La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

223
Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de XXXI semana del Tiempo Ordinario. Año II

Feria, color verde

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,1-4):

Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 130,1.2.3

R/. Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad. R/.

Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre. R/.

Espera Israel en el Señor
ahora y por siempre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,12-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús a uno de los principales fariseos que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

Lunes de la XXXI semana del Tiempo Ordinario. Año II.
El escándalo no radica en que se presenten divisiones en las comunidades cristianas, ya que estas pueden ser ocasión propicia para que se destaquen en ellas «los de calidad» (cf. 1Cor 11,19). El problema está en el manejo de dichas divisiones, más que en sus motivaciones. Es cierto que las divisiones surgen por ambiciones egoístas (afán de preeminencia, interés de dominar, apego a la riqueza), pero si estas ambiciones se encuentran latentes en otros miembros de la comunidad, a estos los afectan las de los demás y reaccionan de manera impulsiva (cf. Mc 10,35-45). Cuando en las comunidades se presentan luchas y divisiones, hay que proceder a un examen general de las intenciones que animan a los miembros de las mismas (cf. St 4,1-3).
La comunidad de Filipos goza del afecto entrañable de Pablo, y sus miembros han manifestado por él un innegable amor de correspondencia que el apóstol reconoce y agradece. No obstante, si hay asomos de división en la comunidad, Pablo ni toma partido ni se desentiende.
Fil 2,1-4.
Este breve texto resume una densa exhortación a superar la división y afirmar la unidad basados en la común adhesión al Señor y en las mutuas relaciones de convivencia fraternal. Si la división está en curso, o si es un riesgo probable, el apóstol le sale al paso con motivaciones de fe.
1. La experiencia cristiana (v. 1).
En primer lugar, Pablo apela a lo que se supone que constituye la experiencia de los miembros de la comunidad, para convertir dicha experiencia en el argumento más persuasivo. «Si alguna fuerza tiene una exhortación (παράκλησις) cristiana» –dice para comenzar– o sea, si vale de algo invocar el mensaje del Mesías, los llama a tomar como punto de partida la exhortación de Jesús Mesías (a la enmienda: cf. Mc 1,15): rectificar lo injusto para poder acoger el reinado de Dios. A renglón seguido invoca «un incentivo de amor (ἀγάπη)», es decir, un estímulo que provenga del amor que la comunidad ha experimentado –amor recibido de Dios y amor convertido en norma de convivencia fraternal– para ponerle piso firme a su exhortación. Por último, reclama que se visibilice esa «comunión (κοινωνία) espiritual» que se funda en el amor recibido, y que se expresa en «entrañas de compasión», que es lo que autentica la convivencia fraternal.
Por comparación con 2Cor 13,13, se puede descubrir en el v. 1 una alusión al Hijo («el Mesías»), al Padre (de quien procede el amor), y al Espíritu, fundamento de la «comunión espiritual». Eso supone que en el fondo de la exhortación a guardar la unidad estaría una evocación de la Trinidad de Dios, y que esta sería la experiencia fundamental de los filipenses y el más fuerte argumento del apóstol para persuadirlos a trabajar por la unidad superando todo conato de división.
2. La relación con el apóstol (v. 2).
Pablo conoce por experiencia cómo nacen en las comunidades las querellas y los conflictos. Deja entender que ha percibido signos de ellas entre los filipenses (cf. 1,27; 2,14; 4,2) y exhorta a sus interlocutores a la unidad y la concordia. Esta modalidad de exhortación es frecuente en él (cf. Rom 12,16; 15,5; 2Co 13,11) y no contradice la alegría confiada que atraviesa la carta. La unidad se logrará con una vida de humildad, abnegación y servicio, de lo que Jesús es ejemplo vivo.
La alegría del apóstol se colmará con la plena concordia (τὸ αὐτὸ φρονεῖν) de los filipenses. El verbo y sus compuestos que sirve para expresar la idea de concordia (φρονέω: «sentir», «pensar»; «sentir lo mismo»), aparece diez veces en la carta, y 23 en el conjunto epistolar de Pablo, y tiene una grande amplitud de significación, englobada en el concepto de «estar bien dispuesto». Pablo pide esa buena disposición de parte de los filipenses como un regalo de amor para él, y ese amor se concreta en el amor recíproco de los miembros de la comunidad, conviviendo y consintiendo en la unidad. La dicha del apóstol consiste en la unidad de la comunidad que él fundó, ya que así se realiza la comunidad como tal, y él puede sentir la satisfacción de su obra.
3. Las relaciones en la comunidad (v. 3).
La «buena disposición» individual es decisiva en este asunto. Por eso, el apóstol los exhorta ante todo a observar y sanear las motivaciones de sus actuaciones. Lo primero que hay que evitar es el egoísmo (ἐριθεία). De las 7 veces que aparece ese término en el Nuevo Testamento, 5 está en el cuerpo epistolar de Pablo. Se relaciona con un verbo (ἐριθεύω) que significa «trabajar a sueldo», de donde deriva su connotación de «egoísmo», y con otro (ἐρίζω) que significa «pelear», de donde deriva su connotación de «rivalidad». Es decir, Pablo alerta contra el afán de hacer prevalecer los propios intereses a costa de la fraternidad. Lo segundo que invita a descartar es la «presunción» o «vanagloria» (κενοδοξία), término que solo Pablo usa en el Nuevo Testamento, y solo aparece 3 veces más en la versión griega de la Biblia (LXX: 4Mac 2,15; 8,19; Sab 14,14), que literalmente significa «tener opiniones vacías o infundadas» y, cuando se refieren a la propia persona, «tenerse en mucho siendo nada». Connota también la rivalidad, pero ahora no en función de los intereses individuales, sino por el propósito de aparecer como más o mejor que los otros. En contravía a esas disociadoras disposiciones, Pablo invita a la «humildad» (ταπεινοφροςύνη), término exclusivo del Nuevo Testamento, que aparece 7 veces –seis de las cuales atribuido a Pablo– con el sentido de «sentirse llano», o «sentirse pequeño», con el significado de ser accesible. La consideración de los otros como superiores («jefes») implica la disposición a servir a todos los demás.
4. El afán por el bien común(v. 4).
Por último, para conjurar hasta el conato de división, el apóstol exhorta a ensanchar el horizonte de visión, para mirar lo de todos sin perder de vista lo propio. El verbo usado para la acción de mirar (σκοπέω) aparece siete veces en la Biblia, una en el Antiguo Testamento (Est 8,12) y las 6 restantes en el Nuevo, de las cuales 5 están en el cuerpo epistolar de Pablo. Deriva del sustantivo (σκοπός) que significa: observador, vigilante, centinela, guardia. Se trata, pues de estar pendiente de algo, de no perderlo de vista, de cuidarlo. Hay que saber conjugar la doble vigilancia de cuanto se considera propio como de cuanto es de todos. Este cuidado por el bien común con el mismo esmero que el cuidado por el bien particular supera el celo por los propios intereses, porque esta guardia montada en favor del bien común integra «lo propio» y «lo de los demás», en tanto que el exclusivo cuidado de los propios intereses disocia el bien particular del bien común. Así se le cierra el paso a todo perjudicial intento de dividir las comunidades.
Las comunidades cristianas están formadas por seres humanos, pecadores perdonados, pero que siguen siendo pecadores necesitados del amor misericordioso del Padre. Por eso, es posible que se presenten en ellas las mismas dificultades que existen en las demás comunidades humanas.
Pero el tratamiento de esas dificultades deberá ser coherente con la fe cristiana. Jesucristo, con su buena noticia, el Padre con su amor, y el Espíritu del Padre y del Hijo, infundido en nuestros corazones, nos dan la capacidad para afrontar airosamente todas las dificultades de convivencia que se nos puedan presentar, siempre que estemos dispuestos a dejarnos motivar por la fe.
La celebración de la eucaristía, «sacramento de nuestra fe», supone y exige la fe para comulgar. Y esta fe no se reduce a aceptar la presencia real de Jesús en el sacramento, sino que implica la aceptación de que quienes comulgamos somos un solo cuerpo en Cristo, y que nos declaramos guardianes de esa unidad, convencidos de que ella no perjudica, sino que protege nuestro bien.
Feliz lunes.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí