La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la Octava de Pascua

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.
A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 15,1b-2a y 5.7-8 9-10.11

R/.
 Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Secuencia
(Opcional)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia 
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (28,8-15):

EN aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:
«Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo:
«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Lunes de la octava de Pascua.
 
La octava de Pascua es, propiamente hablando, el período de las apariciones de Jesús a los suyos. Ni el sepulcro vacío, ni el testimonio de la Escritura, ni el pregón de los mensajeros bastaron para que los discípulos creyeran que Jesús había resucitado. Por eso, ahora él se manifiesta en persona y se da a conocer como viviente.
Esto indica claramente que la experiencia personal del resucitado es insustituible, que la fe se da a la persona del resucitado, y no a la doctrina de la resurrección. Por la fe en el resucitado, afirma el cristiano la doctrina de la resurrección, pero esta sola no basta para suscitar la fe del cristiano. Por consiguiente, el cristiano es testigo del resucitado, no de la resurrección, aunque, por fe en el resucitado, proponga su esperanza en la resurrección.
Las dos lecturas propuestas para el tiempo de Pascua no tienen entre sí la misma relación que hay entre las dos lecturas del tiempo de Adviento, o las del tiempo de Cuaresma. Por eso, aunque en la homilía se puede intentar relacionarlas –ejercicio, a veces, más dialéctico que pastoral– se puede hacer la homilía centrando el mensaje en una de ellas un año y en la otra el año siguiente.
 
1. Primera lectura (Hch 2,14.22-33).
Hay que tener en cuenta que Lucas no llama aquí al apóstol por su nombre («Simón»), sino por su sobrenombre –«Pedro», indicio de que actúa obstinadamente– y que tampoco dice aquí que Pedro hable inspirado por el Espíritu Santo, lo que implica actitud crítica ante sus palabras.
La postura que adoptan Pedro y los Once, «de pie», es la de testigos de la defensa (cf. Hch 7,55s), los que certifican a favor de los acusados de ebriedad –en este caso, los que han recibido el don del Espíritu–. El leccionario omite la primera parte de su discurso, dirigida al auditorio universal (vv. 14b-21) y salta a la segunda, dirigida solo al auditorio judío (vv. 22-35).
Pedro presenta a Jesús en una perspectiva nacionalista, aludiendo a su parentesco con Jesé, padre de David (Nazoreo: Ναζωραῖος), y aludiendo a sus «proezas» (δύναμις) y sus «prodigios» (τέρας), en alusión a Moisés, perspectiva que da por conocida de parte de su auditorio. Atribuye la muerte de Jesús a un designio divino, ejecutado por los judíos y por paganos, pero asigna exclusivamente a Dios su resurrección, quien cumple así la promesa hecha a David. Pedro se presenta, junto con los Once, como testigo de la resurrección, y declara que Jesús, el comunicador del Espíritu, lo recibió después de la resurrección, y que después de la misma fue constituido Mesías (vv. 35-36: omitidos). Esto no está de acuerdo con la figura de Jesús en el evangelio de Lucas.
Pedro restringe el don universal del Espíritu (v. 39), así como la actividad liberadora de Jesús (v. 22); exculpa al pueblo de su responsabilidad en la muerte de Jesús (v. 23) y da a entender que su condición mesiánica solo se conoció después de su muerte (cf. Lc 9,20, que no concuerda). Y afirma ser testigo de la resurrección, en tanto que Jesús los había designado testigos de su persona (cf. Hch 1,8). Lucas señala así que los obstáculos a la proclamación de la buena noticia son, ante todo, internos. Pero, al mismo tiempo, genera la expectativa de cómo se resolverá este asunto.
 
2. Evangelio (Mt 28,8-15).
Las mujeres, que fueron las primeras en conocer la noticia, se marchan del sepulcro con miedo y alegría, y a toda prisa, con el propósito de anunciar la buena noticia a los discípulos. Pero esa mezcla de miedo y alegría no es la apropiada para anunciar la buena noticia. La alegría se debe a la noticia de que Jesús está vivo; el miedo, a que ellas, en el fondo, presienten que el privilegio de Israel se haya derrumbado con la muerte de Jesús y su resurrección. Los jefes del pueblo, que lo enjuiciaron y lo hicieron condenar a morir crucificado, han quedado desacreditados. Por eso, Jesús les sale al paso, quiere conjurarles ese miedo. Las invita a la alegría recordando aquellas palabras que él había pronunciado al final de las bienaventuranzas para cuando se presentara el tiempo de la persecución: «alégrense y regocíjense, que Dios les va a dar una gran recompensa» (Mt 5,12). Ni siquiera en la situación más extrema tiene cabida el miedo en la vida cristiana.
Esa recompensa es la vida que supera la muerte y que se hace presente en Jesús. Su resurrección es solamente motivo de alegría, no de miedo; el resucitado no es amenaza para nadie. Por eso Jesús les insiste: «no tengan miedo». Y confirma la cita que los ángeles les habían dado a todos para encontrarse con él en Galilea. Esta cita en Galilea significa que los discípulos deben recorrer el mismo camino que recorrió Jesús anunciando el reinado de Dios y construyendo su reino. O sea, hay que volver al principio, hay que volver a evangelizar con hechos y palabras. El camino del anuncio, sin embargo, estará amenazado por una confabulación de poderosos.
Se da simultaneidad entre el hecho de marcharse las mujeres a reportarles a los discípulos ese encuentro con Jesús y el de acudir los de la guardia a los sumos sacerdotes a reportarles todo lo sucedido. Las máximas autoridades religiosas continúan a la cabeza de la oposición al proyecto de Jesús. En asociación con los senadores, se aseguran la complicidad de los soldados romanos, los inducen a mentir y les garantizan la complicidad de las autoridades civiles paganas, a las cuales se sienten en capacidad de corromper. Los sumos sacerdotes y los senadores siguen recurriendo al dinero para oponerse a la buena noticia, en eso se igualan con el poder civil pagano.
 
Solo después de su muerte, cuando entregó el Espíritu, Jesús llama «hermanos» a sus discípulos, porque el Espíritu está disponible para ellos, y, por lo mismo, pueden ser hijos de Dios. También ahora están en condiciones de asociarse a su misión de Hijo, y por eso en capacidad de anunciar la buena noticia. Pero es necesario que tengan un encuentro personal con él. Y ese encuentro sólo será posible en la medida en que ellos se comprometan con la misión y la emprendan como él la realizó desde el principio. El encuentro con Jesús resucitado se da en la praxis de un amor tan comprometido como el suyo con la causa de las víctimas de la injusticia (el «pecado»). Hay que aprender a ser, al mismo tiempo, «cautos como serpientes e ingenuos como palomas» (Mt 10,16), porque el reinado de Dios encontrará siempre oposición en el poder corruptor del dinero.
Recibir a Jesús en la eucaristía nos compromete a realizar la misión en comunión con él, y es allí donde vamos a tener el encuentro, la experiencia viva y personal con el Señor resucitado.
Feliz lunes de Pascua.

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