Dicen que el tiempo arranca recuerdos y siembra olvido, una tesis que parece venirse abajo al cumplirse 76 años del siniestro de Ovejas, donde la memoria recobra vida, y los sentimientos no parecen envejecer.
Dos velas lánguidas y recién iniciadas adornaban el monumento a la Virgen del Carmen, la única evidencia de esta tragedia ocurrida el 1 de febrero de 1950, cuando, pasadas las 2:00 de la tarde, La Cubita, una chiva de palo que cubría la ruta Sincelejo-Ovejas, se volcó e incendió a 2 kilómetros y medio del casco urbano de este último municipio.
La conflagración se originó a causa de unas chispas que alcanzaron unas pimpinas de gasolina que eran transportas en el techo; 30 ocupantes murieron, un número muy alto para un vehículo de ese tipo, lo que siempre ha llevado a concluir que había sobrecupo, sumado a cargas de alimentos y enseres e impidiendo la rápida evacuación y la posibilidad de rescatar a los pasajeros.
En la actualidad, el lugar del accidente tiene un ambiente otoñal, y con el pasar del calendario, el poder del invierno y el implacable desarrollo le han restado identidad.
La curva La Santa, que se hizo famosa por la ocurrencia del infortunado hecho, es hoy una recta; las lluvias socavaron la tierra donde estaba la gruta inicial, y con ello, la placa conmemorativa.Sin miramientos de credo, el basural de la zona es barrido una vez al mes por una vecina evangélica.

El periodista Jaime Vides Feria, de Ovejas, asegura que la curva fue sepultada después de haber ‘matado’ a decenas de personas y, con esto, parte de la historia.
“Era frecuente ver a camioneros, o a personas que iban en sus carros particulares bajarse a hacer una oración en la gruta, pero, como ya quedó apartada, las personas no saben dónde está”, sostiene.
Vides enfatiza en que no se opone al desarrollo, es más, la corrección de la vía ha disminuido considerablemente la accidentalidad. “De niños, el atractivo era ir a ver los carros volteados en esa curva, era muy peligrosa, de un ángulo de más de 90° y además de doble vía”.

Alfredo Ricardo Guerrero, gestor cultural, manifiesta que, aunque la gruta ya no queda al pie de la carretera, el punto sigue siendo un lugar de peregrinación, principalmente para conductores de servicio público, quienes llevan velas y flores y cada 15 de julio ofrecen una eucaristía en memoria de los fallecidos.

Ricardo Teherán, artista y gestor cultural, evoca el hecho como si estuviera pasando frente a sus ojos; decide iniciar su relato con un personaje flaco que, con un gancho de madera, sacaba los restos de las personas calcinadas.
“El muchacho estaba sofocado y mi papá le gritó. ‘Santa, Santa, ¡deja que te ayude!’, a lo que este respondió que todavía tenía fuerza para eso. Se trataba de Santander Manjarrez. Esto fue un disparate grande, se escuchaban gritos, llantos”, cuenta.
Otra de las protagonistas que llamó la atención de Teherán fue una mujer que tenía colgada una medalla de la Virgen del Carmen, lo que se convertiría en su ‘huella dactilar’ para ser reconocida por sus familiares y sepultada con su nombre.
Poco a poco los protagonistas de este accidente han fallecido, y con ellos, el temor de que la historia original desaparezca; mientras que algunos nativos, aseguran, en voz baja, que al siniestro le han impreso mucho realismo mágico, religión e ingenio, buscando una espectacularidad en un hecho que sigue hablando por sí solo.
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