La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Nehemías (8,2-4a.5-6.8-10):

 

EN aquellos días, el día primero del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley ante la comunidad: hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón. Leyó el libro en la plaza que está delante de la Puerta del Agua, desde la mañana hasta el mediodía, ante los hombres, las mujeres y los que tenían uso de razón. Todo el pueblo escuchaba con atención la lectura de la ley.
El escriba Esdras se puso en pie sobre una tribuna de madera levantada para la ocasión.
Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas:
«Amén, amén».
Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra.
Los levitas leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura.
Entonces, el gobernador Nehemias, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea:
«Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios: No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley).
Y añadieron:
«Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,8.9.10.15

 

R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

V/. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R/.

V/. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.

V/. La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R/.

V/. Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia
el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,12-30):

 

Hermanos:
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro sino muchos.
Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso.
Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo.
El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.
Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían.
Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros.
Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan.
Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.
Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas.
¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,1-4;4,14-21):

Ilustre Teófilo:
Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmiteron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Palabra de Dios


La reflexión del padre Adalberto
 
III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
La manifestación de Jesús se prolonga en su vida pública, que es toda ella revelación del Padre. Su presencia, su palabra y sus acciones transmiten la realidad de Dios. Solo él conoce al Padre y puede revelarlo, pero esta revelación suya puede chocar con otras representaciones de Dios que favorecen los intereses de quienes así lo presentan, aunque esas representaciones aleguen basarse en las Escrituras. Jesús deja constancia de que ninguna Escritura está por encima de él cuando de revelar a Dios se trata. Él es la verdadera palabra de Dios para la humanidad.
 
Lc 1,1-4; 4,14-21.
El texto propuesto para este domingo contiene dos partes netamente distinguibles: el «prólogo» del evangelio de Lucas y la enseñanza de Jesús en la sinagoga de Nazaret.
 
1. El prólogo del evangelio.
Lucas comienza su narración de la vida, obra y enseñanza de Jesús reconociendo que «muchos» otros lo han intentado y que él se apoya en la tradición oral, es decir, en el testimonio de quienes al principio fueron testigos oculares y después llegaron a ser garantes del mensaje de Jesús.
 
Asegura que ha investigado «con nuevo rigor» todo lo que ha escuchado, y ha decidido ponerlo por escrito «de forma conexa» para que el destinatario de su libro compruebe la solidez de las enseñanzas con las que ha sido instruido.
 
El destinatario se llama Teófilo. Algunos piensan que se trata del sumo sacerdote Teófilo, tercer hijo de Anás, cuñado de Caifás, que ejerció entre los años 37-41 después de Cristo. Pero otros, ateniéndose al significado del nombre («el querido por Dios»), piensan que así llama Lucas a toda una comunidad a la que se dirige.
 
2. La enseñanza en Nazaret.
Después de su bautismo y de vencer las tentaciones del diablo, «regresó Jesús a Galilea». Estos hechos debieron de tener sus repercusiones sociales, porque la noticia de su presencia se difundió por toda la comarca como un acontecimiento notable. Antes estuvo en Cafarnaún (cf. Lc 4,23), y venía precedido por la buena impresión que en todos causaba su enseñanza en las sinagogas.
 
Lo que impulsa a Jesús es «la fuerza del Espíritu», o sea, el irresistible amor del Padre, amor que desde joven era su prioridad indiscutible (cf. Lc 2,49) y que Dios le había ratificado después de su bautismo (cf. Lc 3,22); amor que él puso por encima de todo plan o interés personal, porque su decisión era realizar en la tierra el designio de su Padre (cf. Lc 4,1-12).
 
Desde el principio, todos reaccionaron con desconcierto a sus propuestas (cf. Lc 2,47), pero, en términos generales, la opinión pública le era favorable (cf. Lc 2,52; 4,15). Por eso, su presencia en la sinagoga de la población en la que creció generó expectativas. A nadie le extrañó que hiciera la lectura y dirigiera la exhortación correspondiente, porque él solía enseñar en las sinagogas «de ellos» (cf. Lc 4,15.16). Él escogió leer el texto de Is 61,1-2, que se consideraba anuncio mesiánico de «el Profeta», anunciado por Moisés (cf. Dt 18,15-19). Escogencia que produjo expectativa.
 
Pero Jesús no leyó el texto tal como estaba escrito. Evitó mencionar los «corazones desgarrados» (Is 61,1c), que eran los castigados por haber abandonado al Señor (cf. Is 65,14), lo sustituyó con la misión de «poner en libertad a los oprimidos» (cf. Is 58,6d), en abierta oposición al culto ritual (cf. Is 58,6abc), y suprimió el anuncio del «día del desquite de nuestro Dios» (Is 61,2b), evidente amenaza contra los paganos. O sea, nada de venganza del Señor, ni contra los impíos dentro del pueblo, ni contra los paganos, fuera del mismo; pero sí el mayor énfasis posible en la liberación humana. Jesús se presenta como profeta del Señor (Dios de Israel), y excluye de tajo los rasgos de venganza y de rencor que antes le atribuían.
 
De lo que leyó se deduce cómo entiende él su misión. Ante todo, es respuesta a una consagración (o «unción») –por medio del Espíritu Santo– de parte del «Señor», el Dios liberador y salvador. Los destinatarios de privilegio son, en primer lugar, «los pobres», a quienes lleva la buena noticia de parte del Señor. Aquí omitió el envío a «vendar los corazones desgarrados».
 
Enseguida viene una doble proclamación: «proclamar la libertad a los cautivos» es algo fácil de entender, pero «proclamar la vista a los ciegos» necesita explicación. Los «cautivos» y los «ciegos» son categorías tradicionales para designar a los oprimidos (cf. Is 29,18-19; 35,5;42,7).
Continúa con una inserción: «poner en libertad a los oprimidos», palabras tomadas de otro lugar (Is 58,6) y que expresan cuál es el culto que Dios quiere que se le dé.
 
Y, finalmente, declara la tercera proclamación: «proclamar el año favorable del Señor», que es el año jubilar, en el que se recobraba la propiedad, se condonaban las deudas y se ponía en libertad a los esclavos (cf. Lev 25). Y aquí suprimió la mención del «día del desquite de nuestro Dios».
 
El Mesías no es solo liberador para los judíos sino para todos los hombres oprimidos. La nueva sociedad, profetizada como «el año de gracia del Señor», es incluyente; en adelante, él la llamará «el reino de Dios». Esa era la verdadera promesa de Dios, y Jesús anuncia su cumplimiento. Para todos es una gracia, no hay oráculo alguno de desgracia. Dios es totalmente positivo.
 
La unción con el Espíritu del Señor capacita y compromete a anunciar el amor universal de Dios proclamando la liberación de cadenas exteriores («cautivos») e interiores («ciegos»), individuales y sociales («el año favorable del Señor»). Este amor es buena noticia para «los pobres», entre los cuales sobresale la Virgen María (cf. Lc 1,46-50), pero mala noticia para los arrogantes poderosos de todos los tiempos, cuyos planes desbarata el Señor (cf. Lc 1,51-53).
A veces se pregona como «amor de Dios» un sentimiento de privilegio y superioridad respecto de otros seres humanos con base en una supuesta rectitud que diferencia a unos seres humanos de otros; los unos se dicen «justos», y llaman «pecadores» a los que no son como ellos. Anunciar el amor universal de Dios en esos contextos sociales polarizados requiere verdadera unción del Espíritu Santo, y coraje para no amoldarse a los criterios de ese mundo inicuo.
 
Las comunidades cristianas están llamadas a vivir y anunciar ese amor universal con la fuerza del Espíritu Santo, fija su mirada en Jesús, que es la palabra viviente de Dios, sin admitir autoridad alguna por encima de él. Y esto hay que recordarlo en todas las asambleas dominicales.
¡Feliz día del Señor!

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