La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Año I.

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,9-14):

Desde que nos enteramos de vuestra conducta, no dejamos de rezar a Dios por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias al Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,2-3ab.3cd-4.5-6

R/. El Señor da a conocer su victoria

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Tocad la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

Jueves de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
El leccionario incluye hoy los vv. 13-14, que forman parte del himno de alabanza que se leerá mañana. Dejamos esos versículos para entonces, y conservamos la unidad de dicho himno.
Después de enterarse de lo dicho antes (la vitalidad de la comunidad en la fe, el amor y la esperanza), los misioneros dan a conocer el contenido de su oración por la comunidad, a la que manifiestan encomendar incesantemente. La oración no solo expresa lo que le piden los misioneros a Dios para ella, sino –sobre todo– las necesidades que tiene la comunidad. Esto muestra también la relación que existe entre la comunidad y sus fundadores, que no consiste en un dominio ejercido a distancia, sino en su responsabilidad paternal por su crecimiento.
En Is 11,1-9, tras la promesa genérica de que el Espíritu del Señor descansará sobre el tocón de Jesé, se enumeran tres pares de manifestaciones del mismo: sensatez (σοφία) e inteligencia (σύνεσις), valor (βουλή) y prudencia (ἰσχύς), conocimiento (γνῶσις) y respeto (εὐσέβεια). De estas manifestaciones aparecen cuatro en la petición de los misioneros por la comunidad: las dos primeras (σοφία, σύνεσις), la cuarta (ἰσχύς) y la quinta (γνῶσις). Por otro lado, el uso del adjetivo «espiritual» (v. 9) se refiere al Espíritu de Dios, y esa referencia autoriza a relacionar Col 1,9 con Is 11,2, lo que permite la lectura cristiana del texto de Isaías en clave comunitaria, como sucede en las peticiones que se registran esta carta.
 
Col 1,9-14.
El autor expresa que esta petición tiene un punto de partida, «desde el momento en que nos enteramos», aludiendo a la noticia de la adhesión de los colosenses «al Mesías Jesús» (cf. 1,4). El resto del versículo 9 explicita lo que los misioneros piden en su oración por la comunidad. Los versículos 10-12 se refieren a la comunidad misma, y del versículo 13 en adelante hablan de la acción de Dios a través de «su hijo querido».
El contenido de la oración se condensa en las siguientes cuatro peticiones:
a) Que Dios le dé pleno conocimiento de su designio con el saber y la inteligencia que da el Espíritu. Se trata del «secreto» de Dios, oculto hasta cuando Jesús lo reveló: el amor universal de Dios, que establece la igualdad entre todos los seres humanos. Esta revelación se da por el Espíritu, que infunde ese amor y capacita para vivirlo. Esta primera parte se explica porque el problema que enfrenta la comunidad tiene por objeto el «conocimiento». La sabiduría, en esta carta, se refiere a la acción histórica de Dios en Jesucristo, y se proyecta en la conducta diaria, que se deriva de esa acción histórica. Nada de sabiduría especulativa.
En vez del término que usaban los maestros griegos para «conocimiento» (γνῶσις), prefiere el autor otro (ἐπιγνῶσις: cf. 1,9.10; 2,2; 3,10), cuyo contenido es la experiencia del designio salvador universal de Dios por revelación y experiencia personal de su amor a través del Hijo. Este término se aproxima más al término hebreo para «conocimiento» (דֵּעַת: Is 11,2).
b) Que, gracias al conocimiento que tiene de Dios –conocimiento que deriva de la experiencia del Espíritu–, la comunidad lleve a la praxis ese amor experimentado dando fruto, que es «lo que el Señor se merece». Esta donación del fruto con la guía del Espíritu Santo le agrada a Dios porque él la llamó a eso. Este es el modo en que la comunidad agrada a Dios «en todo». También esto tiene que ver con el problema que afronta la comunidad: el culto a Dios se da en el amor activo que produce hechos de amor, porque así es como el conocimiento de Dios se hace efectivo. Nada de conocimiento teórico.
El «fruto» al que se refiere el autor consiste en la propagación de la buena noticia en el mundo entero (cf. 1,6), como revelación de «la verdad» de Dios. Aquí también el autor confronta la visión cristiana con la de los maestros griegos (o greco-judíos), porque el «fruto» consiste en la misión universal, no como un adoctrinamiento, sino como experiencia del amor de Dios a todos los hombres, sin distingos de pueblos ni de razas.
c) Que ese «conocimiento» (experiencia) de Dios también fortalezca a los cristianos con el «poder de su gloria» (la fuerza invencible de su amor que da vida) para permanecer íntegros y firmes ante las oposiciones, «con una entereza y paciencia a toda prueba». El hecho de que este «conocimiento» exija soportar la prueba con «paciencia» (ὑπομονή) y «magnanimidad» (μακροθυμία) muestra que no se trata de un conocimiento nocional, sino de una praxis vital que, en la convivencia social, puede encontrar rechazo. No es conocimiento que consiste en un título de superioridad sobre los otros, sino capacidad de servicio a toda la humanidad.
El «poder de su gloria» (τὸ κράτος τῆς δόξης αὐτοῦ) confronta audazmente el «poder» de las fuerzas físicas humanas con el «poder» de la gloria del Señor, es decir, la fuerza de su amor, que es espiritual, porque se manifiesta a través del Espíritu Santo. Esa es la única fuerza que hace al cristiano resistente para soportar la oposición con grandeza de ánimo.
d) Que tal experiencia de salvación gratuita los lleve a la alegre gratitud al Padre que los hace herederos de las promesas en otro tiempo hechas a Israel (referencia anterior al «designio» divino: v. 9) y que ahora constituye la gratuita herencia de los hijos («los consagrados»), pues ahora están en la luz, rescatados del dominio de las tinieblas (cf. v. 13). El «conocimiento de su designio» no consiste en una ilustración o información abstracta de algo, sino en vivir por experiencia directa y satisfactoria la dicha de ser hijo y heredero de Dios Padre, reconocido como tal por la vida recibida de él, y la promesa de una vida definitiva como herencia suya.
La «herencia» de Dios para los suyos, que antes se consideraba reservada al mero pueblo de Israel y que consiste en la promesa de la vida en plenitud, se extiende a los paganos por pura gratuidad de Dios («herencia»); los antes «impuros» ahora son consagrados («santos»), los que antes habitaban en las tinieblas (cf. Is 49,6.9) ahora están «en la luz».
 
Esta oración traza el itinerario ideal de toda comunidad cristiana:
1. Conocimiento experimental de Dios y de su designio.
2. Misión testimonial para vivir y anunciar ese designio.
3. Fidelidad y constancia en medio de las pruebas.
4. Gratitud a Dios y alegría por la salvación recibida y compartida.
Ese itinerario nos lleva a la eucaristía, acción de gracias por excelencia, y brota de ella, fuente y estímulo de la misión cristiana. Vale recordar aquí lo que Pablo les escribió a los corintios: «…hermanos, cuando yo llegué a su ciudad, no les anuncié el secreto de Dios con ostentación de elocuencia o saber; con ustedes decidí ignorarlo todo, excepto a Jesús Mesías, y a este, crucificado» (1Co 2,1-2). El anuncio es la experiencia del amor entregado, no una ideología.
Feliz jueves eucarístico y vocacional.

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