La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

347
Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XVI semana del Tiempo Ordinario. Año I

Santos Joaquín y Ana, padres de la Bienaventurada Virgen María. Memoria obligatoria, color blanco

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (44,1.10-15): 

 

Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados. Fueron hombres de bien, su esperanza no se acabó; sus bienes perduran en su descendencia, su heredad pasó de hijos a nietos. Sus hijos siguen fieles a la alianza, y también sus nietos, gracias a ellos. Su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará. Sepultados sus cuerpos en paz, vive su fama por generaciones; el pueblo cuenta su sabiduría, la asamblea pregona su alabanza. 

Palabra de Dios

Salmo

Sal 131

 

 

R/. El Señor Dios le ha dado el trono de David, su padre

El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.» R/.

Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.» R/.

«Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema.» R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,16-17):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.» 

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
26 de julio.
San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María.
 
Los nombres de Joaquín (יְהוֹיָקִים: «el Señor hace crecer») y Ana (חַנָּה: «favorita», «agraciada») que la tradición atribuye a los padres de la Virgen María, se conocen por san Juan Damasceno, quien, a su vez, depende de la literatura apócrifa. La veneración de Santa Ana existe desde el siglo IV en Oriente, y desde el siglo VII en Occidente. Es venerada también por el islam. La veneración de san Joaquín es más reciente, aunque los cristianos griegos lo veneraron desde muy temprano. Su fiesta fue emplazada en distintas fechas, y en algún momento suprimida, hasta que en 1622 fue restaurada por el papa Gregorio XV. Después del Concilio Vaticano II, se celebran juntos, Joaquín y Ana, el 26 de julio. Hoy se consideran patronos de los abuelos.
 
1. Primera lectura (Sir 44,1.10-15).
El autor del libro se propone mostrar la gloria de Dios en la creación (42,15-43,33) y en la historia (44,1-50,21). Esta última sección lleva por título «alabanza de los antepasados». Este texto forma parte del rastreo de la gloria de Dios en la historia. El elogio de los hombres «fieles» (o ilustres), antepasados de los israelitas, redunda en alabanza a Dios y justifica el orgullo de pertenecer a su pueblo. La memoria de los hombres de bien se conserva desde tiempos antiguos, la de los otros desaparece. El elogio destaca estos hechos:
• Su linaje prolonga en el tiempo una herencia que se transmite. Esta transmisión de la herencia, de suyo, constituye una bendición que pasa de padres a hijos y de hijos a nietos.
• Ese linaje mantuvo la fidelidad a «las alianzas», y sus hijos después de ellos. Se refiere, según el texto griego, al hecho de cumplir las responsabilidades contraídas en la alianza.
• Por eso, ese es un linaje perpetuo, ya que su renombre es indeleble. La razón de la perpetuidad de su memoria está en la caridad de la que hicieron gala, que los hace famosos.
• Su muerte fue tranquila; su sepultura, con honores; su memoria, perdurable. Así se concibe el final de los hombres buenos, como una muerte serena que corona una vida justa.
• Su sabiduría (saber vivir) traspasa las fronteras, su elogio vive en la asamblea. La sabiduría del Señor, diseminada en sus obras, se comunica a sus fieles (cf. 43,33) y perdura.
 
2. Evangelio (Mt 13,16-17).
El recurso a las parábolas es una forma de manifestar Jesús su respeto por la libertad de la gente, y otro modo de manifestarle su amor. Jesús entiende que las multitudes han sido masificadas y privadas de todo pensamiento autónomo por la enseñanza alienante de los letrados, comprende a las personas y quiere ayudarlas a pensar con autonomía para que lleguen a conclusiones propias.
El reinado de Dios se les da a conocer a los que se abren a Jesús y aceptan su mensaje; los otros, le cierran los oídos, no quieren ver lo evidente, y endurecen su «corazón» para no convertirse a él, que es el único que puede liberarlos del fanatismo irracional en el que viven. No se refiere él a deficiencias físicas sino a resistencias morales. Se trata de ciegos que no quieren ver y de sordos que no quieren oír, porque la enseñanza de los letrados les ha embotado la mente para que no vean, ni oigan ni entiendan, a fin de que no lo acepten como «el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). La enseñanza de los letrados es instrumento de dominación sobre las multitudes.
Por eso Jesús declara dichosos a sus discípulos porque ven la obra de Dios en sus actuaciones y escuchan el mensaje de Dios en sus palabras. En el respeto que Jesús muestra por su libertad, y en el amor que les demuestra con ese respeto, pueden «ver» a Dios en el Emanuel (cf. Mt 1,23), y escuchar su voz en él, el hijo amado en quien el Padre ha puesto su favor, y a quien hay que escuchar (cf. Mt 17,5). El Dios del éxodo se hace visible en Jesús.
Eso era lo que ansiaban los profetas y los justos del Antiguo Testamento y no lo pudieron ver ni oír, porque aún no había llegado el Mesías. No obstante, el Antiguo Testamento debió de ser la preparación para que el pueblo entero acogiera al Mesías apenas se presentara. En particular, los profetas que lo anunciaban y los justos que lo anhelaban desearon verlo y escucharlo. Y, a pesar de que no vieron ni oyeron, fueron «profetas» y fueron «justos».
La dicha de los discípulos remite a las bienaventuranzas. En ese programa de vida y convivencia está el mensaje que los profetas y justos aspiraron escuchar y el testimonio que quisieron ver. Y ese es el programa que ha causado la decepción de los «sabios y entendidos» (cf. Mt 11,25), que no han sido capaces de descubrir en Jesús lo que sí descubrió «la gente sencilla».
 
Juan Bautista, entre los «profetas», y los padres de la Virgen María, entre los «justos», se pueden contar entre los que vieron, oyeron y entendieron que la persona y el mensaje de Jesús colman la esperanza de los patriarcas, los profetas y los justos.
Ser padre y madre de la que un día sería la madre del Mesías no es resultado de la casualidad ni producto de una ciega e irracional evolución. Es una realidad que se forjó en la responsabilidad (respuesta consciente y comprometida) con el Dios que, sacó el pueblo de la esclavitud y mostró así su intención de dirigir la historia de la humanidad hacia la realización de sus mejores anhelos. Y quiso hacer esto contando con la libre cooperación de los seres humanos.
Los personajes ilustres de la historia de Dios tienen una característica: fidelidad a la alianza. Esta fidelidad, constitutivo esencial de su vida, se transmite a sus descendientes espontáneamente, por ser inherente a su vida, y no un añadido. Hacen historia de salvación viviendo su fe, porque sus actitudes personales y sus relaciones de convivencia se rigen por la alianza pactada con Dios.
Hoy, para hacer historia de salvación, no hacen falta hechos o acciones de carácter extraordinario o fantástico. Basta que, con clara conciencia de la circunstancia que nos ha tocado (ver y escuchar a Jesús), seamos «profetas» (testigos del mundo futuro) y «justos» (hombres nuevos).
Recibir a Jesús en la eucaristía implica esa responsabilidad histórica. La comunión con Jesús nos compromete a incidir positivamente en la historia para que esta llegue a la meta: el reino de Dios.
Feliz conmemoración.
 

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí