La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pïxabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la IV semana del Tiempo Ordinario. Año I

surtigas 2

Santa Águeda, virgen y mártir. Memoria obligatoria, color rojo

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (12,1-4):

HERMANOS:
Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo.
Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 21,26b-27.28.30.31-32

R/.
Te alabarán, Señor, los que te buscan

V/. Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan:
¡Viva su corazón por siempre! R/.

V/. Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R/.

V/. Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
«Todo lo que hizo el Señor». R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos (5,21-43):

EN aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando:
«Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba:
«Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “Quién me ha tocado?”».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los píes y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña. 

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Martes de la IV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Las dos «facetas» de la fe con las que el autor concluye el capítulo anterior lo conducen ahora a derivar las consecuencias para la conducta del hombre de fe, y lo hace valiéndose de una metáfora deportiva. El aspecto «radiante» de la fe lo expone en términos de competición de corredores, y el aspecto «sombrío» lo compara a la constancia sostenida (ὑπομονή) del deportista, por la cual obtiene su mejor rendimiento y conquista la deseada presea. Lo primero entraña entusiasmo; lo segundo, esfuerzo. Es preciso advertir que la metáfora tiene aplicación comunitaria, aunque se supone que el entusiasmo y el esfuerzo son evidentemente personales.
 
La salida de la fe y su consiguiente peregrinación, el nuevo éxodo, que consiste en el seguimiento del Mesías por el «desierto» de la historia, se presenta ahora como una carrera y se convierte en espectáculo público, comparable a un certamen deportivo en el que compiten los lectores y el mismo autor del sermón. Esta imagen es muy del gusto de Pablo, a la cual se añade la del pugilato (cf. 1Co 9,24-27); el compromiso personal, que se muestra en la disciplina (cf. 2Tm 2,5; 4,7-8) asegura el fruto de la vida eterna a pesar de las apariencias de deshonor (cf. 1Co 4,9).
 
Heb 12,1-4.
La imagen –que es en apariencia sencilla– es compleja por las evocaciones que hace. Ante todo, la gradería del imaginario estadio en donde los cristianos corren la carrera de la fe está formada por la multitudinaria «nube de testigos» que ha enunciado en el capítulo anterior. No son, pues, espectadores indiferentes, ni mucho menos hostiles; son amistosos, y sus gritos son de estímulo.
 
La exhortación a los corredores, entre los cuales se cuenta el escritor, comienza por la libertad para correr. A esta libertad se oponen «todo lastre» y «el pecado». El «lastre» (ὄγκος) es indefinido; de hecho, este término solo aparece aquí en el texto griego de la Biblia. Pero su carácter genérico («todo lastre») insinúa que se trata de cualquier obstáculo a la vida de fe, y puede resumirse en la añoranza del pasado, un peso muerto que resta agilidad, o sea, merma la necesaria libertad para vivir la fe. El «pecado» es el obstáculo a la «alianza» (relación) con Dios, que solo se puede quitar mediante la donación de Jesús, su «sacrificio», que consiste en entregarse a cumplir el designio de Dios. Esa libertad dinamiza la fe, entendida aquí como una carrera más que como un sencillo caminar. La fuerza expresiva de esta imagen le da mayor ímpetu a la noción de fe.
 
Dicha «carrera» (ἀγών) es «propuesta» (πρόκειμαι), no impuesta. De hecho, la fe es «escucha», es decir, asentimiento de hijo (ὑπακοή: cf. Heb 5,8), no sumisión de esclavo. El compromiso revela la libre aceptación de esa propuesta, y se muestra en la constancia (ὑπομονή) puesta en la carrera, que equivale a mantenerse a la escucha con el propósito de no rendirse antes de llegar a la meta. Esa disciplina en la prueba o en el combate es cualidad indispensable en un atleta y, con tanta mayor razón, en el hombre de fe (cf. Heb 10,32; 1Cor 9,24-27; Fil 3,11-16; 1Tim 6,12; 2Tim 2,5).
 
El inspirador supremo es Jesús, «pionero y consumador de la fe». La mirada fija en él (ἀφοράω) excluye mirar en otra dirección. Jesús es «pionero» de la salvación de los hijos de Dios, esto es, el que los precede en la gloria a la cual Dios quiere conducirlos a todos (cf. Heb 2,10). Así que, como pionero, él está en el punto de llegada. También es «consumador» de la fe, en el sentido de que lleva a los hijos de Dios a su perfección como tales por el mismo camino que él recorrió. Él es el campeón indiscutido, el modelo de dicha carrera. Cuando el autor invita a mantener fija la mirada en él, destaca los siguientes rasgos que lo caracterizan:
• Su esperanza en la dicha futura, es decir, su absoluta confianza en la promesa de Dios.
• Soportó el peso de la cruz –cargarla y morir en ella–, que es signo de soledad y oprobio.
• Su exaltación a la gloria real divina, sentado a la derecha del trono de Dios (cf. Heb 1,3).
 
Pero si la mirada está fija en Jesús, el pensamiento no menos: hay que meditar en que él soportó la oposición de los pecadores-injustos, y, teniendo en cuenta su constancia, no dejarse desalentar ni desanimar por la resistencia y el antagonismo. La sede de toda meditación es el corazón; esto implica que no se trata de una mera reflexión racional, sino de una relación que alcanza el núcleo profundo y estable del seguidor de Jesús, ya que se trata de aprender a «soportar» como él, y a no cansarse ni desanimarse por la oposición de los pecadores. Este es un objetivo decisivo para el predicador de este sermón: robustecer la fe de sus interlocutores.
Acto seguido, la imagen se desplaza de la «carrera» al «combate a muerte» con el pecado. Y aquí la semejanza con Jesús se lleva al extremo: la entrega total de la propia vida en el combate de la fe, confiando en la promesa de vida que Dios cumplió en Jesús y que cumplirá a cada uno de los seguidores del mismo. Si la fe es el compromiso de ofrecer la propia vida para darles vida a otros, la máxima expresión de la fe –que nunca se debe descartar– es la del combate a muerte como el del Mesías, morir dando vida, no arrebatándola.
(La imagen del combate apenas se sugiere hoy. Se desarrollará en la lectura de mañana).
 
Hay dos imágenes entremezcladas: la del corredor en el estadio y la del sentenciado que carga la cruz. La primera muestra el aspecto eufórico o positivo: los testigos de la fe nos animan con su griterío para que sigamos corriendo hasta alcanzar la meta que ya ellos alcanzaron, manteniendo la mirada y el pensamiento fijos en Jesús. La segunda muestra el aspecto disfórico o negativo: el populacho enfurecido que le grita insultos al condenado a muerte, para hacerlo sentir desdichado y rechazado; pero el autor invita a no apartar el pensamiento de Jesús, quien también sufrió esa afrenta, y a través de ella llegó a la gloria real («trono») de Dios.
 
Sea que nosotros acudamos gozosos o apesadumbrados a la celebración de la eucaristía, Jesús es «el pionero y consumador de nuestra fe», y en él podemos mantener fija la mirada, porque en ningún caso nos defrauda. Comulgar con él es nuestra valiente declaración de que él da pleno sentido a nuestras treguas y a nuestras luchas.
Feliz martes.

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