La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la III semana de Pascua

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (9,1-20):

EN aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
Dijo él:
«¿Quién eres, Señor?».
Respondió:
«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:
«Ananías».
Respondió él:
«Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo:
«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
Ananías contestó:
«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo:
«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 116,1.2

R/.
 Ir al mundo entero y proclamad el Evangelio

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos. R/.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,52-59):

EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Viernes de la III semana de Pascua.
 
Podemos preguntarnos cómo se propone Dios hacer realidad su designio de colmar con su vida al ser humano hasta hacerlo «hijo» suyo –si por un acto de poder en el cual el hombre sería un beneficiario pasivo, o por cualquier otra acción– y cuál sería la actividad de la fe que respondería de manera apropiada a ese designio suyo. Es claro que, puesto que se trata de una relación entre dos que se aman («alianza de amor») el presupuesto fundamental es la libertad, y la exigencia más importante es la capacidad de amar con libertad.
Dios respeta la libertad del ser humano, jamás coacciona, pero tampoco se para a distancia para esperar que el hombre desarrolle una libertad que, a menudo, nace raquítica, cautiva, porque las personas nacen libres, pero influenciadas y a veces sometidas. Él toma la iniciativa amándonos «primero» (cf. 1Jn 4,19) con un amor que tiene una triple repercusión en nosotros: es creador, liberador y salvador, es decir, nos hace nuevas creaturas, nos estimula el desarrollo de la propia libertad, y nos infunde una calidad de vida que resulta plenamente satisfactoria y que nos conduce a una convivencia grata con los demás.
 
1. Primera lectura (Hch 9,1-20).
Después de narrar la conversión de Felipe, Lucas narra la de Saulo. Por «conversión» se entiende aquí el cambio que se opera en la persona a raíz de la rectificación que esta hace de la forma en que se representa y presenta a Dios o a Jesús. Felipe predicaba un Mesías triunfalista. Ya no.
Saulo (cf. 7,58; 8,1) concebía a Dios, al estilo fariseo, como guardián de la Ley. Por eso consideró como hereje a Esteban, y asistió como notario a los dos que lo lapidaron oficialmente, luego del linchamiento popular; y se fue hasta Siria en persecución de los cristianos de lengua griega, los que huyeron a Samaría –como Felipe– y a las naciones del entorno. Su idea de Dios lo lleva a un odio fanático contra los discípulos que se alejaron de la doctrina del judaísmo.
Cerca de Damasco (no hay caballo alguno; el viaje es a pie), Jesús se le revela claramente («luz»), y Saulo colapsa interiormente («cayó a tierra»). La voz lo llama «Saúl», como al rey que persiguió a David, es decir, Saulo se opone, como el rey, al ungido del Señor. Jesús se identifica haciéndose solidario con sus discípulos perseguidos («yo soy Jesús, a quien tú persigues»). Según el códice Beza, Saulo preguntó aterrorizado: «Señor, ¿qué quieres que haga?», pregunta que entraña de su parte el reconocimiento de Jesús como Señor resucitado, y la aceptación de su voluntad.
Y Saulo recibe estas instrucciones:
• Levantarse de su postración,
• Entrar en Damasco, y
• Esperar indicaciones.
Su viaje cambia de objetivo.
Los acompañantes se detienen, pero no caen; están estupefactos, pero mudos; oyen la voz de Saulo, pero no ven al que habla con Saulo. La ceguera de Saulo expresa su resistencia a la luz del cielo («aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada»); por tres días se resiste a vivir y a convivir («estuvo tres días sin vista y sin comer ni beber»), porque todo se le ha derrumbado. Esos «tres días» representan un breve período de profundo cambio. El hecho de no comer ni beber no se refiere a un ayuno religioso (como tampoco lo es en Lc 4,2), sino al duelo que aflige a Saulo por su anterior comportamiento y su actual arrepentimiento.
Ananías representa a una comunidad cristiana de lengua hebrea; Judas, a una comunidad judía de lengua griega que –siguiendo las indicaciones de Juan Bautista– estaba preparada para recibir el anuncio del Mesías (cf. Calle «Recta» con Lc 3,4-5), que era el objetivo de Saulo en Damasco. La oración indica su búsqueda. Ananías se resiste y el Señor le insiste. Ananías se presenta de parte del Señor y le anuncia a Saulo que va a recobrar la vista y a llenarse de Espíritu Santo. Saulo cede, recobra la vista y lo bautizan. La recuperación de la vista (cf. Lc 4,18; 7,22; 18,41-43) indica que ahora puede entender el sentido de la muerte de Jesús (cf. Lc 18,31.34). Por eso se levantó y aceptó el bautismo lavando sus pecados por la invocación de Jesús (cf. Hch 22,16). Tomar el alimento y recuperarse es otro rasgo que lo asocia a Saúl (cf.1Rey 28,22.25). Y empieza a predicar a Jesús como hijo de Dios.
 
2. Evangelio (Jn 6,52-59).
Nota aclaratoria.
En este texto aparece 7 veces la acción de comer, pero con dos verbos distintos:
• ἐσθίω (vv. 52, 53, 58). Se refiere, en general, al hecho de alimentarse, y a que los alimentos son preparados (cocidos).
• τρώγω (vv. 54, 56, 57, 58). Se refiere al proceso de la alimentación: mediante la masticación. Pero se usa en relación con alimentos no cocidos.
Mientras Jesús utilizaba la metáfora del pan, ellos suponían que se refería a una doctrina. Al usar la de la carne, referida a su realidad humana, no entienden y se trenzan en una agria polémica. Entonces él les explica que «comer» y «beber» son metáforas para significar la apropiación de su realidad humana como «cuerpo» (ser en relación) y «sangre» (su vida que proviene de lo alto: el Espíritu). Comer (ἐσθίω) su carne es hacer de su amor la norma de la propia convivencia; beber su sangre es darse a sí mismo hasta la muerte física, con la seguridad de no morir del todo. Es identificarse con él en la entrega para lograr la propia plenitud, y mantenerse en dicha entrega incluso, si fuere el caso, hasta la muerte violenta. Si no se da esta opción, la obra de Dios no se realiza, el hombre se condena a una existencia mediocre, y el Espíritu Santo no lo puede llevar a su meta («no tienen vida en ustedes»). La asimilación (ἐσθίω) con Jesús es el único alimento que derrota (no simplemente aplaza) la muerte.
Pero esta asimilación es un proceso tan personal como la masticación, señal de que uno degusta y se apropia de lo que come. «Comer» (τρώγω) es «roer», o sea, ingerir por pequeñas porciones; pero es también «rumiar», o sea, digestión lenta del alimento. Esto subraya la actividad personal del discípulo en la asimilación de la realidad humana («carne») y divina («sangre») de Jesús. Es ir apropiándose del ideal humano que Jesús encarna. La vida («sangre») de Jesús procede del Padre, y él vive del designio del Padre, o sea, se realiza y es feliz dando vida. Por eso, el que asimila la realidad de Jesús tiene vida («Espíritu») por la adhesión a él. Eso no lo realizó el maná.
 
El proceso de conversión de Saulo es más complejo y tendrá mayores alcances que el de Felipe. Para convertirse en portador del nombre de Jesús (cf. Hch 9,15) a los paganos (cf. Hch 22,21) y asegurar así el cumplimiento de la promesa de llevar la buena noticia «a todas las naciones» (Lc 24,47), Saulo tuvo necesidad de un encuentro personal con el Señor que cambió su mundo y sus valores de manera irreversible. Así son las verdaderas conversiones.
La nueva sociedad humana no se creará por aglomeración de individuos, sino por la unión libre de quienes respondan a la propuesta que el Padre hace en Jesús, primero, aceptando su amor y asimilándolo como la propia norma de vida y de convivencia; y, segundo, empeñándose como comunidad, como un todo, en la transmisión de esa vida al resto de la sociedad humana.
La celebración de la eucaristía siempre es comunitaria, es decir, pan partido y repartido para ser compartido. Primero, es comido (τρώγω) por cada uno, y, luego, es propuesto por todos como alimento para los de afuera, para que también ellos lo lleguen a comer (ἐσθίω).
Feliz viernes.

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