La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pïxabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,19–5,4):

Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él, En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no, son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 71,1-2.14.15bc.17

R/.
Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra

Dios mío, confía tu juicio al rey, 
tu justicia al hijo de reyes, 
para que rija a tu pueblo con justicia, 
a tus humildes con rectitud. R/.

Él rescatará sus vidas de la violencia, 
su sangre será preciosa a sus ojos. 
Que recen por él continuamente 
y lo bendigan todo el día. R/.

Que su nombre sea eterno, 
y su fama dure como el sol; 
que él sea la bendición de todos los pueblos, 
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según San Lucas (4,14-22a):

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. 
Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Espere la reflexión en las próximas horas…

10 de enero.

O jueves después de Epifanía. 

El «mundo» con el cual rompe Jesús comienza en la sinagoga en donde no hay sintonía con el designio de Dios. De él se esperaba fidelidad a la tradición, pero él subordinó esa tradición al amor universal de Dios. Ese «mundo» se extiende a la sociedad entera en cuanto está basada en criterios egoístas y no da cabida al amor ni en las variadas expresiones de la cultura, ni en las instituciones sociales. Y, en particular, se afirma de modo escandaloso cuando se presenta bajo la forma de fanatismo religioso, que practica el mal recurriendo al nombre de Dios. 

1. Primera lectura: discernimiento (1Jn 4,19-5,4).

El ser humano puede amar si antes ha sido amado. Para amar como Dios, es preciso primero haber experimentado su amor, experiencia que se tiene cuando –después de haberle dado fe a Jesús– se recibe el don del Espíritu Santo; y la autenticidad de esa experiencia se define en la calidad del amor al hermano, porque esta es la única forma de corresponder al amor divino. Es decir, el amor de Dios no confina al ser humano en una relación cerrada, sino que lo abre a la relación con sus semejantes. El amor de Dios se muestra verdadero cuando el amor a él se traduce en entrega de sí mismo al «hermano». La «verdad» del amor de Dios está en juego en la realidad del amor a los semejantes. Sin este amor, el amor a Dios es mentira, ya que se basa en una ilusión: «no ama a su hermano a quien esta viendo, a Dios, a quien no ve, no lo puede amar». Por eso Jesús planteó esa exigencia, que es el apremio interior que brota de la experiencia del Espíritu (cf. Jn 13,34-35). Más que mandato, es impulso interior irreprimible.

La adhesión a Jesús como Ungido o Enviado de Dios hace hijo de Dios al creyente porque este recibe el Espíritu, que le infunde nueva vida, y él lo lleva a amar a los otros hijos de Dios. La autenticidad del amor a los hijos de Dios se determina en el hecho de aceptar las exigencias del amor de Dios, las cuales no son imposiciones exteriores, sino reclamos interiores ante las urgencias de justicia que tienen las personas, urgencias que son atendidas teniendo en cuenta las notas propias del amor de Dios (universalidad, gratuidad, fidelidad). Esto no es difícil si se rompe de veras con los valores del mundo por coherencia con la adhesión de fe a Jesús. En eso consiste la victoria sobre el mundo: en romper con él, en «salirse» de él (nuevo éxodo): «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. No amar es quedarse en la muerte…» (cf. 1Jn 3,13). 

2. Evangelio: manifestación (Lc 4,14-22a).

Esta «epifanía» de Jesús manifiesta de forma gozosa, franca y valiente el designio eterno del Dios a quien Israel llamaba «el Señor» desde la salida de Egipto.Lo que impulsa a Jesús es «la fuerza del Espíritu», es decir, el irresistible amor del Padre, que desde joven era su prioridad indiscutible (cf. Lc 2,49) y que le había sido ratificado después de su bautismo (cf. Lc 3,22); amor que él puso por encima de todo interés personal, porque su decisión es realizar en la tierra el designio del Padre (cf. Lc 4,1-12).

La manifestación que tiene lugar consiste en afirmar que el Padre cumple la promesa de vida y libertad que hizo a Abraham en términos de «descendencia» y «tierra». Inicialmente, todos reaccionaron con desconcierto a sus propuestas (cf. Lc 2,47), pero, en términos generales, la opinión pública le era favorable (cf. Lc 2,52; 4,15). Así que su presencia en la sinagoga de la población en la que creció generó expectativas. A todos les pareció bien que hiciera la lectura y dirigiera la exhortación correspondiente. Él escogió el texto de Is 61,1-2, que se consideraba anuncio mesiánico de «el Profeta», anunciado por Moisés (cf. Dt 18,15-19).Sin embargo, Jesús no leyó el texto tal como estaba escrito. Evitó mencionar los «corazones desgarrados» (Is 61,1c), que eran los castigados por haber abandonado al Señor (cf. Is 65,14), e insertó en su lugar la misión de «poner en libertad a los oprimidos» (cf. Is 58,6d), en abierta oposición al culto ritual (cf. Is 58,6abc) y suprimió el anuncio del «día del desquite de nuestro Dios» (Is 61,2b), evidente amenaza contra los paganos. O sea, nada de venganza del Señor, ni contra los impíos de dentro, ni contra los paganos de fuera; pero sí el mayor énfasis posible en la liberación humana. Jesús se presenta como epifanía del Señor (Dios de Israel), y excluye del todo los rasgos de venganza y rencor con los que ellos se lo representaban.

El Mesías no es solo liberador de los judíos sino de todos los oprimidos: la nueva sociedad (profetizada como «el año de gracia del Señor») es incluyente. Esa era la promesa de Dios, y Jesús anuncia su cumplimiento. Para todos es una gracia, no hay oráculo de desgracia. Y este distanciamiento de la larga tradición sinagogal causa extrañeza y le trae la reprobación general. Pero él está animado por el Espíritu Santo, y –como ninguno en la sinagoga– conoce bien al Padre (cf. Lc 10,24). No le preocupa perder su aceptación social con tal de dar testimonio del Dios verdadero. Para él, lo primero son los asuntos de su Padre (cf. Lc 2,49). El amor de Dios solo se le hace posible al que le da su adhesión sincera a Jesús. Esa adhesión permite «vencer» el mundo (cf. 1Jn 5,5), es decir, superar el apego a los valores egoístas que producen «el pecado del mundo» (cf. Jn 1,29), y «nacer de Dios» (cf. 1Jn 4,7; 5,1) por el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5-6). La victoria sobre el mundo tiene algo de paradójico: cuando el mundo cierra el cerco sobre los discípulos de Jesús y los aprieta hasta asfixiarlos, parecería que el mundo vence, pero es entonces cuando confirma su fracaso, porque, así como Jesús venció el mundo, así también lo vencen los suyos: resucitando (cf. Jn 16,33).

La experiencia del amor de Dios conduce al seguidor de Jesús por un camino que no transita la mayoría, porque la mayoría sigue el «espíritu del mundo», tiene espiritualidad mundana. La espiritualidad mundana ha sido denunciada repetidamente, y en muchos círculos eclesiásticos esta denuncia no ha sido recibida con simpatía. Esa reacción es antigua. Ya se produjo contra Jesús en la sinagoga, y no es de extrañar que se produzca contra los suyos en alguna iglesia.Los peores fanatismos son los que pretenden justificarse invocando el nombre de Dios, o su palabra, o la «recta doctrina» o las «sanas costumbres», porque nada es tan perverso como el hecho de legitimar el atropello al ser humano apelando a una supuesta autoridad divina.

Los que celebramos la eucaristía tenemos el desafío de la coherencia con el amor de Dios tal como él es, como se manifiesta en la cruz de Jesús: en fidelidad al Padre y con feroz rechazo por parte del mundo.

Feliz día.

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