La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

469
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

La Palabra del día

Primera lectura

surtigas 2

Lectura del libro del Génesis (49,1-2.8-10):

EN aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:
«Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel:
A ti, Judá, te alabarán tus hermanos,
pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos,
se postrarán ante ti los hijos de tu padre.
Judá es un león agazapado,
has vuelto de hacer presa, hijo mío;
se agacha y se tumba como león
o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo?
No se apartará de Judá el cetro,
ni el bastón de mando de entre sus rodillas,
hasta que venga aquel a quien está reservado,
y le rindan homenaje los pueblos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 71,1-2.3-4ab.7-8.17

R/. En sus días florezca la justicia,
y la paz abunde eternamente.

V/. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

V/. Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre. R/.

V/. En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.

V/. Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,1-17):

LIBRO del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aran, Aran engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.
David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo, catorce.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

17 de diciembre.

Antes del día de navidad, la Iglesia realiza una «octava» de preparación y, después, una «octava» de celebración. La octava de preparación es el último tramo del adviento, en el cual se reformula una síntesis temática del anuncio esparcido a lo largo de las tres semanas anteriores. La octava final del adviento expresa el «sí, pero…» que Jesús hace a la Ley, entendida esta como promesa y profecía de los tiempos mesiánicos (cf. Mt 5,21-45).
Hoy se recuerda la bendición-promesa a Judá, pero en un horizonte decididamente universal. Lo mismo que la bendición de Isaac había anunciado el destino de Jacob y de Esaú (cf. Gn 27,27-29.39-40), ahora Jacob lo hace con sus hijos. La realeza de Judá se refiere a la situación posterior de las tribus, tanto histórica como geográficamente. A esta realeza alude el evangelio, pero desde la perspectiva a la promesa a Abraham, lo cual pone dicha realeza en clave universal.

1. Primera lectura: promesa (Gen 49,2.8-10).
El testamento profético de Jacob (Gen 49,1-33) caracteriza las distintas tribus en cabeza de cada uno de sus hijos, patriarca de cada una de ellas.
Entre las mismas se destaca la tribu de Judá, de la cual surgen David y la dinastía que lleva su nombre. El nombre «Judá» (יְהוּדָה), explicado por una raíz (ידה), que significa «confesar/alabar», da cuenta de por qué sus hermanos lo alabarán.
Primero se anuncia su dominio y distinción por encima de extraños («enemigos») y de propios («tus hermanos», «los hijos de tu madre»), en términos inequívocos de poder. En segundo lugar, comparado con el león: este es temido por su persistencia (cf. Nm 23,24) y es preferible tenerlo como amigo (cf. Nm 24,9); es reputado por su fuerza física y su bravura (cf. Pr 30,30; 2Sm 1,23). Judá se presenta como predador que nadie osa desafiar. El dominio, la persistencia, la fuerza y la bravura son rasgos de Judá.
Lo que sigue es propiamente la promesa: el cetro real permanecerá en Judá, el bastón de mando (posible alusión metafórica a su descendencia) «de entre sus rodillas» prevalecerá hasta cuando venga aquel a quien le pertenece (el cetro), y será suyo hasta cuando obtenga el reconocimiento de sus conciudadanos (עַמִּים: paisanos, no גּוֹיִם: paganos). Se trata, pues, de la promesa del reinado de Judá sobre las tribus de Israel, no de un reinado sobre los otros pueblos de la tierra.

2. Evangelio: cumplimiento (Mt 1,1-17).
La genealogía de Jesús se abre con dos «patronímicos» en orden aparentemente inverso: «hijo de David, hijo de Abraham». «Hijo» significa aquí «descendiente». Como descendiente de David, Jesús cumple la promesa hecha a este (cf. 2Sm 7,12-16); como descendiente de Abraham, cumple una promesa anterior y con un carácter mucho más amplio (cf. Gen 12,2-3). Su nombre significa «el Señor salva», el cual le da contenido a la promesa de vida que viene a cumplir. El evangelista lo presenta como descendiente de reyes y plebeyos, pero en su genealogía hay también figuras paganas. Reyes, plebeyos y paganos que tienen diversas reputaciones, no siempre positivas.
Esto significa que, al cumplir la promesa de Dios, Jesús abraza la condición humana tal cual es, sin exclusiones ni idealizaciones. Sin embargo, se nota que aquí no aparecen ni el dominio sobre los hermanos ni la fiereza del león; ningún rasgo de violencia. Tampoco la línea de descendencia biológica ocupa lugar alguno; Jesús es «hijo» de Abraham y de David en otro sentido.
El autor recurre a un simbolismo numérico como clave para que sean interpretados los datos que proporciona en su genealogía (tres períodos de 14 generaciones).
• Los números 3 y 14 se entienden a partir de que en hebreo las letras se usan como números. El nombre de David (דָּוִד), que significa «el amado» (cf. Mt 3,17), tiene un valor numérico de 14. Tres es una totalidad homogénea, y expresa el superlativo. Con eso Mateo quiere dar a entender que Jesús, el Hijo amado del Padre, supera todas las expectativas (cf. Mt 12,3-6.41.42).
• El verbo «engendrar» (γεννάω) aparece 40 veces, y 40 es el número de años que se le asignaba a una generación. Mateo quiere dar a entender que con Jesús se realiza un cambio generacional cualitativo: la última vez, γεννάωes predicado de una mujer, María, lo que era del todo inusual.
• La genealogía se puede organizar también como seis series de siete generaciones, en cuyo caso se refiere a seis «semanas» generacionales. El día sexto es el de la creación del ser humano, varón y mujer (cf. Gen 1,26-31). Jesús encabeza la séptima «semana» generacional, la de los hombres nuevos, nacidos no según la carne, sino según el Espíritu Santo, no como hijos de Abraham, sino como «hijos del hombre» a semejanza de Jesús (llenos del Espíritu Santo). Y él, después de su resurrección, encabeza la octava «semana» generacional, la de los plenamente hijos del Padre, los herederos de la condición divina.

La promesa del reinado eterno se cumple en Jesús y en sus seguidores. No será un reinado de dominio sobre otros, sino, primero, de señorío sobre sí mismo, y, luego, de señorío como el de Jesús resucitado, para infundir la vida divina en otros.
El cumplimiento de las promesas de Dios suele desbordar las expectativas de los destinatarios y las rectifica para darles bienes superiores y mucho mejores que los que estos esperaban.
Adviento nos libera de nuestros prejuicios para abrirnos a las sorpresas de Dios. Y cada Navidad será una nueva oportunidad para descubrir una vez más en qué medida Dios sobrepasa nuestras expectativas. La celebración de la eucaristía contiene las dos realidades: cuando escuchamos la palabra, estamos como en adviento, expectantes; cuando nos acercamos a comulgar, el Señor viene a cumplir nuestros anhelos de vida con desbordante generosidad. Que nuestros prejuicios no nos impidan ver el cumplimiento de las promesas de Dios.
¡Ven, Señor Jesús!
Feliz día.

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