La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la II semana de Cuaresma. Año I

Santo Toribio de Mogrovejo, obispo. Memoria obligatoria, color litúrgico: blanco.

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado, 
al rebaño de tu heredad, 
que anda solo en la espesura, 
en medio del bosque; 
que se apaciente como antes 
en Basán y Galaad. 
Como cuando saliste de Egipto, 
les haré ver prodigios. 
¿Qué Dios hay como tú, 
capaz de perdonar el pecado, 
de pasar por alto la falta 
del resto de tu heredad? 
No conserva para siempre su cólera, 
pues le gusta la misericordia. 
Volverá a compadecerse de nosotros, 
destrozará nuestras culpas, 
arrojará nuestros pecados 
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad 
y a Abrahán tu bondad, 
como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.9-10.11-12

R/.
 El Señor es compasivo y misericordioso

V/. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

V/. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

V/. No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

V/. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Sábado de la II semana de Cuaresma.
 
Antes de Jesús, se consideraba el pecado como una rebelión contra Dios y como una ofensa a su majestad soberana. Por consiguiente, se pensaba que la reacción de Dios ante el pecado eran la ira y el castigo. Esa concepción de pecado fue superada por él, quien nos enseñó que el pecado es un fracaso del ser humano y causa de sufrimiento para la sociedad, y que la reacción del Padre ante nuestro pecado no es la ira que castiga, sino la compasión que perdona.
 
La conversión a la que nos invita la cuaresma es conversión al Padre, no a cualquier Dios. La representación de un Dios justiciero, rencoroso, castigador y vengativo no es compatible con el Padre que Jesús nos revela. Pero esa conversión no nos exige por la fuerza un perdón que no queremos dar; es que la fe en el Padre nos llena del Espíritu Santo y nos estimula a perdonar como nos sentimos perdonados, sin enfado, con alegría, incluso tomando la iniciativa. Perdón a regañadientes no es perdón.
 
1. Primera lectura (Miq 7,14-15.18-20).
Una súplica confiada y un oráculo que pondera la misericordia y la compasión del Señor son los componentes de este fragmento de la oración que cierra con esperanza el libro de Miqueas.
• La súplica pide que el Señor renueve los prodigios del éxodo: que vuelva él a conducir el pueblo como un pastor que vela por su rebaño. Este pueblo se siente ahora «solitario», abandonado; el dominio asirio pesa sobre él con crueldad y está exterminando el Reino del Norte.
• El oráculo pregunta, afirma y anuncia:
Pregunta (se pregunta, e invita a sus conciudadanos a hacer lo mismo) si hay Dios que perdone la culpa y el pecado tal como el Señor lo hace con lo que queda del diezmado pueblo («el resto de su heredad»). La división en dos reinos está produciendo la extinción de uno de ellos.
 
Afirma que su reprobación («ira») tendrá un límite, porque él ama la misericordia (se complace en ayudar al abatido). La misericordia del Señor jamás se agota, y triunfa sobre su «ira». O sea, el pecado produce consecuencias desastrosas, pero el Señor no abandona su pueblo.
Y anuncia tres grandes certezas:
 
Primera, que él volverá a compadecerse del que sufre, como ya lo ha hecho antes. Si una vez se compadeció de ellos cuando eran esclavos en Egipto, esa compasión es su esperanza de que el Señor volverá a intervenir a su favor, por pura compasión.
 
Segunda, que tratará la culpa y el pecado de Judá como Moisés trató los ejércitos del faraón: los arrojará al fondo del mar; muestra la culpa y el pecado como una realidad opresora, comparable a las tropas egipcias, y presenta el perdón como la renovación del éxodo.
Tercera, que esa actuación ratificará la fidelidad del Señor a su promesa. Dios es leal a Abraham y a sus descendientes porque él es Dios, y no hombre, y su promesa, aunque exige reciprocidad («compromiso»), depende de su fidelidad, no de la de los hombres.
 
2. Evangelio (Lc 15,1-3.11-32).
La religión excluyente e hipócrita de los letrados y los fariseos se escandaliza al ver la amplia acogida que da Jesús a los recaudadores y descreídos. El concepto que ellos tienen de Dios se ve incompatible con la actuación de Jesús. Este apela a argumentos de razón para darles a entender que Dios se alegra cuando encuentra y recobra al perdido. Ellos deben convertirse a Dios, y no Dios acomodarse a ellos. Y escenifica en una parábola la realidad que ellos cuestionan:
 
• Dios es representado por un Padre al cual le importan más las personas que las cosas, el amor que la Ley, la libertad que su fortuna, la dignidad que el prestigio.
• Los publicanos y descreídos aparecen en la figura del hijo menor (inexperto e irreflexivo) que dilapida sus bienes de forma irresponsable, pero que, pese a todo, no olvida que tiene un padre.
• Los fariseos y letrados, representados por la figura del hijo mayor, se sienten mejores que los publicanos y descreídos, porque los juzgan autores o cómplices del delito, y piensan que tienen derecho a distanciarse de ellos.
La alegría del Padre es inexplicable para estos últimos, que reprueban su conducta acogedora en relación con los pecadores. El Padre no solo perdona y celebra; también invita a compartir esta alegría suya por recuperar lo que había perdido:
• Lo conmueve el fracaso del hijo menor y sale a rescatarlo del mismo, sin que le preocupen ni la reprobación de su conducta ni el prestigio de su propia dignidad como padre.
• Le restituye su dignidad de hijo para reintegrarlo a la familia (el calzado, el anillo y el vestido simbolizan su investidura de hijo), indicando así el alcance de su perdón.
• Sale e invita al hijo mayor a sumarse a la dicha que él siente, y a abandonar la actitud de siervo que este aduce para justificarse, procurando así la reconciliación entre los hermanos.
 
La conversión al Padre pasa por la aceptación del hermano. El hermano mayor no niega que el menor sea hijo de su padre, pero se resiste a llamarlo hermano suyo. El padre le hace ver que, si lo reconoce a él como padre, tiene que llamar «hermano» al menor. Alegar la propia justicia para negar la fraternidad es pretender limitar la paternidad de ese padre. No podemos pretender ser «santos» individualmente si no aceptamos ser familia santa, pueblo santo de Dios.
 
Donde los seres humanos cerramos una puerta, Dios abre dos. Ambos hijos son objeto de su misericordia, a ambos les ofrece su ayuda. Pero solo uno reconoce su culpa y su pecado, y este comprueba que el amor del Padre es ilimitado. Puede darse el caso de que al celebrar la eucaristía el espíritu legalista del letrado, o el espíritu pietista del fariseo nos induzcan a juzgar y a condenar al hermano que consideramos que está extraviado. Pero, si al llegar a la fiesta eucarística sentimos que tampoco nos merecemos ese banquete y lo celebramos apoyándonos en la gracia de Dios, nuestra vida cambiará con cada eucaristía en la que participemos.
Feliz sábado con María, la madre del Señor.

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