La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Fiesta de la Transfiguración del Señor. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (7,9-10.13-14):

 

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 96

 

R/. El Señor reina, altísimo sobre la tierra

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, 
justicia y derecho sostienen su trono. R/.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R/.

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta de Pedro (1,16-19):

 

Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

 

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» 
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» 
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
6 de agosto.
La transfiguración del Señor. Ciclo C.

Al referir este hecho, los evangelistas no intentan narrar un «milagro», sino una teofanía. Este acontecimiento es una revelación. Su contexto es claro: los discípulos se resisten a aceptar que el Mesías padezca a manos de las autoridades judías, que sea ejecutado y que así sea como entre en su gloria (cf. Lc 9,18-27; 24,26). Jesús les revela a los tres más díscolos discípulos la verdad del Mesías, verdad que es ratificada por el Padre y admitida por los personeros del Antiguo Testamento.
[Cuando esta fiesta no cae en domingo, sólo se hace una de las lecturas, con el salmo, antes del evangelio.]

1. Primera lectura (Dan 7,9-10.13-14.
La historia humana se escenifica como un juicio en el tribunal de Dios, el cual es representado por un anciano nimbado de gloria («vestido blanco como nieve»), sentado en un trono móvil de «fuego» (símbolo del juicio). Dos elementos contrarios (agua y fuego), aquí conjugados («río de fuego»), y dos ámbitos opuestos (cielo y tierra) son el «marco» de esa historia. Los servidores del juez son incalculables en número. Los «acusados» son las «fieras» que son reinos terrestres (cf. Dan 7,17.23), de enorme crueldad. Su antagonista, una figura humana y los «santos del Altísimo».
La figura humana aparece nimbada de la gloria divina («nubes del cielo») y, por eso, a disposición del anciano (Dios). Él le otorga el dominio universal y eterno, un reinado que no tendrá fin.

2. Segunda lectura (2Pd 1,16-19).
La venida del Señor Jesús Mesías en toda su potencia no es un cuento fantástico, sino testimonio de los que presenciaron su grandeza. El Dios y Padre testimonió de viva voz el honor y la gloria de Jesús como hijo suyo. Ellos, los apóstoles, son testigos presenciales de ese acontecimiento, porque estaban con él cuando ocurrió. Esa revelación da autenticidad a las profecías relativas a Jesús, y a la esperanza de su venida con fuerza de vida y gloria divina. Dichas profecías iluminan el mundo tenebroso en el que peregrinan los discípulos.

3. Evangelio (Lc 9,28b-36).
Lucas data este acontecimiento «como a los ocho días después», lo que sugiere que está más allá del mundo creado («siete días») y que se adentra en el mundo divino. El hecho de referencia es el episodio en donde «Pedro» reconoció a Jesús como «el Mesías de Dios», es decir, el Mesías de la expectación popular: un guerrero al estilo de David, constructor de un reino terreno.
El relato se condensa en tres escenas:
a) La transfiguración de Jesús.
En un ambiente de oración (de él) ellos perciben a Jesús con otra óptica. Dios y Jesús se muestran compenetrados, de tal modo que Jesús refleja a Dios. No era raro que Jesús orara solo, aunque sus discípulos estuvieran presentes (cf. Lc 9,18; 11,1); con este dato el evangelista da a entender que Jesús está en comunión con Dios, pero sus discípulos no están en comunión con él. Por eso, la oración solo tiene repercusión en él, no en ellos, que se portan como meros espectadores. Lo primero que se aprecia es el cambio del «aspecto de su rostro», es decir, su misma persona, allí presente, a causa de su íntima comunión con Dios en la oración, revela algo que los discípulos no habían advertido antes. La refulgencia del blanco de sus vestidos muestra que la expresión de su rostro refleja la gloria divina. Es decir, la persona entera de Jesús en su investidura («vestidura») de Hijo (cf. Lc 3,22) se hace innegablemente visible, se puede reconocer la gloria de Dios en su esplendor («refulgía»), se hace visible el Espíritu que lo habita y lo configura como Hijo de Dios. Y el color blanco refulgente, como el de las nubes, manifiesta su condición divina.
b) La presencia de Moisés con Elías.
La Ley y los Profetas, representados por sus máximos exponentes (Elías sujeto y subordinado a Moisés), ante los discípulos conversaban con Jesús, como cuando Moisés recibía en el desierto instrucciones del Señor. Esto indica que la «alianza» pactada por medio de Moisés y la profecía que mantuvo vivo el espíritu de la alianza se subordinan a Jesús. Dicha «conversación» tiene un tema: el éxodo de Jesús a partir de Jerusalén. Es evidente que Moisés y Elías están de acuerdo con Jesús. Esta armonía inquieta a Pedro y los otros dos, que siempre han mirado con recelo el mensaje de Jesús, considerándolo apartado u opuesto al espíritu de la Ley y los profetas, por lo que intentan cambiar la perspectiva: prefieren quedarse como están. La modorra y el sueño que ellos sentían se debía al influjo «adormecedor» de la doctrina de los letrados, que operaba como una cizaña narcótica. Por eso se despabilan, porque sienten que la revelación de Jesús amenaza sus seguridades, ya que Moisés y Elías le dejan el campo libre a Jesús («ellos se alejaban»). Queda claro que el nuevo éxodo consistirá en abandonar Jerusalén, y eso los sacude. De ahí la propuesta de «Pedro», que trata a Jesús de «jefe», y quiere volver al espíritu del viejo éxodo con su alusión a la fiesta de las Chozas.
c) La intervención del Padre.
El Padre, presente en la nube que revela y vela su presencia, interrumpe a Pedro, indicando su desacuerdo, ratificando la calidad filial de Jesús («mi Hijo»), al igual que su condición mesiánica («Elegido»), e indicando que es a él a quien han de escuchar, no a Moisés y Elías (antigua alianza), que no se han dirigido a ellos.
La unicidad de Jesús no da lugar a duda alguna: la voz se refiere solo a él, porque solo él estaba presente cuando se produjo la voz. Por eso, ellos recurrieron a una conspiración de silencio, que será temporal, como aclara el narrador.

En el devenir de la historia, el Mesías, el Hijo del Hombre, no viene como poder, sino como anti-poder. El poder reside en las «bestias» (reinos salvajes), que se dedican a destruir. Esto no es fábula, es acontecer histórico que muestra que Jesús es «hijo» de Dios, es decir, que se porta en la historia como Dios Padre, o sea, dando vida (contrario a lo que hace la «bestia» destructora y asesina). La acción histórica del Hijo consiste en deslegitimar esas «bestias».
El discípulo de Jesús no puede «casarse» con ningún sistema de convivencia que sea «bestial» (inhumano) ni difundir en las comunidades «fábulas rebuscadas». Su misión es dar testimonio del Señor glorioso que conduce la historia para «que se realice en la tierra el designio divino concebido en el cielo» (cf. Mt 6,10).
Por eso comulgamos sacramentalmente con Jesús, para dar testimonio de él por la realización de su obra.
¡Feliz fiesta del Señor!

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