La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

III Domingo de Pascua. Ciclo C

surtigas 2

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,27b-32.40b-41):

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» 
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 29,2.4.5.6.11.12a.13b

R/.
 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado 
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. 
Señor, sacaste mi vida del abismo, 
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos, 
dad gracias a su nombre santo; 
su cólera dura un instante, 
su bondad, de por vida; 
al atardecer nos visita el llanto; 
por la mañana, el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; 
Señor, socórreme. 
Cambiaste mi luto en danzas. 
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Segunda lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (5,11-14):

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-19):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.» 
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.» 
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» 
Ellos contestaron: «No.» 
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» 
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» 
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.» 
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.» 
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» 
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» 
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» 
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» 
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» 
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. 
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

III Domingo de Pascua. Ciclo C.
 
La pesca era una metáfora militar muy frecuente en la época de los profetas, imagen con la que se representaban los reinos invasores, unas veces actuando por su propia iniciativa y otras como emisarios de Dios en «castigo» a los pecados de su pueblo (cf. Hab 1,14-17; Jer 16,16; Ez 12,13; 17,20; 32,3; Job 19,6). Esa metáfora era vigente todavía en la época de Jesús. Él recurre a ella cuando invita a sus primeros seguidores, y les promete hacerlos «pescadores de hombres». Pero, en sus labios, esta metáfora tiene tres diferencias con respecto del uso común:
• La pesca de peces los extrae del agua, su medio vital, para matarlos; la «pesca» de hombres, es decir, la misión, saca a estos del ámbito de violencia y de muerte para salvarlos.
• La «pesca» de pueblos es violenta; su finalidad es reducirlos a la servidumbre, los saquea y los envilece; la misión conquista los pueblos con amor para hacerlos libres y dignos.
• La «pesca» de «hombres» tiene una portada universal; no se trata ahora del predominio de un pueblo sobre los otros, sino de construir la fraternidad universal sobre la tierra.
 
Jn 21,1-14.
El relato contrasta el proselitismo con la misión y señala los rasgos característicos de la misión y de la comunidad misionera.
1. Proselitismo versus misión.
Es el tiempo del resucitado. El espacio tiene un horizonte universal. El lago es designado como «mar», y por su nombre pagano («mar de Tiberíades»), lo que pone el relato en clave de éxodo. Hay siete discípulos, número que connota una totalidad heterogénea, ya no Doce. La misión se dirige inequívocamente a toda la tierra, y el grupo de los discípulos es ahora abierto.
• Simón (nombre) Pedro (sobrenombre) toma la iniciativa de «ir a pescar», y sus compañeros lo apoyan. Pero la empresa resulta infructuosa. Están en «la noche», es decir, en la tiniebla. Por eso la tarea resulta infructuosa. Simón la emprendió sin desprenderse de los afanes proselitistas que aprendió y que obstinadamente («Pedro») mantiene todavía.
• La «luz» brilla cuando aparece Jesús. La noche se vuelve mañana, despunta un nuevo día. Y él toma la iniciativa. Les pregunta si tienen algo para acompañar el pan, y la seca respuesta negativa de ellos indica su desaliento y su fracaso. La iniciativa proselitista no favorece la vida, no provee la pesca «para acompañar el pan», es decir, no hace crecer la comunidad eucarística.
2. Rasgos propios de la misión.
Jesús les hace una indicación: echar la red al lado derecho de la barca. En lenguaje figurado, esta indicación cambia la perspectiva del grupo y el sentido de su labor. Aparentemente, Jesús indica que los peces están del lado derecho de la embarcación. Sin embargo, no hay que descuidar el sentido metafórico de la pesca (misión) y de la barca (comunidad), lo que invita a pensar en algo más que en un cardumen imperceptible desde la nave.
Hay que tener en cuenta que la (mano) «derecha» está cargada de un particular simbolismo en la Biblia. En cuanto «mano», ella simboliza la actividad, y se refiere generalmente a las obras que realiza la persona. En particular, la mano de Dios, de la cual los discípulos son libre instrumento a través de sus acciones, connota sus obras de amor restaurador, liberador, salvador e invencible que se manifestaron a través de las manos de Jesús (cf. Jn 3,35; 10, 18.28-29; 20,20).
A la diestra de Dios se le atribuyen la creación, la liberación de la esclavitud, y la salvación. Esto llega a su máxima expresión en la resurrección de Jesús, a quien su diestra glorificó. Así que la indicación dada por Jesús invita a los discípulos a comprometer al grupo entero en un proyecto de creación, liberación y salvación. El término usado para cuantificar los peces, «muchedumbre», recuerda a los excluidos de la sociedad judía (cf. Jn 5,3): Jesús les indicó que se dirigieran, ante todo, a los excluidos. Esta pesca sí resulta exitosa en gran medida.
3. Rasgos propios de la iglesia misionera.
El discípulo predilecto de Jesús identificó a su Señor, se lo comunicó a «Pedro» en cuanto tal, es decir, teniendo en cuenta su obstinación. El evangelista lo señala por su nombre (Simón) y por su sobrenombre (Pedro), y refiere que este realizó dos acciones:
* Se ató la prenda de encima a la cintura. Recuerda así la acción de Jesús cuando se ató el paño a la cintura para significar su disposición de servir hasta la muerte (cf. Jn 13,4). Pedro no había adoptado esa actitud («estaba desnudo») y por eso la misión no había dado frutos, porque en vez de servicio, se presentaba como proselitismo.
* Se tiró al mar. Recuerda así que Jesús les había lavado los pies en señal de su entrega de amor (cf. Jn 13,6-7). Él le advirtió que el servicio por amor es condición para permanecer a su lado y le aclaró que lo que limpia es la práctica de ese mensaje (cf. Jn 13,8-10; 15,3). Ahora, él manifiesta su disposición de servir y entregar su vida.
Al llegar los discípulos a la orilla, encuentran que Jesús les ha preparado de comer pescado y pan. No obstante, les pide que traigan los peces que han cogido en la pesca que han hecho. Otra vez, Simón Pedro tomó la iniciativa y arrastró la red repleta de peces, que ahora se señala que eran «grandes» (hombres adultos: cf. Jn 6,10) y que su número era de «ciento cincuenta y tres». Esta es una cifra simbólica (50×3 + 3). «Cincuenta» es el número de los miembros de las comunidades de profetas (cf. 1Rey 18,4.13; 2Rey 2,7), hombres disponibles al Espíritu, adultos. «Tres» es, a la vez, multiplicador y sumando, y símbolo de totalidad homogénea; significa la presencia y acción de Dios, por quien las comunidades se multiplican y crecen (cf. Gn 1,22: bendición de Dios).
Jesús los invita a «almorzar». Hacía poco se había dicho que había amanecido, y que el trayecto entre el sitio donde pescaron y el lugar donde estaba Jesús era de aproximadamente cien metros. Esto significa que los datos cronológicos tienen un valor teológico. Efectivamente, el paso del amanecer al mediodía indica que los discípulos han venido ganando en claridad, y ahora están en el momento de la plena luz, el cenit, cuando Jesús es tan patente que ninguno duda que sea él. Y él repite el mismo gesto que cuando repartió los panes y los peces a la multitud, y luego les habló de la eucaristía. La vida entregada no se pierde, sino que crece y se multiplica.
 
En el relato, el mar simboliza la historia, y la playa simboliza la meta. Jesús está ya en la meta y, desde allí él potencia la labor de los suyos. Al llegar, ellos ven que Jesús les tiene preparado el alimento, pero les pide que presenten el fruto de su labor antes de brindarles de comer lo que él ha preparado para ellos. La eucaristía es, a la vez, punto de partida y meta de llegada de la misión.
Cada vez que la celebramos, el Señor nos pide que presentemos en ella el servicio de amor que hemos realizado, nuestra «pesca». Y es la oportunidad para llevar a su presencia los nombres de las personas a quienes hemos servido en su nombre. Él alimentará con su amor nuestra misión.
Finalmente, un día llegaremos definitivamente la playa para no volver a zarpar. Mientras vamos por la historia, la eucaristía será energía para la misión; al final, será nuestro premio. Tengamos esto presente al irnos «en paz», luego de nuestra celebración dominical.
Feliz día del Señor.

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