La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XIII semana del Tiempo Ordinario. Año I

surtigas 2

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (19,15-29):

En aquellos días, los ángeles urgieron a Lot: «Anda, toma a tu mujer y a esas dos hijas tuyas, para que no perezcan por culpa de Sodoma.»
Y, como no se decidía, los agarraron de la mano, a él, a su mujer y a las dos hijas, a quienes el Señor perdonaba; los sacaron y los guiaron fuera de la ciudad.
Una vez fuera, le dijeron: «Ponte a salvo; no mires atrás. No te detengas en la vega; ponte a salvo en los montes, para no perecer.»
Lot les respondió: «No. Vuestro siervo goza de vuestro favor, pues me habéis salvado la vida, tratándome con gran misericordia; yo no puedo ponerme a salvo en los montes, el desastre me alcanzará y moriré. Mira, ahí cerca hay una ciudad pequeña donde puedo refugiarme y escapar del peligro. Como la ciudad es pequeña, salvaré allí la vida.»
Le contestó: «Accedo a lo que pides: no arrasaré esa ciudad que dices. Aprisa, ponte a salvo allí, pues no puedo hacer nada hasta que llegues.»
Por eso la ciudad se llama La Pequeña. Cuando Lot llegó a La Pequeña, salía el sol. El Señor, desde el cielo, hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. Arrasó aquellas ciudades y toda la vega con los habitantes de las ciudades y la hierba del campo. La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal. Abrahán madrugó y se dirigió al sitio donde había estado con el Señor. Miró en dirección de Sodoma y Gomorra, toda la extensión de la vega, y vio humo que subía del suelo, como el humo de un horno. Así, cuando Dios destruyó las ciudades de la vega, arrasando las ciudades donde había vivido Lot, se acordó de Abrahán y libró a Lot de la catástrofe.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 25,2-3.9-10.11-12

R/. Tengo ante los ojos, Señor, tu bondad

Escrútame, Señor, ponme a prueba,
sondea mis entrañas y mi corazón,
porque tengo ante los ojos tu bondad,
y camino en tu verdad. R/.

No arrebates mi alma con los pecadores,
ni mi vida con los sanguinarios,
que en su izquierda llevan infamias,
y su derecha está llena de sobornos. R/.

Yo, en cambio, camino en la integridad;
sálvame, ten misericordia de mí.
Mi pie se mantiene en el camino llano;
en la asamblea bendeciré al Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,23-27):

En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía.
Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritándole: «¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!»
Él les dijo: «¡Cobardes! ¡Qué poca fe!»
Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma.
Ellos se preguntaban admirados: «¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Martes de la XIII semana del Tiempo Ordinario. Año I.

La destrucción de «Sodoma y Gomorra» (Gen 19,24) es presentada en este relato en el esquema de delito-castigo, sin que se especifique el tipo de delito, aunque las circunstancias inmediatas aluden a un abuso sexual generalizado (Gen 19,4-5). Sin embargo, el profeta Isaías (cf. 1,10-20) denuncia a Sodoma como paradigma de injusticia social; Jeremías (23,14) denuncia a los falsos profetas como «adúlteros» (idólatras) y «embusteros» (magos) que apoyan a los malvados «como Sodoma y Gomorra»; y, según Ezequiel (16,49-50), el delito de Sodoma consistió en llenarse de orgullo por su prosperidad económica y en su indolencia frente a la indigencia del pobre. La depravación sexual aparece más como delito de los cananeos (cf. Lev 18,6-23.27; 20,8-21.23).
Los hombres-ángeles llegan a Sodoma y Lot les ofrece alojamiento. Los vecinos vienen a pedirle a Lot que los ponga a su disposición para acostarse con ellos, Lot se niega y, a cambio, les ofrece sus hijas, pero los vecinos insisten, ante lo cual los hombres-ángeles intervienen a favor de Lot, protegiéndolo a él y a los de su casa. Enseguida le advierten que ellos van a destruir ese lugar a causa de la acusación que pesa en su contra, y le piden que se ponga a salvo con toda su familia. Los novios de sus hijas no les creyeron (cf. Gen 19,1-14, omitido).

Gen 19,15-29.
«El Señor se marchó y Abraham volvió a su lugar» (Gen 18,33). El autor evita mencionar que el Señor en persona vaya a Sodoma; sus «mensajeros» lo hacen por él. Contrasta la hospitalidad de Abraham, que acogió al Señor, con la conducta de los habitantes de Sodoma en relación con los huéspedes de Lot, quien, por su parte, los acogió como Abraham al Señor (cf. Gen 19,11-3).
Al amanecer los hombres-ángeles urgieron a Lot para que abandonara la ciudad con su familia. Da la impresión de que el fin es inevitable, que los habitantes sellaron el destino de su ciudad, y que no queda más alternativa que poner distancia entre la sociedad culpable y la familia justa. Así queda manifiesto que el Señor no quiere que el inocente tenga la misma suerte que el culpable, pues los ángeles prácticamente los forzaron a salir, insistiéndole en que era cuestión de poner a salvo la vida, con la indicación de dirigirse a los montes sin mirar atrás, es decir, de no dejarse llevar de la nostalgia y de no intentar volver.
Lot insistió en la dificultad para ponerse a salvo antes del amanecer, dado que los ángeles le han señalado unos montes lejanos para refugiarse, y pidió que les permitieran hacerlo en una ciudad pequeña y cercana, a lo cual el ángel accedió (desde este momento hasta el v. 23 se habla de un solo ángel). Aparece una nueva manifestación del designio del Señor: que el justo sea salvación para otros («accedo a lo que me pides: no arrasaré esa ciudad que dices»). La urgencia del ángel insiste en la inminencia de la destrucción, pero también en que el desastre está en suspenso por la necesidad de poner a salvo al justo. Y esto señala otra manifestación del designio del Señor: la voluntad salvadora de Dios prevalece sobre las decisiones destructoras de los hombres. La villa en la que por fin se refugian –que Lot había calificado de «insignificante» (מִצְעָר: Gen 19,20), se llama Zoar (צֹעַר: Gen 19,22), nombre que se explica por esa calificación que le dio Lot.
Finalmente, la destrucción sucede y es atribuida al Señor. Queda la impresión de que había como un plazo perentorio que necesariamente tenía que cumplirse. Esto parece sugerir que los días de la injusticia están contados, es decir, que la prevalencia del mal no es definitiva. Se habla de una lluvia de «azufre y fuego». Ese doble dato (cf. Eze 38,22; Sal 11/10,6) sugiere un juicio («fuego») aniquilador («azufre»). Puesto que la acusación había sido presentada ante él, a él le correspondía la sentencia. Esto significa que dicha corrupción, desde la perspectiva del Señor, era del todo insostenible. El relato tiene una finalidad ejemplarizante. Quiere insistir en que el Señor no apoya la corrupción, y que esta negación de apoyo precipita en la ruina el proyecto humano basado en esa corrupción. El juicio divino al respecto es unívoco. No obstante, el Señor salva al inocente y este prolonga el favor de Dios a los otros que no tienen culpa.
La atribución de la destrucción a decisión y obra del Señor completa la descripción que el autor quiere hacer de él: «el juez de todo el mundo» sí hace justicia. Salvó al justo Lot con su familia y juzgó culpables las sociedades injustas (cf. Gen 18,23-25). El arcaico lenguaje de castigo –difícil de aceptar en la actual sensibilidad– pretende mostrar dos realidades: la injusticia que se comete siempre tiene consecuencias negativas, y el Señor nunca aprueba la injusticia.
La mujer de Lot se presenta como quien añora esa situación y no logra romper del todo con ella. Si los novios de las hijas de Lot no dieron crédito al oráculo del cielo y prefirieron atar su suerte a la de Sodoma, la mujer de Lot parece expresar la nostalgia por un sueño que no se realizó. Y esto remite a la elección que Lot había hecho de esa tierra, cuando la miró tan promisoria como un paraíso (cf. Gen 13,10-11). Abraham contempla desde lejos la destrucción, desde su vida de alianza con el Señor, viendo cómo el Señor salva y la corrupción arruina la vida y la convivencia de los hombres. Abraham fue bendición para los pueblos porque intercedió por ellos y obtuvo la liberación de Lot, y este la de la pequeña ciudad de Zoar.

La explicación histórica y científica de la catástrofe oscila entre una sacudida sísmica acompañada por una erupción de gases inflamables, y una lluvia de aerolitos. Cualquiera que sea, le sirve al autor para dar un mensaje, desde su perspectiva, poniendo en guardia contra la corrupción social, en términos genéricos; no queda claro si se trata de irrespeto al derecho individual o al colectivo, o a ambos. El énfasis del mensaje no es que el Señor castiga al impío, sino que salva al inocente, y que, aunque la corrupción se generalice, es posible convivir en un medio corrupto, como hizo Lot, sin dejarse arrastrar, aunque gente cercana a uno, como sucedió con la mujer de Lot, pueda simpatizar con ese ambiente. Las hijas de Lot aparecen como inexpertas que estuvieron a punto de ser absorbidas por dicho ambiente (tenían novios naturales de Sodoma).
Vivir en el mundo sin ser del mundo ni creerse mejor que otros ni despreciarlos es la condición propia del cristiano. Y vivir en medio de una sociedad proclive a la corrupción y ser intercesor ante Dios a favor de la misma, incluso experimentando muy de cerca el influjo de esa corrupción, es manifestación de un amor ajeno a la altanería y al puritanismo, amor fraterno que se propone ser testimonio del amor liberador y salvador de Dios.
La comunión con el Señor no nos aparta de los demás, al contrario, nos impulsa a ser «próximos» (prójimos) para tenderles esa mano que libera y salva. Quien verdaderamente comulga con Jesús («el Señor salva») está disponible para salvar, no para condenar. El justo, como Jesús, ayuda.
Feliz martes.

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