La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la III semana de Pascua

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (8,26-40):

EN aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:
«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe:
«Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
«¿Entiendes lo que estás leyendo?».
Contestó:
«Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
así no abre su boca.
En su humillación no se le hizo justicia.
¿Quién podrá contar su descendencia?
Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».
El eunuco preguntó a Felipe:
«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».
Felipe se puso a hablarle y, tomando píe de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.
Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 65,8-9.16-17.20

R/. Aclamad al Señor, tierra entera

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies. R/.

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. R/.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,44-51):

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Jueves de la III semana de Pascua.
 
En el mensaje de hoy y en el de mañana se da un salto de diecisiete versículos que se resumen a continuación. Antes de Felipe, Samaría tenía otro líder, Simón el mago, un personaje que tenía abobada («pasmada») a la vecindad dándoselas de mucho («Grande»). En 8,12 se dice de modo explícito que la gente le daba fe a Felipe, no se menciona la fe a Jesús. Felipe bautizó masas, pero no hubo efusión del Espíritu; así recibió el bautismo Simón, sin haberse convertido.
Los de la Iglesia de lengua hebrea tomaron cartas en el asunto enviando a Pedro y a Juan. Estos oraron por ellos (pidieron la bendición de Dios sobre los que habían roto con su pasado: cf. Hch 4,24-31) y les impusieron las manos (personalizaron la adhesión de cada uno a Jesús). Se corrigió el fenómeno de masas propiciado por Felipe. Pero Simón interpretó todo esto en clave de magia, porque él no había roto con sus antiguos valores; por eso, pretendió hacerse a ese «poder» –así lo entendió él– con dinero. Pedro lo conminó y él se arrepintió con llanto, como el mismo Pedro lo había hecho, y se convirtió.
Hay que preguntarse por qué Jesús tiene más admiradores que seguidores, por qué resulta más fácil alabarlo que hacerle caso, y a qué se debe que sea más recurrente verlo como Hijo de Dios que como el Hijo del Hombre.
 
1. Primera lectura (Hch 8,26-40).
Lucas le da una nueva entidad a la antigua figura del «Ángel del Señor». Ahora representa a Jesús resucitado que, al encontrarse una persona prisionera, la «saca» de su encierro y la conduce a su éxodo personal. Cuando ya esa persona está abierta, disponible a la gracia de Dios, interviene el Espíritu del Señor. Y entonces llama a Jesús por su nombre, acentuando su acción salvadora.
Por eso, ante el desconcierto que padece Felipe, el Ángel del Señor lo llama a levantarse de su postración y a dirigirse hacia el sur, a Gaza («Tesoro»). El tesoro es un negro (otra raza) etíope (otro pueblo) eunuco (sin progenie ni futuro) que quiere encontrar en la Escritura judía respuesta a sus inquietudes. Como ya Felipe está abierto, el Espíritu le habla y Felipe responde «corriendo». Entabla un diálogo con el eunuco a partir de lo que se refiere a Jesús en dicha Escritura (cf. Lc 24,27.44). Habla del Mesías rechazado y de la razón de su rechazo. Mostrando libertad para citar la Escritura (cf. Lc 4,18-19), suprime el versículo que hablaba del «perdón de los pecados de su pueblo», porque el perdón de Jesús no se limita a Israel (cf. Lc 24,47). Ahora Felipe no anuncia «al Mesías» (v. 5), sino «la buena noticia de Jesús».
El bautismo del eunuco transforma la vida de ambos. El códice Beza lee así: «El Espíritu del Señor bajó sobre el eunuco y el Ángel del Señor arrebató a Felipe». El eunuco ya es cristiano, y su vida estéril cobra fecundidad. Un pueblo muerto, sin esperanza, tiene despejado su futuro, es un verdadero tesoro. Felipe va a parar a una ciudad totalmente pagana (Azoto) y allí funda una comunidad de la que recibiremos noticias más adelante (cf. Hch 21,8). Y de este modo termina aquí el aprendizaje del evangelizador Felipe. Ha completado su éxodo personal.
 
2. Evangelio (Jn 6,44-51).
El leccionario omite los versículos 41-43, en donde se muestra el obstáculo que los sometidos al régimen oponen a la fe en Jesús: su condición humana. No descubren por sus obras de amor el Espíritu de Dios que habita en él y que lo hace presencia de Dios.
Jesús se desentiende de la crítica y de la polémica, pero les denuncia la razón de su renuencia a creer: solo quien deja que el Padre lo encamine hacia Jesús llega a creer en él. Es decir, solo quien concibe a Dios como «Padre» (fuente de vida) le da su adhesión a Jesús. De otro modo, podría ser un simpatizante (en el mejor de los casos) o un opositor, pero nunca un adherente. Si su actividad a favor de los débiles y excluidos no los interpela, ni siquiera en Dios están creyendo.
Los fariseos sostenían la doctrina de la resurrección, pero como consecuencia de la observancia de la Ley. Jesús dice que la resurrección es fruto de la fe en él, y se deriva del Espíritu que él da.
Reformula y corrige la afirmación de Is 54,13 (cf. también Jr 31,33-34):
• El que enseña es el Padre, no –como dice Isaías– «el Señor» (יהוה).
• Los discípulos son «todos» (la humanidad), no solo los israelitas.
• Lo que el Padre enseña es a creer en Jesús, no a observar la Ley.
El Padre no selecciona a unos privilegiados, se dirige a todos. Todo el que aspira a la plenitud de vida (realización, felicidad) e impulsa en otros esta misma aspiración, aprende de él. Al Padre no se lo puede conocer directamente, pero Jesús es su cabal explicación (cf. Jn 1,18).
El que le da su adhesión a Jesús se hace hijo de Dios como él y posee ya vida definitiva. Ahora él se contrapone al maná, no por su origen, sino por su efecto: el maná no evitó que murieran los que lo comieron. También se contrapone a la Ley, porque ella no da la vida eterna, es él quien conduce a la «tierra prometida», al cielo. Se contrapone, por último, al cordero pascual: él es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», cuya sangre (el Espíritu) libera de raíz, y de verdad, al ser humano. Pero es su «carne» (su realidad humana) la que da acceso al Espíritu y a la libertad interior que de él procede. Por eso, ahora iguala el pan con su carne, para significar que la humanidad tendrá vida verdadera en la medida en que asimile la realidad humana del Hijo del Hombre, mortal y sujeta a penalidades y al rechazo.
 
La auténtica evangelización es doblemente liberadora: rompe las cadenas del evangelizador y del evangelizado. Y es también doblemente salvadora: infunde vida plena en el evangelizado y en el evangelizador. Jesús «saca» de las prisiones mentales, permite así la apertura al Espíritu Santo, y ambos, Jesús y el Espíritu, conducen a la experiencia de salvación compartida. La obra liberadora de Jesús (el nuevo «éxodo») toma el puesto de la preparación del camino del Señor que antes de la predicación de la buena noticia se le asignó a Juan Bautista.
Es necesario evitar cierta idealización de Jesús que induce a un «pietismo» inocuo y socialmente irrelevante. Jesús es Dios como el Padre –ciertamente–, pero el culto que ambos esperan («con espíritu y verdad», o sea, con amor leal) no consiste en un ritual ceremonioso sino en la praxis del mismo amor servicial que él demostró (cf. Jn 13,15.34). La celebración de la eucaristía tiene rito y ceremonia, pero la eucaristía es más que eso, es «memorial» del Señor. Quedarnos en la precisión del ritual o en la belleza del ceremonial sería traicionar la memoria del Señor. Hay que volver a la vida ordinaria con el impulso de vida nueva que dimana del Señor.
Feliz jueves eucarístico y vocacional.

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