La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Fiesta de Santa María Magdalena

Color litúrgico, blanco

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Cantar de los Cantares (3,1-4a):

Así dice la esposa: «En mi cama, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré. Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad: «¿Visteis al amor de mi alma?» Pero, apenas los pasé, encontré al amor de mi alma.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 62,2.3-4.5-6.8-9

R/. Mi alma está sedienta de ti, mi Dios

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, 
mi alma está sedienta de ti; 
mi carne tiene ansia de ti, 
como tierra reseca, agostada, sin agua. R/. 

¡Cómo te contemplaba en el santuario 
viendo tu fuerza y tu gloria! 
Tu gracia vale más que la vida, 
te alabarán mis labios. R/. 

Toda mi vida te bendeciré 
y alzaré las manos invocándote. 
Me saciaré como de enjundia y de manteca, 
y mis labios te alabarán jubilosos. R/. 

Porque fuiste mi auxilio, 
y a la sombra de tus alas canto con júbilo; 
mi alma está unida a ti, 
y tu diestra me sostiene. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1.11-18):

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. 
Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?» 
Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» 
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. 
Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» 
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.» 
Jesús le dice: «¡María!» 
Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!» 
Jesús le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.»» 
María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
22 de julio.
Memoria de Santa María Magdalena.
 
María nació en Magdala (arameo: מַגְדֺּלָא, hebreo: מִגְדֺּל, griego: μαγδαλά), ciudad que aparece en Jos 15,37 como «Torre Gad» (מִגְדַּל־גָּד). El nombre significa «Torre», con claras connotaciones militares. Esta discípula de Jesús ha sido interpretada de modos diversos:
• Primero, los gnósticos quisieron hacer de ella una figura anti-apostólica, como la verdadera discípula, pero después de haber reinterpretado su figura en clave gnóstica.
• Después, desde los tiempos del papa san Gregorio Magno, se empieza a decir que era una prostituta, noticia que no se encuentra en el evangelio.
• Y últimamente, a partir de datos como los de Mc 16,9 y Lc 8,2 (dos diferentes enfoques), se ha tejido una leyenda que raya en lo supersticioso.
Lo cierto es que María Magdalena aparece en la vida pública, en la crucifixión y muerte del Señor, y en su resurrección.
 
1. Primera lectura (Cnt 3,1-4).
Estos versos describen el desasosiego de la enamorada, que se lanza durante la noche en pos de su amor, a la búsqueda de su amado hasta encontrarlo. El texto omite el v. 5, que forma parte de este «nocturno», quizás porque habla del sueño del amor, y la memoria del día se refiere a la resurrección (el despertar) del amado.
1. Desasosiego (v. 1)
El poema anterior termina con el anhelo de la novia de que, antes de que sople la brisa vespertina y el sol del ocaso alargue las sombras como si huyeran, el novio regrese del campo. Al anochecer de la misma jornada, ella lo espera, según la cita de amor que le había hecho (cf. Cnt 2,17). No se aprecia distinción entre el sueño propiamente o el hecho de soñar despierta. A eso se refiere su búsqueda en la «cama». El anhelo que ella manifiesta es ardiente y apasionado, como suele ser entre los que se aman.
2. Búsqueda (v. 2)
Entonces se decide a buscarlo levantándose, tratando de hacer realidad sus sueños. Sus acciones revelan cuánto ama a su novio: recorrer de noche la ciudad, sus calles y sus plazas, es una acción arriesgada para una doncella, pues –en su afán por encontrarlo– se lanza a la calle en pijama y se expone a que los guardias que rondan la ciudad la tomen por una chica vacía y la maltraten física y emocionalmente (cf. Cnt 5,7).
3. Encuentros (vv. 3-4)
Efectivamente, antes de que ella encuentre al que busca, los centinelas de la ciudad se encuentran con ella. Les pregunta por él, pero no espera respuesta. Ni siquiera los que velan en la noche le dan razón de su amado. Ese encuentro infructuoso no interrumpe ni suspende su búsqueda. Es como si la certeza de conocer y amar al que busca fuera igual a la certeza de poder encontrarlo.
Su prisa por encontrar al novio presintió la respuesta negativa de los centinelas y prosiguió hasta que, por fin. su búsqueda resultó exitosa: «encontré al amor de mi alma». El anhelado encuentro se convierte en adhesión inquebrantable. «Lo agarré y ya no lo soltaré». El propósito siguiente es firme: «hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas», palabras que manifiestan la intención de unirse en perpetua alianza de amor. El amor entre los dos queda garantizado para el futuro.
 
1. Primera lectura (2Co 5,14-17).
El amor del Mesías, manifestado en la cruz, se convierte en un urgente estímulo que apremia al cristiano para que comprenda que, al morir el Mesías por todos, todos morimos en él y con él. La resurrección del Mesías implica que con él todos volvimos a la vida, de tal modo que nosotros ya no juzgamos a los demás con criterios simplemente humanos, ni siquiera al Mesías, porque, al darnos nueva vida, ahora somos con él seres nuevos. Es decir, pasada la noche de la muerte, la luz de la vida del Señor resucitado cambia la óptica del creyente y este obtiene una visión más certera y profunda de la realidad de las personas. Ya no juzga para rechazar o condenar, como el mismo Pablo lo hizo con respecto de Jesús, cuando lo veía bajo la óptica de la Ley.
La vida de los creyentes, al ser participación de la vida del Mesías resucitado, es verdaderamente «nueva»; por lo tanto, el creyente es alguien que ha dejado tras de sí un pasado y se ha abierto a una novedad inesperada y asombrosa. Ha sido creado de nuevo («creatura nueva»).
El encuentro con Jesús Mesías renueva a cada ser humano. Por medio del Mesías Jesús, Dios reconcilia al hombre con su Creador y con el designio del Creador, y, al mismo tiempo, lo hace servidor de la reconciliación entre los seres humanos y de estos con Dios. Esta reconciliación se entiende en términos de renovación interior (cf. Sal 51,12) del hombre y de su convivencia.
 
2. Evangelio (Jn 20,1.11-18).
María Magdalena aparece aquí como la enamorada que en las tinieblas busca al amor de su alma. Pero «la tiniebla» aquí es la ideología del sistema, que obliga pensar que la muerte es insuperable, que es definitiva. Este es su primer y más difícil obstáculo por vencer.
Por eso María aparece ahora pegada del sepulcro y llorando. Aunque los «ángeles» (mensajeros) de Dios le hacen ver la victoria de su Señor (color blanco), ella continúa buscando un cadáver. El relato nos muestra el proceso que tiene que hacer María para «ver» a Jesús:
• Primero, ella debe tomar conciencia de la sinrazón de su llanto. Esa es la razón de la insistente pregunta que se le hace: «¿Por qué lloras?»
• Enseguida, el encuentro con Jesús le exige darle un primer giro a su vida («ella se volvió hacia atrás»), aunque todavía no lo reconozca.
• Después de que Jesús pronuncia su nombre, María lo reconoce. Y así completa el giro («ella se vuelve…»). Esto indica un encuentro de persona a persona. Y entonces ella se abraza a Jesús.
• Pero una vez completado el encuentro con el Señor, María aún debe entender algo: el encuentro definitivo no es todavía, este se dará en la presencia del Padre. Por eso, todavía no es la hora del abrazo perpetuo. Entre tanto, hay que emprender la misión.
• María la asume como testigo del Señor resucitado: «He visto al Señor en persona, y ha dicho esto». María ha «visto» (cf. 20,18) «sin haber visto» (cf. 20,29), porque no ha pedido ni recibido demostraciones, sencillamente se ha «vuelto» (cf. 20,14.16) al Señor abandonando «la tiniebla». Y, además, ha escuchado al Señor («ha dicho») y transmite el mensaje que él le comunicó.
 
Santa María Magdalena nos invita a que comprendamos los dos rasgos básicos que definen a todo auténtico discípulo de Jesús:
• La experiencia personal del Señor resucitado, y
• El testimonio en el cumplimiento de la misión.
El primero llena el corazón de alegría, al reconocer al resucitado como «mi Señor» (cf. 20,28). El segundo impulsa a la prontitud para anunciar la glorificación del Señor a la condición divina a la diestra del Padre (cf. 20,17.28). Sin esa experiencia no puede haber testimonio, y sin testimonio es imposible la misión. En toda celebración eucarística tenemos la posibilidad de vivir con alegría esa experiencia y la de salir con diligencia a dar testimonio de haber visto al Señor y de haber oído de él la buena noticia del triunfo de la vida sobre la muerte.
Feliz conmemoración.

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