La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

II Domingo de Adviento. Ciclo A

Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
Solemnidad, color blanco

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (3,9-15.20):

Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre: «¿Dónde estás?»
Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.»
El Señor le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?»
Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.»
El Señor dijo a la mujer: «¿Qué es lo que has hecho?»
Ella respondió: «La serpiente me engañó, y comí.»
El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.»
El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.3c-4

R/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-6.11-12):

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1.26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

8 de diciembre.
Inmaculada concepción de la Santísima Virgen María.
 
La acostumbrada expresión «inmaculada concepción» formula en negativo lo que, en positivo, podríamos formular en términos de «agraciada concepción». La fe de la Iglesia quiere expresar la predestinación de María como puro don de la gracia divina, anterior a cualquier merecimiento que se pudiera alegar de parte de ella, con el propósito divino de «preparar el camino del Señor, enderezar sus senderos» (cf. Lc 3,4). Inserta en el adviento, esta solemnidad de la «inmaculada concepción» revela cómo Dios le preparó el camino a su Hijo y cómo dicha preparación requiere la libre cooperación humana. La afirmación fundamental del tiempo de adviento es que el Señor «viene». Contrario al afán que anima a las religiones (el hombre va a buscar a Dios), la fe cristiana afirma que es Dios quien viene a buscar al ser humano (cf. Lc 19,10; 15,4.9); así, el cristiano es «buscador» de Dios porque primero fue «buscado» por él. Más que encontrar a Dios, el cristiano se dejó encontrar por él. Así se verifica en el caso de María, la madre del Señor.
 
1. Primera lectura (Gen 3,9-15.20).
La creación del ser humano por Dios, «a su imagen y semejanza» (cf. Gn 1,26s), obtuvo una valoración totalmente positiva por parte del mismo (cf. Gn 1,31). Pero un falso oráculo indujo al hombre (mujer y varón) a desconfiar de la palabra de Dios. Al lector u oyente de lengua hebrea le resulta fácil percibir la semejanza de escritura y sonido entre «serpiente» (נָחָשׁ) y «vaticinio» (נַחַשׁ), desapercibida para el lector u oyente de las correspondientes traducciones a las lenguas modernas. Dios descubre el pecado, lo denuncia y anuncia la derrota de la serpiente (objetivación del falso profeta). La serpiente, popularmente reputada por su astucia, también era asociada a las religiones paganas (cultos de fertilidad e inmortalidad), por lo que la serpiente era presentada en relación con la superstición y la idolatría, y como poder opuesto al Señor.
Escuchar el oráculo de la serpiente aleja al hombre de su propósito de ser como Dios, y hasta del mismo Dios. El pecador se descubre «desnudo» y avergonzado, dividido y enfrentado a su semejante, engañado y defraudado. Su relación con la naturaleza ya no es más paradisíaca, sino agónica, su realización personal le resulta laboriosa.
Pero queda una esperanza de reivindicación, y la mujer garantiza la continuidad de la vida que se ha malogrado con el pecado. El «linaje» de la mujer (la raza humana) prevalecerá sobre el linaje de la serpiente (los falsos profetas), que va a fracasar (cf. Miq 7,17). Por eso, el autor relaciona el nombre de la mujer con la vida («Eva» = «Vitalidad»). Y la tradición cristiana ve aquí el anuncio de la victoria del Mesías, «nacido de mujer», sobre la mentira y la violencia.
 
2. Segunda lectura (Efe 1,3-6.11-12).
Bendecir a Dios es darle gracias. Y lo bendecimos porque él nos bendijo primero, es decir, nos infundió vida, nos salvó. La iniciativa es siempre suya. Él nos bendijo con la multiforme efusión de su Espíritu, desde antes de que el mundo existiera, desde antes de que nosotros naciéramos, para que nos realizáramos por el amor. Esta bendición pasa a través de Jesús Mesías, en quien todos estamos destinados a ser hijos (herederos de su vida o Espíritu). Y por él, su hijo querido, nos otorgó su favor (ἐχαρίτωσεν ἡμας ἐν τῷ ἠγαπημένῳ). El verbo que significa «otorgar favor» (χαριτόω) aparece solo tres veces en la versión griega (Sir 18,17; Lc 1,28; Efe 1,6), y solo dos en participio: la primera (Sir 18,17) denota al hombre dadivoso, que es sujeto de un señalado amor; la segunda (Lc 1,28), a María, que es objeto del amor de Dios. Por medio del Mesías, Dios nos hizo a todos «llenos de gracia», es decir, objeto de su infinito amor. El Mesías es, pues, el más grande don de amor del Padre generoso.
Los primeros en tener conocimiento de esta predestinación fueron los judíos, que fueron los primeros destinatarios de la promesa, y primeros en esperar al Mesías, destinados también a ser alabanza de la gloria del mismo, precisamente por esperar el cumplimiento de esa promesa.
 
3. Evangelio (Lc 1,26-38).
La promesa de Dios permanece para siempre (cf. Isa 40,8). Se ha cumplido el plazo para su plena realización, y Dios toma la iniciativa. Ahora envía él un ángel a una virgen. La escena del paraíso se evoca y se encamina hacia el designio original. La virgen expresa la vitalidad y las posibilidades de vida nueva (cf. Gen 3,20), y está ya desposada con un descendiente de David, a quien le fuera hecha lo promesa del reinado eterno. El prometido, José (יְהוֹסֵף: «el Señor añada»), y la virgen, María (מִרְיָם: «exaltada»), son la pareja de este nuevo comienzo. Pero hay un desplazamiento: el prometido apenas es mencionado. Como ocurría en Israel, la pareja real estaba formada por el rey y su madre.
La «virgen» escucha, pondera y procura entender la palabra que Dios le dirige por medio de su mensajero. Comenzando por el saludo, el mensaje le propone un nuevo rostro de Dios y le anuncia una actuación sorprendente del mismo, por fuera de toda lógica humana, basada en la fuerza del Altísimo, que es el Espíritu Santo. De hecho, el nombre del mensajero, Gabriel (גַבְרִיאֵל), significa «fuerza de Dios». El reinado de Dios a través del Mesías esperado se realizará por la fuerza del amor, y no por la imposición del poder. Si esa fuerza de vida se manifestó en Isabel, la del vientre estéril, se manifestará creadora y sorprendente en María, la del vientre virgen, porque al lado de Dios nada resulta imposible.
La apertura de María al designio de Dios es total: se declara «la sierva del Señor». Es decir, la persona libre que, con entrega sin reservas, se pone a disposición del Dios que sacó a Israel de Egipto («el Señor») para cooperar con él en el nuevo y definitivo éxodo.
 
Acostumbrados como estamos a la oración que aprendimos desde nuestra infancia (Avemaría), no advertimos que el mensajero de Dios llama a María con un nombre diferente del propio. No le dice «Alégrate, María», sino «Alégrate, favorecida». Sutilmente se insinúa un cambio de nombre y, por tanto, de misión. María es la «favorecida» (κεχαριτωμένη) en triple sentido:
• Ese es su «nombre» para Dios. Ella es la «favorecida» por excelencia, en ella se desborda de un modo único ese favor inaudito de la elección previa a la creación del mundo, de la predestinación a la adopción de hijos suyos, y la conversión de nosotros en «himno a su gloriosa generosidad», por medio de su Hijo amado, en previsión a la liberación efectuada por él (cf. Ef 1,4-7).
• Dios desbordó sobre ella su amor y, como a Noé (cf. Gn 6,8), Moisés (cf. Ex 33,17) y David (cf. Hch 7,46), le otorgó ese amor como su don para realizar su designio de erradicar el pecado (Noé), realizar el nuevo éxodo (Moisés) y cumplir su promesa e instaurar su reinado (David).
• Su fe en la fuerza de Dios (el mensaje y el Espíritu) la hizo capaz de amar como él, asociándola a la obra de darle su Hijo a la humanidad como Salvador, Mesías y Señor (cf. Lc 2,11), la inmensa obra de caridad de Dios en favor de la sociedad humana, a la cual ella quedó inseparablemente unida, porque ella se puso libremente y sin reservas a disposición de ese insondable amor.
María fue concebida en gracia por iniciativa de Dios para preparar el camino del Mesías. Y ella cooperó con la gracia de Dios al entregarse conscientemente a ese designio divino con absoluta entrega y con compromiso fiel, declarándose «la sierva del Señor». El misterio de la Inmaculada Concepción se realiza para cada cristiano en su bautismo, y se renueva en la penitencia y en la eucaristía. El amor/favor recibido y prodigado nos permite vivir a diario este misterio en nuestras relaciones humanas, al mismo tiempo que construimos el reino de Dios en la tierra.
Feliz solemnidad.

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