los «diáconos» actuales, y los requisitos que se les exigen –bastante semejantes a los de los «supervisores»– son los que se le pedían a cualquier hombre honorable para el desempeño público: «respetables, hombres de palabra, no aficionados al vino ni al dinero».
En la línea de la misión, se les pide que guarden la fe revelada con una conciencia limpia; también ha de constar su honorabilidad antes de encargarlos del correspondiente servicio. El versículo 11 resulta ambiguo: no es claro si se trata de mujeres-auxiliares o de las mujeres de los auxiliares, el versículo 12 habla de la fidelidad de los auxiliares a sus mujeres y del gobierno de sus hijos y de sus casas, pero no se dice lo mismo respecto de las mujeres, que debería, en caso de que se tratara de mujeres-auxiliares. También en la línea de la misión, se enfatiza que, si es excelente su desempeño en el servicio (οἱ καλῶς διακονήσαντες), «se ganan una posición distinguida y mucha libertad para hablar de fidelidad cristiana». Lo primero corresponde a lo enseñado por Jesús, que «el que quiera hacerse grande ha de ser servidor» en la comunidad. Lo segundo se refiere a esa libertad interior que da el Espíritu y que se exterioriza en franqueza y autoridad.
 
La dirigencia en la comunidad cristiana, lo mismo que la cooperación en esa tarea, exige calidades humanas y arraigo espiritual en Jesús. El hecho de que se le dé tan amplio espacio a las primeras muestra la importancia que estas tienen para la organización y el pastoreo de las comunidades. En cambio, parecen suponerse el arraigo espiritual en Jesús y la lealtad a la comunidad eclesial. Por eso no es recomendable confiar estos cargos al «neófito», o recién convertido, porque tiene que madurar «el misterio de la fe en una conciencia limpia» (v. 9). Esta condición de «neófito» o de «respetable» no es mera cuestión de tiempo, sino de proceso y de adultez cristiana.
La comunidad no solo necesita organizarse, sino que sus servicios de organización han de estar a tono con las exigencias del pastoreo de la comunidad. Exigencias que dependen tanto del ritmo interno de vida de la comunidad como de los desafíos que a ella le plantean las circunstancias de los pueblos (cultura, organización social, económica y política) y de los tiempos. Lo que sí resulta imprescindible es la calidad humana y la madurez cristiana de los servidores.
En la celebración de la eucaristía se nota el beneficio de la existencia de tales servicios, porque ellos le dan vitalidad a la comunidad y a sus miembros, y la comunión se fortalece por ellos. Es una gran bendición del Señor que existan ministerios en todas las comunidades cristianas locales.
Feliz martes.

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