Angeles

El tiempo parece que no corriera, que fuera guiado por un reloj dañado. A la entrada, una puerta de golpe sellada con unas cintas de peligro que es abierta por una corpulenta jovencita que corre presurosa ante la llegada de los forasteros.


«Bienvenidos a Pita Abajo», dice la matrona del clan, dándole tiempo a una de sus descendientes, que viene armada con tapaboca y una bomba para fumigar con una mezcla aséptica la parte externa del carro. «Es tiempo de pandemia y cualquiera es sospechoso», se murmura en el perímetro.

El retén contra el covid-19 no tardó más de un minuto, tiempo suficiente para que, en las siguientes cuadras de esta población de 220 familias, se alertara de la presencia de extraños que no disimulaban su presencia y no perdieron oportunidad para captar con sus celulares el rezago en que se encuentra este, uno de los cinco corregimientos de Santiago de Tolú.

En Pita Abajo hay retén contra el covid-19.

El cementerio está en la terraza del pueblo, rara ubicación hasta que se descubre que su función para los nativos no solo está ligada a la muerte; para muchos es un lugar que permite que el resto del mundo sepa que están vivos.

Los violentos se les llevaron hasta la escuela

A inicios de la década del 2000 sus habitantes sufrieron los embates de la violencia a causa del paramilitarismo, aunque, inicialmente, este era un corredor de la guerrilla, aseguran los habitantes.

El líder Wilson Mendoza recuerda que esta población era presa del pánico: «Nosotros nos quedábamos en nuestros hogares y no salíamos a trabajar. Le teníamos temor a la muerte porque ¿quién no le huye a ella?».

En las veredas del corregimiento tiraban cadáveres provenientes de otros sectores, asesinaron nativos, hubo desplazamiento y temor. Pero, además del daño humano, hay uno que aún repercute en las nuevas generaciones: los paramilitares desvalijaron la escuela de la vereda Mónaco, donde estudiaban cerca de 150 niños de esta y de poblaciones aledañas como Macayepo y Poste Mora, por lo que desde entonces deben caminar 6 kilómetros diarios hasta llegar a la Institución Educativa Las Palmas, en Pita Abajo.

Irene Moreno Herazo, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Mónaco, ve cómo día a día la maleza se traga la infraestructura de la escuela, lugar donde sus cuatro hijos iniciaron los primeros pasos hacia el saber.

«La escuela, que queda a unos metros de mi casa, la destecharon, se llevaron las puertas, ventanas, hasta las redes y transformadores de la luz. Nos hace mucha falta porque hay mucho peligro en las vías que están construyendo y los niños deben exponerse», refiere.

Su opinión es apoyada por su padre, Rafael Moreno Silgado, un veterano que tiene vigente la historia de cuando los paramilitares se llevaron en dos camiones la madera, el techo, las sillas y hasta el tanque elevado de los estudiantes. «Lo llevaron para San Onofre», asegura.

A la escuela de Pita Abajo se la traga la maleza.

Continúa su relato con la impotencia del que no tiene más arma de defensa que el silencio. «A un señor de Macaján lo echaron en una banca, y un carro que iba cargando una lata, para no desbaratarlo, lo apartó para un costa’o como si fuera un trozo de leña. Al ver usted muertos tirados por ahí, ajá, da miedo y entra a jarrear sus chócoros».

El 15 de noviembre de 2001 fueron asesinados dos de sus vecinos, Francisco Garcés y Mauricio Villeros, lo que aceleró el desplazamiento de las familias; hoy solo han retornado 19.

José Alberto Villeros tenía solo 10 años cuando sacaron a su padre de casa para acabar con su vida y desde entonces se fue a vivir a Pita Abajo con sus cuatro hermanos y su mamá. Él fue el único que volvió a Mónaco y asegura que el panorama ha cambiado. Lo que permite que aún tenga en su mente aquellos años de dolor es el recuerdo de su padre y la caparazón de lo que fue su escuela, que, al igual que a su ser querido, también se la arrebataron.

«¿Qué ley había en ese tiempo para enfrentárseles a estos problemas? ¿Donde quién se quejaba uno?», se cuestiona Rafael Moreno.

La violencia se fue, el abandono quedó

Tiempo después, no precisan cuánto, la violencia se fue, pero el abandono quedó. Calles en mal estado, agua impotable y lo que se ha hecho más notorio en época de covid, por la misma exigencia de las autoridades para que la comunidad se confine, es la falta de una antena de comunicación.

«No contamos con buena señal en telefonía móvil, aquí estamos prácticamente aislados, no solo por la pandemia sino por la falta de comunicación», sostiene Wilson Mendoza.

El líder le lanza un SOS al Gobierno y a las empresas privadas para que donen antenas, pero también computadores y tabletas digitales, especialmente para los alumnos, quienes deben estudiar a través de cartillas que son entregadas cada 8 o 15 días en la institución educativa.

«Aquí para coger señal es duro, hay que montarse a los árboles, salir a un kilómetro del corregimiento o en el cementerio. No es nada fácil», cuenta.

El corregimiento sobrevive en medio de sus necesidades.

La presidenta de la Junta de Acción Comunal de Mónaco es también la responsable de la biblioteca itinerante instalada hace un tiempo por el Gobierno departamental; cuenta con 3 tabletas, elementos insuficientes para los 38 niños de la vereda y otras aledañas.

Lo que más le inquieta, sin embargo, es la falta de comunicación, porque no tienen cómo usar los elementos tecnológicos porque les falta una antena.

Tolú será piloto de las pruebas para la tecnología 5G. Al menos así lo ha anunciado el Gobierno. Tal vez muchos piteros no lo saben, es una noticia muy reciente, ellos no cuentan con la mejorar señal y con esto les arrebatan también su derecho a estar informados.

Esta puede ser una esperanza para un pueblo desesperanzado por un Gobierno que les ha fallado en todas sus formas.

Ellos seguirán emitiendo su señal de alerta hasta ser escuchados, aunque sus teléfonos solo cobren vida en los árboles y, paradójicamente, en el cementerio.

Los jóvenes tienen ganas de estudiar y superarse, pero sin señal en el celular y en pleno confinamiento sus sueños resultan truncados.

(sucrenoticias.com consultó al Ministerio de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones para conocer qué pueden hacer para comunicar al corregimiento. Esperamos su respuesta)

Actualización (viernes, 11 de diciembre de 2020):

Aunque pareciera que es la venida del Mesías -que para esta época decembrina cobra vigencia- lo que esperan con ansias los habitantes es una antena que les permita a todos acceder a Internet.

En la actualidad deben acudir al cementerio, subirse a un árbol o ubicarse en algunos puntos de la población para saber del mundo y que el mundo sepa de su existencia.

El pueblo se vistió de fiestas y muchos se pusieron su mejor pinta para esperar a la ministra de las TIC, Karen Abudinen, quien llegó acompañada de personalidades que solo habían visitado este corregimiento de Tolú hasta mediados de septiembre de 2019, época de campaña.

El primer anuncio de la ministra fue la instalación de 6 zonas digitales, 7 colegios conectados por 11 años y medio y 120 computadores adicionales para el municipio. Aún no llegaba la buena nueva para los nativos, a quienes la espera les hacía aún más acalorado el momento.

«Vamos a poner 2 antenas, una de ellas en Pita Abajo, que estará distante del corregimiento para tener señal y penetración en toda la población. Esta será instalada en 2021, lo más rápido posible», sostuvo Abudinen.

También recibieron 25 tabletas digitales que serán administradas por la institución educativa y que deben ser prestadas a todos los habitantes a través de fichas, como en su momento lo hacían con los libros de la biblioteca.

Los piteros aún no tendrán la señal en sus manos, pero, según informó uno de sus líderes, «por lo menos alguien se preocupó por nosotros, antes parecía que ni existiéramos en el mapa».

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